Es tentador decir que Henry V no es más que una obra que celebra un hecho deplorable: la invasión y conquista de Francia por parte de Inglaterra a comienzos del siglo XV, bajo el mandato del rey epónimo. Le da la voz principal a Henry, apodado “Hal”, y lo presenta como un hombre carismático con gran don de la palabra. Es difícil leer algunos de sus parlamentos más famosos sin sentirse medianamente seducido por la idea de ser soldado: “Somos pocos, felices y pocos, una banda de hermanos; pues el que este día derrame su sangre conmigo, será mi hermano; aun cuando sea lo más vil, este día ennoblecerá su condición”.
La victoria inglesa en la batalla de Azincourt se representa como un hecho milagroso y producto de la intervención divina. Shakespeare introduce un Coro que narra lo que ocurrirá en cada acto y adula a Henry constantemente, llamándolo “el espejo de todos los reyes cristianos”. Para colmo de males, ese mismo coro hace un comentario favorable de un episodio similar de la Inglaterra contemporánea, sobre el “general” de una “clemente emperatriz” que “regresa de Irlanda”, en referencia a la campaña militar liderada por Robert Devereux, y orquestada por Elizabeth I, que buscaba suprimir a los independentistas irlandeses.
Un analista puede ver todos esos detalles y decir, sin ruborizarse, que la obra es lo que es y nada más. Y, sin embargo, es igual de tentador decir que esa es una lectura un tanto fácil, pues no son pocas las ocasiones en que Henry V y el ciclo de obras del que hace parte parecen resistirse a ser mera propaganda. Me atrevería a afirmar que la “Henríada” (1594-1599) compuesta por Richard II, Henry IV Parte 1, Henry IV Parte 2 y Henry V, es propagandística en la superficie, pero también funge como un examen sobre la mezquindad y la manipulación que subyacen al “teatro” de la política.
Richard II es un rey disipado e injusto que ingenia diversos modos de extraer cada vez más tributo de sus súbditos, con el doble propósito de financiar guerras en Irlanda y mantener el lujo de sus cortesanos. El punto de quiebre llega cuando exilia a su primo Henry Bollingbroke y confisca las propiedades de su fallecido tío, John de Gaunt, despojando a sus herederos. Los demás señores de Inglaterra se enfurecen y ayudan a Bollingbroke a regresar para derrocar a su rey.

En un enorme esfuerzo por generar lástima y mantener algo de su poder, Richard da una larga serie de discursos autocompasivos, tan patéticos como bellamente escritos: “Ahora escucha cómo me arruinaré a mí mismo. […] Con mis propias lágrimas lavo mi ungüento, con mis propias manos entrego mi corona, con mi propia lengua niego mi sacra condición, con mi propio aliento renuncio a todos mis juramentos de obediencia”. El intento por parecer indefenso y santo es inútil; Henry Bollingbroke es coronado Henry IV y Richard es ejecutado.
Bollingbroke gozaba de apoyo popular, a diferencia del rey depuesto. Cuando es exiliado, el mismo Richard repara en su capacidad para “cortejar” a la gente del común. Se supone que la paz reinaría, pero en la mente de un inglés recién salido del medioevo, matar a un rey es afrentar a Dios: él es quien daba a los monarcas su beneplácito para gobernar. Henry decide peregrinar a Jerusalén para lavar su culpa, mas en Henry IV Parte 1, su deseo ha mutado y no es un simple viaje, sino una cruzada para liberar a la “Tierra Santa” de los mamelucos.
Henry resulta no ser tan distinto de Richard en el trono. Así como él, acaba enemistado con los nobles y eclesiásticos de su reino, los mismos que le dieron poder, al negarles ayuda y lo que les corresponde por derecho. El suyo es un reinado de rebeliones, paranoia y estrés que deterioran rápidamente su salud; “inquieta yace la cabeza que lleva una corona”, dice tras una noche de sueño intranquilo en la Parte 2, y como él no es un hombre especialmente ostentoso, saludable y decidido, la tarea de mantener el poder de la familia recaerá sobre sus hijos, en especial el príncipe Hal.
