Hace dos años los vi y escribí sobre ellos. En ese momento no sabía que era la primera vez que llevarían su obra al escenario y que, ahora, tras muchos meses de aprendizaje, le mostrarían al público la versión final que construyeron a pulso durante todo ese tiempo.
La obra ‘Shakespeare en Confesión’ fue uno de mis primeros cubrimientos como periodista, curiosamente lo hice en un área a la que no estaba asignado, pero que siempre me llamó la atención.
En ese momento yo también estaba empezando. Era joven, tímido y todavía aprendía a ser periodista. Cuando conocí la historia de aquel grupo de quinto semestre de artes escénicas —que se presentaba al público buscando, sobre todo, aprobar una asignatura— sentí que había algo real sobre lo que valía la pena escribir. Lea también: Cartagena en Temporada de Teatro: estos son los eventos que no se puede perder

Quizá me sentí identificado con ellos: la juventud, el aprendizaje, el proceso del que muchos hablan me caló en la mente. Cuando los vi, descubrí que ese era mi lugar, uno del que hoy las circunstancias de la vida me han separado, pero que siempre me acompañará.
Al enterarme que ese mismo grupo que conocí hace dos años se presentaría por última vez para sustentar su grado y culminar su carrera, pensé que era el momento de verlos nuevamente y presenciar el final de lo que un día, sin saber, vi comenzar.
El reencuentro
Habían crecido demasiado. Dos años parecen poco tiempo, pero en un proceso de creación y evolución artística puede ser una eternidad.
Los gestos, voces y movimientos de los 18 actores y actrices que hicieron parte del elenco ya eran buenos en aquel momento, pero ahora eran más intensos, fluidos y reales. La confusión de Shakespeare, el amor de Romeo y Julieta, la demencia de Ophelia y el deseo de venganza de Lady Macbeth demostraron que estos jóvenes actores crearon, entendieron y se volvieron uno solo con su personaje a lo largo de este tiempo. Lea también: Actrices colombianas denuncian meses sin pago por obra teatral: MinTrabajo intervino

Las luces, el vestuario y la escenografía también evolucionaron. Por momentos parecía estar viendo una obra completamente distinta, pero la esencia seguía ahí, el simbolismo detrás de los personajes, sus acciones, diálogos, movimientos, pensamientos y sentimientos no cambiaron, sino que se hicieron más profundos y conectaron profundamente con la audiencia.
Y es que no fue extraño escuchar exclamaciones, risas y hasta sollozos en medio de la función, quizá de padres que veían a sus hijos brillar, de maestros orgullosos por el trabajo realizado o de espectadores como yo, que terminaban encontrándose en alguno de los personajes.
Pero entre tantos pensamientos llegó el final, acompañado de un largo aplauso. Las luces se encendieron, flores volaron hacia el escenario y la sala se llenó de miradas orgullosas. La directora y el escritor de la obra se unieron al elenco y, por última vez, con ojos vidriosos y enormes sonrisas, le agradecieron a su público por acompañarlos durante todo el proceso. Era su momento, el que tanto habían esperado.
Un final más allá del escenario
—¡Diego, la repetiste! —me dijo entusiasmada Karina Barrios Marsiglia, docente de actuación y directora de la obra.
—Lo vi comenzar. No podía perderme el final —respondí.
Ella había derramado algunas lágrimas previamente, se notaba en su mirada, pero el orgullo que sentía por sus estudiantes era más grande que cualquier sentimiento de nostalgia, sin embargo, dejar ir no es algo fácil de hacer.
“Ha sido un trayecto largo y saber que ya no estarán lo hace más difícil, pero los procesos empiezan y terminan. Para ellos y para mí este acaba de terminar, pero ahora seremos colegas, así que estoy segura que nos encontraremos más adelante”, comentó orgullosa la docente, que por supuesto también es actriz.
Yo no pude estar más de acuerdo con ella, por eso quise hablar con algunos de ellos, pero decidí no hacerlo, porque no era momento de pensar en el futuro, sino de disfrutar el presente, de disfrutar que lo habían logrado.
Adriana Galvis, Marcos Quiroz, Elizabeth Lobo, Rodolfo Meza, Julio de la Cruz, Michelle Puerto, Yorgeilis Cano, Ricardo Guzmán, Jhon Orozco, Carlos Gari, Felipe Morales, Andrea Durán, Laura Correa, Yareth Calle, Nathaly Olguín, Luisa Tena, Hilue Zúñiga y Sara Díaz. Todos ellos recibirán su diploma y serán oficialmente maestros en artes escénicas, pero más allá del título, serán los nombres de una nueva generación de actores para Cartagena, Colombia y, ¿por qué no?, para el mundo.
Y es que tengo la certeza de que serán ellos quienes, con su arte, nos llenarán de alegría, esperanza, tristeza y tantos otros sentimientos que se atrevan a demostrar en su vida profesional, porque aunque este es el final de su carrera universitaria, sé que para ellos es solo el inicio de muchos éxitos.
No es en vano que su pasión y entrega por el teatro representen el estilo de vida que escogieron, el mismo que Shakespeare confesó al terminar la obra cuando su final se convirtió en un primer acto para siempre.
Después de todo, el telón de la universidad sí apagará sus palabras, pero nunca su teatro.

