La excesiva confianza en la inteligencia artificial puede ser uno de los tantos espejismos de la vida contemporánea, cuando la experiencia humana queda en el vagón de segunda, y las emociones se relegan a la seducción de lo instantáneo de las plataformas digitales. Lo que aparentemente es instantáneo tiene más de tres mil años de historia. No existen inteligencias artificiales aferradas a la nada, toda inteligencia es mixta, híbrida, una complejidad que contiene la subjetividad y lo que muchas veces llamamos con todo el peligro de su fragilidad: objetividad. No existe una sola verdad, como no existe una sola objetividad y subjetividad. El ser humano en todas sus manifestaciones es un creador de infinitas subjetividades que empaca en el estereotipo huidizo y riesgoso de la objetividad. Lo que siempre está en construcción es un espejo multiforme de la experiencia humana. Lo que arrastra en su instantaneidad la inteligencia artificial es la suma de las inteligencias humanas que ha atesorado la historia humana en tres milenios. Ya no podremos prescindir de la inteligencia artificial como herramienta de exploración de las múltiples realidades, y toda herramienta tiene dos filos que desafían la ética y la estética, y confrontan el humanismo y el pensamiento de Sócrates: ¿Para qué lo uso, por qué lo digo, para qué sirve y a quién hago daño?
Tanto la filosofía como el periodismo y la literatura, no escapan a estos peligros y amenazas de lo que siendo una herramienta necesaria no como fin ni como punto de llegada, mantiene como todo hallazgo científico el reverso y anverso de lo constructivo y lo destructivo. No hay ninguna conquista científica que no confronte lo humanístico. ¿Para qué me sirve? ¿Cuál es su utilidad? Toda creación puede compararse con el descubrimiento de la pólvora. No se intuyó que el germen de la pólvora nos llevaría a la bomba atómica.
Los nuevos narradores de este tiempo en que vivimos en todos sus soportes, convenciones e innovadores que van desde lo impreso tradicional hasta las últimas sofisticaciones de lo digital, no dejarán de vivir las incertidumbres de lo que en el pasado en el Caribe se llamaba en los medios de comunicación ‘el cargaladrillos’, aquel periodista de a pie que iba tras las noticias del día y la noche, y se metía en los zapatos pantanosos y escurridizos de una realidad inabarcable y desconocida. Ese periodista, el de ayer y el de hoy, no pueden perder la vocación andundera de averiguar, investigar, confirmar, porque la esencia del periodismo es ir hasta el tuétano de lo invisible. Cada aparente realidad contiene otras realidades paralelas que atraviesan las subjetividades de quienes viven y sufren. Nos quedamos la mayoría de las veces en la epidermis, en la primera capa del iceberg, pero lo esencial está muy adentro, en la capa sumergida. Lea: Anthropic insiste en mecanismos de seguridad para la inteligencia artificial
Muchas veces pretendemos que la inteligencia artificial piense, actúe y se emocione antes que nosotros lo hagamos. Es una trampa. La inteligencia artificial solo puede arrastrar la información racional, humana, emocional, subjetiva de la humanidad. No puede suplantar la experiencia humana de primera mano, fuente insustituíble de la creación, la narrativa de ficción y no ficción. No puede suplantar la experiencia positividad del fracaso o del error que son parte del proceso creativo en todos los narradores. Pienso ahora en un cuento de Ray Bradbury “Vendrán lluvias suaves”, publicado en 1950 pero que ocurre en agosto de 2026. El cuento de Bradbury se adelantó las realidades automatizadas y contemporáneas, 76 años. La historia ocurre entre el 4 y 5 de agosto de 2026. Es una casa automatizada donde sus inquilinos son atendidos desde que amanecen hasta que se duermen por una realidad robotizada. El robot riega el jardín, sirve el desayuno en la mesa, con los puestos definidos, sirve el almuerzo y la cena. Recoge la ropa sucia, lava y limpia. Ordena toda la casa. Afuera, un incendio intenta devorar la ciudad y la casa automatizada. Los inquilinos ya han muerto, pero los robots siguen sirviendo la mesa y cuidando el jardín. El 5 de agosto en medio de ese apocalipsis del fuego, en la casa automatizada se escucha una voz: Hoy es 5 de agosto de 2026. Nadie habita la casa. Solo la realidad automatizada. Ese peligro puede ocurrirnos a todos los periodistas a los que confiamos en que la inteligencia artificial lo resuelva todo, incluso, los actos supremos de nuestra cotidianidad, nuestro pensamiento y nuestra intimidad. El cuento de Bradbury aparece en su libro “Crónicas marcianas”.

A propósito del Premio de Periodismo Cultural Guillermo Valencia Salgado, una iniciativa extraordinaria liderada en Montería, por el periodista y gestor Mario Sánchez, junto a un equipo humano y técnico, que merece todo el apoyo del sector público y privado, pienso en la magnitud del legado del escritor y artista Valencia Salgado, artista renacentista del trópico, cuyos cien años de su natalicio se celebran en 2027. Hay una enorme tarea por desarrollar desde el Sinú. Recuperar y salvaguardar la obra periodística, literaria, ensayística, musical, artística y la memoria oral contenida en el personaje popular Compae Goyo. La creación de la Ruta, Biblioteca o Museo Guillermo Valencia Salgado, una memoria que nos conecta con lo ancestral, mítico, histórico y musical de toda la región sinuana, es una necesidad para honrar el legado de este hombre y creador inigualable.
Volviendo a los retos de la narración periodística en tiempos de inteligencia artificial, el arte de contar historias requiere observación, investigación, rigor documental y edición exigente de principio a fin. No es suficiente una sola entrevista, al regresar al paisaje humano y natural por segunda y tercera vez, habrá siempre, un elemento que puede ser definitivo en lo que deseamos contar de un ser humano, o de un episodio de nuestra historia regional. Los contenidos no pueden perder la dimensión estética. La forma cómo contamos una historia es clave. Una imagen puede convertirse en un ícono de nuestra historia. Lea: Cartagena tuvo un conversatorio sobre inteligencia artificial, innovación y futuro
Sócrates nos dio su lección de perplejidad hasta el final de su vida. Cuando fue condenado a morir envenenado bebiendo la cicuta, ya había probado el sorbo mortal, cuando escuchó una flauta. Le preguntó al flautista, ¿puedes enseñarme a tocar flauta? El flautista extrañado sabía que Sócrates tenía solo pocos minutos de vida. Pero él, altivo y con una curiosidad invencible, le recordó que, hasta el final de la existencia, hay que mantener intacto el don de la curiosidad, fuente de toda creación narrativa, literaria y artística. Esa curiosidad es la que hay que activar, renovar, enriquecer y cultivar en estos tiempos.

