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Cultural

La vida, un milagro demasiado frágil: una crónica sobre lo esencial

Crónica sobre la fragilidad de la vida en momentos trágicos como los que vive Colombia, después del terremoto.

La vida, un milagro demasiado frágil: una crónica sobre lo esencial

Ilustración generada con IA.

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El muchacho que vendía pompas de jabón en el semáforo, frente al Parque del Reloj Floral, creó la más grande pompa de jabón del mundo parado en la esquina, y logró la hazaña de lo inimaginable: meterse en segundos en su propia burbuja de jabón. En ese instante pasé atrapado en la fascinación del espectáculo, y al verlo salir de la burbuja gigantesca, le pedí su número de celular para escribirle una faceta de su vida para un domingo que guardé en la memoria. Lo abracé preguntándole cuánto tiempo había tardado en lograrla y me contó que lo hizo a pulso, con la minuciosa, milimétrica y prolongada terquedad de un vendedor solitario de ilusiones en la vía, con la espartana voluntad de un alquimista.

Me confesó que lo imposible lo había logrado jugando como un incorregible cazador de quimeras al salir del circo. Cuando quise encontrarlo otra vez en el semáforo, la sombra de la pompa de jabón se había elevado a las nubes esquivando cables eléctricos, ramajes y alas de pájaros. El artista callejero había desaparecido junto a sus propias pompas de jabón, como un breve estallido de luz sobre el pavimento.

Pensé que la vida es lo más parecido a esa ilusión del mago que nos entrega en segundos un espejismo instantáneo de felicidad y milagro inolvidable. Esa enorme pompa de jabón explotó en segundos con solo mirarla, desafiando el susurro del viento. Así ha debido ser la vida de ese mago y de muchos seres que pasan por este mundo sin demasiada bulla, y se vuelven invisibles como el muchacho de la pompa de jabón. Seres imprescindibles como mi viejo amigo Abraham Devoz que no volví a saber de él, pero intuyo que sigue adivinando con sus varitas de naranjo dónde hay ríos subterráneos en tierras resecas y resquebradas por la impiedad del verano. Seres que tienen una intuición congénita para descubrir los surcos perdidos del agua en tierras sedientas.

Sobre esos seres que tienen una condición natural para fecundar lo imposible he meditado en estos días borrascosos de agosto. Sobre el frágil encanto de lo efímero y sobre la singularidad de seres fascinantes que deambulan por las ciudades viviendo y sobreviviendo día a día, muchos de ellos, resistiendo en los semáforos y en las plazas públicas. Sobre ellos he pensado en estos días de zozobra, después de la tragedia que vive Colombia, luego del más grande terremoto de la última década que se ha llevado en un santiamén, incontables vidas y devastado edificaciones en trece departamentos del país.

La vida: un milagro demasiado frágil

La vida es el milagro irrepetible. Cuando ocurren los cataclismos naturales y sociales, la razón se desliza sobre la emoción, en un pantano de incomprensión e impotencia. Nos sentimos desarmados ante la impiedad de lo inexorable. Y volvemos a pensar en la blasfemia de Epicuro bajo la densa luz del atardecer culpando a las divinidades de las desgracias de la humanidad. Pero el hombre siempre intenta buscar culpables en los designios inescrutables del destino humano y su relación con sus deidades. En los desastres naturales es esencial no involucrar los juicios religiosos ni ideológicos ni políticos. La naturaleza es un espejo del hombre y de las sociedades. Los cataclismos y las catástrofes de la humanidad también tienen su semilla fecunda en el corazón y la conciencia de los hombres. La naturaleza no se repone aún de los desatinos humanos a lo largo de la historia armamentista, de la torpe vocación de enceguecidos y sordos sembradores de guerras, de augurios fatales y perversos, de herméticas y fabulosas fábricas de la muerte y de colosales y fatídicas aventuras bélicas.

El hombre, patriarca en su babel, sigue siendo el más grande depredador de la naturaleza, amenaza de sí mismo sobre la faz de la tierra. Vuelve a ser una criatura que se intimida ante los terremotos y los tsunamis, un ser humano extrañado de sí mismo que se constriñe en la meditación perturbadora de lo deleznable, pero algo se resiste a desaparecer dentro de él, cuando dentro de su propia tempestad surgen las preguntas incómodas que asaltan su sueño a lo largo de la historia. Preguntas sin certezas ni clarividencias que lo llevan a la soledad recóndita de la caverna. Preguntas que regresan cada vez en el vértigo de los abismos: ¿Qué es lo que puede salvarnos ante lo inexorable y lo impredecible que nos enluta en Colombia? La sabia y desinteresada solidaridad y la amorosa comprensión de seres humanos que jamás hemos permitido que entren en nuestras vidas. La noble humildad del adivino del agua que encuentra el río dormido dentro de una piedra.

No es tiempo para juzgarnos, estigmatizarnos, estereotiparnos y culparnos. Es hora de asumirnos como una nación privilegiada, rica en medio de inimaginables miserias de carne y hueso, una nación forjada en las más profundas diferencias y en la biodiversidad más sofisticada y única del planeta. Una nación de tres cordilleras y dos océanos que puede juntar los inigualables imanes de su sangre mestiza, su última piel de arco iris en todo su esplendor y belleza.

Un hombre observa edificaciones afectadas por el terremoto de magnitud 7,4 en Pereira (Colombia). // Foto: EFE/ Carlos Ortega.
Un hombre observa edificaciones afectadas por el terremoto de magnitud 7,4 en Pereira (Colombia). // Foto: EFE/ Carlos Ortega.

La eternidad es el instante y sobre las aguas del río de Heráclito volvemos a bañarnos una y otra vez de manera irrepetible. La sentencia del poeta iluminado nos devuelve el oro de sus mares interiores: “Todo lo que hagas sin amor, pertenece a la muerte”, nos recuerda que estamos condenados a la poderosa, irrenunciable y liberadora ética del consuelo, la compasión y la misericordia. No hay otra alternativa. Solo nos salvaremos si nos vemos reflejados en el rostro de nuestros hermanos debajo de las piedras, suplicando la segunda oportunidad sobre la tierra.

Al cruzar el semáforo volví a mirar otra vez las señales ardientes del cielo de agosto y encontré el resplandor de los destellos huidizos de la vida humana, tan frágil y flotante como una pompa de jabón entre las nubes.

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