La casa era lo más parecido a Ernest Hemingway. Fui a visitar a las afueras de La Habana, Finca Vigía, la Casa Museo de Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura 1954, fallecido en julio de 1961, hace 65 años. Ocurrió en uno de mis cuatro viajes a la Habana.

Entrevisté a Gladys Rodríguez Ferrero, que era la directora de la Casa Museo Hemingway, a Barbarita Hernández Baez, restauradora del Museo Hemingway, y a Publio Gabino Enríquez Sosa, el viejo jardinero que había sido contratado a sus diecisiete años por el autor de ‘El viejo y el mar’ para sembrar y cuidar de sus orquídeas.
Con el jardinero sostuve una larga conversación de horas sobre todo lo que estaba sembrado en Finca Vigía. Publio, el hijo del jardinero Arsenio Enríquez, y de lluminada Sosa, fue el jardinero de la casa de Hemingway durante más de cuarenta años. Llamaba al escritor Papá Hemingway.
“Era una bella persona. Hombre recto. Hablaba bien el español. Mejor que yo. Tenía 11 empleados. Nos trataba como a su familia cubana. Era muy sociable, y nos reunía para contarnos las aventuras que había tenido en el África como cazador. En África lo querían mucho. Era muy enamorado. Le gustaban las negras. Le impresionaba la manera como las mujeres dejaban sus senos afuera. Los pezones que se le querían partir. Era un hombre laborioso. Se despertaba temprano. Desayunaba un huevo frito con café. Escribía de pie desde muy temprano hasta las 11 y 30 de la mañana. Después almorzaba: carne o pescado, ahí en la piscina. Hacía ejercicios. Se bañaba. Se pesaba. Se tomaba un trago. Iba a pescar. Visitaba a alguien en La Habana. Se metía en la Bodeguita del Medio o en el Floridita a beberse un trago. Escuchaba música. Por lo general, música clásica, música española, en tono bajo. Cuidaba mucho de sus perros y de sus gatos. Tenia 50 gatos. 39 grandes y 11 pequeños. A esta casa lo visitaban mucho. Desde Fidel Castro, que pescó con él. El torero Dominguín. El boxeador Kid Tunedo. Actrices. Escritores. Mucha gente”. Publio me contó el día en que Hemingway se ganó el Premio Nobel de Literatura:
“Era un día aparentemente normal. Papa Hemingway seguía escribiendo de pie en su máquina Royal. Como a las 11 de la mañana, pegó un grito: ¡Muchachos! Muchachos! Estoy entre los once mejores escritores del mundo! La radio daba la noticia. Entonces se quedó ahí oyendo los resultados. Minutos después, dijeron que estaba entre los 9 mejores. Nos volvió a llamar y nos dijo: ¡A la una de la tarde debo haberlos tumbado! Y a la 1 de la tarde, dieron la noticia. Y pegó un grito enorme que se escuchó en toda la finca: ¡Muchachos! ¡Muchachos! ¡Soy el mejor escritor del mundo entero! Corrió a celebrar. Destapó una botella. Bebimos los once trabajadores de la finca. Bebimos y comimos ensalada. Nos regaló un mes de trabajo”.

El sembrador de Finca Vigía
Publio me llevó a recorrer Finca Vigía y me contó qué había sembrado allí: “Hay ceibas, el árbol sagrado de Cuba. Orquídeas amarillas y rojas. La roja era la preferida de Papa Hemingway. Hay picualas blancas. Diamantes amarillos. Jazmines trompetas. Camelias silvestres. Mariposas amarillas y blancas. La flor nacional de Cuba. Rosas. Mangos de diversas especies: Filipinos, chinos. Mamoncillos. Aguacates. Los pimientos africanos. Palmas reales. Balas Cañón. Veraneras”.
En el instante en que conversábamos aún le sobrevivía uno de los amigos más cercanos de Hemingway: El segundo capitán del yate Pilar: Gregorio Fuentes, ya muy viejo, pero con los recuerdos intactos, en Cojímar. Publio me dijo que ‘El viejo y el mar’, era su novela preferida de Papá Hemingway. “La escribió en esta casa”.
Un recorrido por la casa
Ahí estaba todo lo que hizo y todo lo que fue, rodeado de sus propias bestias, sus nueve mil libros de todas las estirpes desperdigados por la sala, los cuartos, la alcoba, el baño.
El cementerio de sus cuatro perros idolatrados, bajo la sombra de una lluvia de orquídea: Black, Negrita, Linda y Nerón. El cementerio oculto de su medio centenar de gatos. Su león cazado en el primer safari de 1934. Debajo de su mesa, el león espera. La piel de leopardo cubre el sofá. Una carabina Mannlicher apunta al cielo raso. El enorme búfalo medita. Su legión de recuerdos vibran con una sola mirada. Están intactos los rosales que cuidaba Mary Welsh, su última esposa. Las orquídeas rojas, las preferidas de Hemingway. El jazminero y las camelias silvestres, la misma palmera real desde donde vislumbraba La Habana, las balas cañón de color anaranjado, traídas del África. Las cañabravas y las adelfas, los pimientos africanos y los tamarindos.
Al recorrer la casa de Hemingway sentí su recia altivez de 160 libras desplazándose como un gato entre los bambúes, por los 43.345 metros cuadrados de su finca. Hipertenso, miope, despertaba temprano, se pesaba y llevaba el control de su peso en las paredes de su baño. La Medalla del Premio Nóbel de Literatura la donó a la Capilla de los Milagros de la Basílica de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en Santiago de Cuba.
Mucho antes de matarse con un tiro de rifle en el paladar, el 2 de julio de 1961, había dicho a sus amigos en Finca Vigía, en burla, que se mataría con sus propias manos. Y llegó a ensayarlo, cuenta Norberto Fuentes, que un día delante de sus amigos se puso la Mannlicher Schoenauer 256, en el cielo de la boca, y disparó con el pulgar de un pie. Era como hacerse el hara-kiri con el fusil, decía riéndose. Nadie quiso volver a recordar esas bromas terribles después de la muerte de Hemingway, siguiendo el dictado de su testamento, quemó un cofre de cartas.
La casa esplendía bajo la sombra de los árboles. Presentí con unas orquídeas regaladas por el jardinero, que en cualquier momento entraría Hemingway intempestivamente, con sus enormes y gruesas manos de halconero.