Desde su primera escena, Hal aparece como un joven extremadamente calculador. A su padre le preocupa su vida aparentemente libertina, pues el heredero se la pasa en una taberna con un grupo de beodos y ladrones (incompetentes) liderados por Sir John Falstaff, un caballero pícaro y venido a menos, personaje muy popular en su época y, a pesar de todo, capaz de cuestionar los valores del caótico mundo de los “honorables” señores feudales (“¿El honor puede sanar una herida? No”). Pareciera que él y Hal son grandes amigos, pero la realidad es otra.

Falstaff ve a Hal casi como un hijo y espera recibir favores de él cuando ascienda al trono. Hal, por su parte, ve a Falstaff como una nota al pie en la leyenda que está forjando para sí mismo, la de un rey “reformado”: “[I]mitaré al sol, que permite a las vulgares y pestilentes nubes ocultar su belleza del mundo, tal que, cuando le plazca volver a ser él mismo, y sea anhelado, se le admire aún más al abrirse camino entre las repugnantes y feas nieblas de vapores que parecían asfixiarlo”.
El futuro Henry V no dudará en emprender la lucha para aplastar las múltiples rebeliones contra su padre, ni tampoco en rechazar cruelmente a Falstaff cuando llega el momento de ser rey (“No te conozco, abuelo. […] Largo tiempo he soñado con un hombre así […] mas ahora que he despertado, desprecio en verdad mi sueño”). Cuando le llegan noticias del mal estado de Henry IV y lo descubre durmiendo, asume que ha muerto, toma la corona y se la lleva enseguida. Luego de despertar y antes de morir de verdad, su progenitor le da un último consejo: “ocupar a las mentes inquietas con disputas extranjeras, para que los actos de ellas surgidos deshagan la memoria de los días pasados”.

Henry IV revela en su última hora que el motivo de su cruzada era mantener ocupados a sus súbditos en tierras lejanas y evitar ser depuesto. Henry V se decide a conquistar Francia por el mismo motivo, arguyendo que le pertenece por vía matrilineal y el precedente sentado por el rey Edward III. Cuando recibe un par de pelotas de tenis como regalo y referencia a su inmadurez por parte de Lewis, el Delfín francés, ve la excusa perfecta para comenzar la ofensiva.
Consigue el apoyo de la Iglesia, que admira su “transformación” y de paso quiere evitar pagar tributos por una nueva ley. Consigue el apoyo de sus súbditos y reúne capitanes de Escocia, Gales e Irlanda. Algunos buscan traicionarlo, pero él los convierte en ejemplo público y los manda ejecutar, gracias a sus propios espías y a que promete misericordia sin tener intención de dispensarla. A cada paso, el coro encargado de ensalzarlo también se disculpa constantemente porque el teatro no puede representar la grandeza de los hechos (“¿Puede esta arena contener los vastos campos de Francia?”); el efecto, tal vez no planeado, resulta casi metaliterario: el espectador está más consciente que nunca de que está viendo algo ficticio, fingido, falso. Una simulación sobre un hombre que simula.
La ciudad de Harfleur parece infranqueable, pero Henry finalmente logra someterla solo con palabras, acusando a sus habitantes de que cualquier atrocidad que ocurra durante el asedio será culpa de ellos y afirmando que mostrarán merced ante una rendición. Ya más cerca de Azincourt, se disfraza de soldado para examinar el estado de sus tropas y se encuentra con objeciones; algunos arguyen que si la causa “no es buena”, todos los sacrificios hechos por él habrán sido completamente innecesarios y pesarán sobre su consciencia. Henry desvía el tema y en su lugar expone que sus hombres tienen la culpa si no han llevado vidas rectas antes de morir.
