Cultural


Bernardo Montoya, el paisa que ayudó a formar en la música a Joe Arroyo

El 26 de julio se cumplirán 12 años de la muerte del Joe Arroyo y, como homenaje, se publica esta entrevista inédita al primer maestro del cantante.

MANUEL LOZANO PINEDA

23 de julio de 2023 12:00 AM

En las destapadas calles del barrio Bruselas Álvaro “El Joe’ Arroyo dio sus primeros pasos; después, en el asentamiento palenquero de Nariño, que fue testigo de los ritos, costumbres y tradiciones ancestrales de sus vecinos, corrió, saltó, cantó, jugó béisbol, trompo y se enteró de los detalles de la ciudad a la que pertenecía. Lea: Así es Rebelión, la película que retrata la dramática vida del Joe Arroyo

En la calle “El Joe” conoció el valor de la amistad y la familia; el amor, la importancia del baile, el ritmo y el sabor. Allí aprendió a escuchar, a soñar, defenderse, ceder, compartir y a luchar. En ocasiones se dejó llevar por las tentaciones y en otras estuvo dispuesto a los sacrificios.

Cuando niño era fácil identificar a qué se dedicaría Álvaro José Arroyo González, ese era el pronóstico de todo aquel que lo conocía, en especial de Bernardo Montoya, un antioqueño que llegó a Cartagena buscando lo mismo que su aventajado alumno: un espacio y protagonismo en lo que más le apasionaba: a uno, aprender, y al otro, enseñar música.

Fue el primer y único maestro formal de música que tuvo Arroyo. Con él se acercó a manejar las básicas y primeras técnicas vocales. Lo demás, lo perfeccionó y descubrió fuera de su casa, en los estudios de grabación y con los amigos músicos.

La Base Naval

Zino Yonusas fue un músico lituano que en la mitad del siglo XX promovió la música coral en el Caribe y en especial en Cartagena. A finales de los años cincuenta trabajaba con la banda de la Base Naval y sus visitas de trabajo entre Medellín y Cali eran periódicas. Lea: Especial 10 años: el Joe Arroyo nunca se olvida

Yonusa, por aquel entonces necesitaba para la agrupación alguien que tocará la flauta, tuba y el clarinete. En sus correrías por Cali encontró a Montoya, un músico del cual ya le habían dado las referencias de su virtuosismo y calidad. Lo encontró trabajando como integrante de la banda de la Fuerza Aérea Colombiana.

“Allí mis garantías eran buenas; sin embargo, Yonusa mejoró la oferta y me ofreció una mejor categoría en Cartagena. Yo solicité la baja en la banda en Cali y me la negaron . La volví a pedir y los directivos no aceptaron. En el tercer intento, volvieron a negármela, así que decidí dejar el cargo e irme a empezar una nueva vida. Entré cómo el primer civil en la banda. Llegué a la zona de Daniel Lemaitre y luego nos ubicamos en la manzana 5 lote 8 de Blas de Lezo, un barrio que estaba recién fundado”, cuenta Montoya.

El Santo Domingo

En la Cartagena de finales de los sesenta, en 1968, se había construido el Puente Chambacú y pocos años después, hoteles como Las Velas, Capilla del Mar, El Dorado, Decamerón y Cartagena Hilton. Era la época en que el bus costaba 35 centavos y el momento en que Álvaro, el hijo mayor de Ángela, necesitaba una escuela para continuar sus estudios de bachillerato.

Por esos años se abrió un colegio mixto y religioso en el Claustro de Santo Domingo en el Centro Histórico, donde actualmente funciona la Agencia de Cooperación Española.

Ahí se lograron abrir aproximadamente 500 cupos. La mayoría de los niños y niñas beneficiados eran de barrios como Olaya Herrera, Torices, Daniel Lemaitre y sectores aledaños, Nariño, entre esos. La mayoría de sus estudiantes hacían sus sillas en la carpintería del barrio y las llevaban al salón.

“En 1970 trabajando en la banda, se me acercó un amigo y capellán de la Base Naval, Jorge Pérez, y me preguntó si me interesaba ser profesor de música en el colegio de Santo Domingo. Pérez, quien trabajaba en el colegio, se encargó de cuadrar los horarios de tal manera que pudiera cumplir con mi compromiso en la Base y salir a las clases en Santo Domingo. Yo empecé en el colegio en 1971.

Además de dar clase me di a la tarea de armar un coro. Me dediqué a buscar estudiantes y para eso hice una prueba con el Himno Nacional. Pasaron muchos estudiantes. Hombres y mujeres. Recuerdo que me llamó mucho la atención Zunilda de quién no recuerdo el apellido, Luz Dary Becerra, Beatriz Marrugo, entre varios”, cuenta Montoya.

El musicólogo y filósofo Enrique Muñoz, y estudiante del colegio Santo Domingo, tiene en sus recuerdos los compañeros que hicieron parte del coro del colegio y llamaron la atención de Montoya: Ramiro Rodríguez, Marco Tulio Mora, Francisco de la Peña, Rafael de León, Vicente y Víctor Alvear, Jorge y Eduardo Pérez, Juan Castilla, Abraham Rodríguez Joaquín Rodelo, José Prada, Mauro Hernández, Jesús y Alfredo Yépez, José Ángel Navas, Nancy Crespo, Sofía Morales, Gloria del Carmen Mercado, Adela Álvarez, Sobeida Cabarcas, Piedad Laguna, Carmen Salas, Margarita Ruiz, Luz Dary Becerra y una voz en especial que se convirtió en la protagonista, el estilo singular de Álvaro.