Cuando se queda solo, saca a relucir lo mucho que ha hecho por rendir exequias a Richard II y se queja de las grandes responsabilidades que tiene, de la “infinita tranquilidad de corazón que los reyes deben abandonar, pero que los hombres privados disfrutan”. Mas todos sabemos que él inició esa guerra por consejo de su padre para consolidar su poder aún más: ¿qué derecho tiene a protestar, a mentirse a sí mismo de esa manera?
El último acto de Henry V, el que se supone debe cubrir la batalla de Azincourt, es curiosamente cómico y anticlimático. Henry, sí, da un gran discurso para animar a su ejército, prometiéndoles hermandad y grandes honores, pero no hay escenas de batallas como sí las hay en Henry IV Parte 1. En su lugar, el rey llega a lo que debería ser el punto más bajo de su reputación: ordena la ejecución de los prisioneros del otro bando, algo que incluso en aquel tiempo era visto como un acto especialmente deshonroso; finge no conocer a uno de los viejos amigos de Falstaff y justifica su ejecución, humilla sutilmente a uno de los soldados que había cuestionado sus intenciones al tiempo que lo “perdona” y sus mismos capitanes, en un intento por halagarlo, acaban comparándolo con un “cerdo” (“pig”) sin querer e igualando la traición a Falstaff (de quien se afirma que murió de pena) con el momento histórico en el que Alejandro Magno asesinó a su amigo Clito por un arranque de furia. El único sobreviviente de entre los amigos de Falstaff, Pistol, recibe una triste humillación y un monólogo lastimero que contrasta con la supuesta gloria que esperaba a los soldados en Azincourt.
Henry trata de cortejar a la princesa Katherine de Valois y de parecer galante mientras las negociaciones de rendición se llevan a cabo, pero ella no habla bien inglés y se muestra deferente con su persona (“Se hagá como plazca al roi, mon père”), tanto que en sus últimos parlamentos se limita a dar razones para no besar a su futuro esposo. A pesar de que el coro cierra con el mismo tono triunfalista y zalamero de siempre, no puede evitar evocar el mal futuro que le espera a Inglaterra: Henry V morirá pronto y será reemplazado por su hijo, el inexperto Henry VI, cuyo reinado será el escenario de las sangrientas Guerras de las Rosas, una serie de conflictos civiles representados por Shakespeare y su compañía teatral en ocasiones anteriores.

¿Qué es un rey? A juzgar por la Henríada, un hombre que proyecta grandeza y ha logrado concertar a muchos para seguir sus intereses. Richard II dio aquellas maniobras por sentadas y sus dotes de manipulador solo se mostraron tarde, cuando ya estaba acorralado. Henry IV, una vez ascendido, se volvió demasiado paranoico para mantener las alianzas que más le convenían. Henry V se preocupó por maximizar su reputación desde el comienzo, por imponer su autoridad cuando más convenía, por mantener un halo de misericordia y rectitud, y así logró poner en marcha una distracción de las disputas domésticas, pero es claro que perseguía una causa a lo menos cuestionable con métodos deshonestos; al final, consiguió una “grandeza” y una “paz” frágiles.
Tres reyes en escena: la ‘Henríada’ de William Shakespeare
Es por todo esto que me resulta difícil pensar que la Henríada es simple propaganda política que ensalza el pasado inglés. Son muchos y bastante prominentes los momentos en que el diálogo y la acción desnudan el pensamiento de reyes y súbditos, revelando el egocentrismo, el ansia de poder y el precio detrás aquellas “gestas”. Apenas unos 3 o 4 años más tarde, Shakespeare escribiría Troilo y Crésida, una crítica mucho más contundente a todas las pretensiones del mundo caballeresco y la mitología nacional inglesa.
Si una lección queda, es la pequeñez última de muchos de los hombres que protagonizan la Historia del mundo, la misma que aprendió Richard, y que Henry padre e hijo apenas pudieron entrever, al ser confrontado con la realidad de su “divina majestad”: “Vivo de pan como ustedes, siento necesidad, experimento el dolor, necesito amigos. Sujeto a esas cosas como estoy, ¿cómo pueden decir que soy un rey?”.
Obras consultadas
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