Para el maestro paisa la voz de Arroyo nunca ha dejado de sonar desde que lo escuchó. Tiene en su memoria auditiva la potencia, timbre, el tono agudo y la energía que irradiaba cuando la proyectaba. Tenía lo básico, una correcta respiración, activaba sus resonadores vocales y su voz era rica en armónicos. Había mucho potencial que lo hizo fijarse de manera especial en él.

“Cuando conocí a Álvaro su registro de voz no subía mucho, tenía una voz media y un agudo que había que trabajar. La primera vez que lo llamé a entrenar en un recreo, conversamos sobre su pasión por cantar. En esa diálogo me señaló a una señora que barría en uno de los corredores del colegio y me dijo: ‘Esa señora que usted ve allá, esa es mi mamá’ . También me contó de sus hermanos y la situación económica de la familia”.

Entrevista al maestro Bernando Montoya. //Foto: Captura de video.
Entrevista al maestro Bernando Montoya. //Foto: Captura de video.

A partir de ese instante el maestro Montoya lo empezó a citar en los espacios libres para entrenar y mejorar su técnica. Lo recuerda tocando la clave como si celebrara constantemente, que a pesar de todo, era un adolescente feliz. Caminaba con ritmo.

“Mientras yo me preocupaba por inclinar la balanza de sus gustos a las baladas y música, coral y lírica, él se interesaba aún más por la música de moda. La salsa, la tropical. La cercanía con mis hijos, que estudiaban con él, hizo que lo tuviéramos de visita en la casa de Blas de Lezo. Mi esposa lo atendía con su Kola Román y a veces nos acompañaba a almorzar. Durante sus visitas a la casa no ensayábamos. Ese tiempo y espacio lo invertía con sus amigos. Los ensayos eran tareas solo para el colegio.”, recuerda.

Fue un poco más de un año y medio en el que se encontraban para mejorar la forma de cantar. Trabajaban varias veces a la semana. En cada encuentro Montoya conocía más de la familia Arroyo González. “Las conversaciones, visitas, las presentaciones, ensayos en el recreo, el tiempo y la rutina de cruzarnos en los corredores del colegio nos acercaron hasta el punto que me consideraba como un padre. Yo sentía admiración y respeto por el estudiante y lo alcancé a apreciar como un hijo”, recuerda.

Según Montoya, el coro de Santo Domingo se había convertido en un referente, por eso y por gestiones del rector y la invitación del arzobispo Rubén Isaza fueron invitados a la inauguración del Hotel Americano. Esa presentación se convirtió en uno de los momentos cumbre para que lo valorarán aún más en el colegio. Su voz llenó el escenario y retumbó en el auditorio, los aplausos se extendieron como agradecimiento al gran espectáculo de Arroyo.

El maestro Lezama

La amistad de Montoya con el destacado músico salvadoreño radicado en Cartagena, Rigoberto Lezama, lo motivó a pedirle una oportunidad para Arroyo en una agrupación que él tenía en el Hotel Caribe.

“Yo insistía en las baladas y en cánticos religiosos, él en la música bailable. Sin embargo, se lo recomendé a Lezama quién aceptó después de haberlo probado. No pasaron muchas horas y se dio cuenta de su calidad. Lo que me impresionó fue que el pelaito ese, se sabía todas las canciones del repertorio de Lezama. Álvaro fue la sensación”, aseguró.

Simultáneamente, el adolescente se dedicaba en las noches a cantar en varios sitios, hoteles y burdeles. Así fue que empezó a ganar dinero y a darse cuenta que podía ayudar a su familia, pero estaba sacrificando el colegio. Se dormía en clase y descuidaba sus estudios. Hasta que un día hablé con él.

“Retírate del colegio si no quieres estudiar. Al colegio se viene a estudiar. Para ser alguien en la vida hay que estudiar. Y tu ya eres. No vuelvas más al colegio”, le dije. Esto me ocasionó problemas con el colegio y la Secretaría de Educación de aquel entonces. Me enteré después que se había ido a Galapa (Atlántico) y que estaba en lo que le gustaba”.

Oscar Urueta, trombonista, amigo de Álvaro Arroyo y quien estudiaba en el Santo Domingo, recuerda que el día que abandonaron sus casas anunciaron a sus familias que iban al colegio. Los dos habían sido convocados para ser parte de “La Protesta”, una agrupación que impuso un estilo en la salsa en Colombia.

“Años después cuando ya Álvaro era Joe Arroyo, el Hijo Mayor de Cartagena, el Rey del Carnaval de Barranquilla, me enteré de su adicción. Le envié un mensaje advirtiendo que si lo veía le iba a dar un fuetazo. Nunca nos encontramos. Me contaron que después de esa amenaza no quería encontrarse conmigo. El tiempo, la música y su proyecto de vida fueron dilatando varios de los recuerdos y no volvimos a vernos.

Me ponía contento cada triunfo del que me enteraba. De Álvaro me quedó presente la imagen de un estudiante dispuesto a trabajar, a sacrificarse, ceder y defenderse cuando tocaba, alguien que sabía escuchar , compartir y estaba dispuesto a luchar y lograr lo que se proponía”.

(Entrevista en 2021, el maestro Montoya tenía 94)

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