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Cultural

José Ramón Mercado: un recorrido entre paisaje, memoria y linaje

La poesía de José Ramón Mercado nos lleva a un extenso y maravilloso recorrido. Lo recordamos, casi a un mes de su muerte.

José Ramón Mercado: un recorrido entre paisaje, memoria y linaje

El escritor sucreño, exrector del INEM, murió el 11 de junio de 2021, por complicaciones derivadas del COVID-19. Tenía 83 años. //Foto: Cortesía.

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Por Adalberto Bolaño Sandoval - Especial para El Universal.

En la obra poética de José Ramón Romero Mercado, conformada por 14 poemarios, se observan muchas temáticas entrelazadas, pero debieran destacarse tres que logran mostrar un pasaje atractivo: paisaje, memoria e identidad. Estas hacen confluir también otras más: tales como espacio, poder, autoficción, escritura. Un ejemplo lo constituye el final del poema “La tía Josefa” (2006): Iba mutando como las ilusiones pasajeras / / Como el color del paisaje de los días / Por ahí andará ahora recogida en el cielo / Hecha memoria y ternura en los espejos / Caminando entre lirios y rosas su desvarío / /Hablándole a las begonias //Y floreciendo los gladiolos (La casa entre los árboles).

Esta autoficción habla del pasado propio, de ficcionalizar, de inventar el propio pasado del autor, con lo cual se entronca también con la poesía del linaje, de lo familiar. (Lea aquí: El escritor José Ramón Mercado murió por COVID-19)

La poesía de Mercado Romero (1937- ) recorre un largo camino desde 1970, cuando publica su primer libro, No solo poemas, hasta el año 2013, cuando edita Pájaro amargo, una especie de compendio en el que se cruzan sus preocupaciones iniciales: poesía del linaje, de la familia, pero también una preocupación social, y política, en otra. Su obra poética conlleva una acepción en la que se conjuntan lo espacial, la moral, la ética y la política. Pero también ha sido una poesía que revela una visión del paisaje del Caribe colombiano, y con ella una estructura de sentimientos (según el concepto de Raymond Williams) y sentidos, con lo cual se conjugando una versión interpretativa del Caribe compleja, una hermenéutica lírica relevante y novedosa.

Mercado tiene muchos poemarios escritos: No solo poemas (1970), El cielo que me tienes prometido (1983), Agua de alondra (1991), Retrato del guerrero (1993), Árbol de levas (1996), La noche del nocaut- y otros rounds (1996), Agua del tiempo muerto (1996), Los días de la ciudad (2004), Agua erótica (2005), La casa entre los árboles (2006), Poemas y canciones recurrentes que a simple vista revelan la ruina del alma de la ciudad y la pobreza de los barrios de estratos bajos (2008), Tratado de soledad (2009), Pájaro amargo (2013), Vestigios del naufragio (2016) y sus poemas recogidos en Anatomía del regreso (2021).

Digamos de entrada que poesía de José Ramón Mercado descuellan las huellas de la poesía del Caribe todo: la oralidad, el neorrealismo, lo cotidiano, el lenguaje transparente, el compromiso ideologizante, el prosaísmo, la historia, la sociedad, la desmitificación del poeta. Se cruzan, además, con las anteriores temáticas que van desde la cultura popular, lo urbano, la violencia en Colombia, la poesía erótica y una poesía simbólica en uno de sus libros (Agua de alondra).

En cuanto a lo político, no solo en sus dos primeros libros (No solo poemas y El cielo que me tienes prometido) muestra una postura abiertamente crítica, política, ello aún más en Poemas recurrentes que a simple vista revelan la ruina del alma de la ciudad y la pobreza de los barrios de estratos bajos. Allí no solo readapta todos los tics de la poesía latinoamericana de los años 60s sino que observa una línea “dura” y de arenga política, sino que agrega aires de didactismo y un tono épico. Trasluce así una sensibilidad que planea y plantea entre lo colectivo y lo individual un desgarramiento y una perplejidad expresados en la poesía como instrumento de reflexión desde la realidad en la que un tono desgarrado o de desesperación se dibuja a través de personajes marginados. Mercado asume en sus primeros libros la tendencia esencialista, en el sentido de que representa, por su participación militante de los años 70 y tragicidad, una poesía reflexiva, metalingüística, crítica y de denuncia, pero al mismo tiempo reveladora de la interrogación del ser. Ello da cuenta de elementos tales la oralidad, lo prosaico y lo narrativo dando así su estilo conversacional y coloquial, así como la asunción de contar una anécdota o un tema a través de una narración. (Le puede interesar: La epopeya de José Ramón Mercado)

Este cruce de la antipoesía, de la poesía política y de la imagen, a José Ramón Mercado lo constituye también la poesía narrativa, en la que juegan una actitud vitalista, instalándose en la realidad de su entorno, reconstruyendo su propia experiencia, rehuyendo muchas veces de las abstracciones, de los símbolos, sustituyéndolos por la ternura, la nostalgia y el asombro. Mercado exalta la infancia y la adolescencia bajo una mirada límpida; recrea referencias locales (ciudades y lugares concretos) y revela lo anecdótico: pequeñas historias, sensaciones, narradas, escenificadas, como lo revela en los poemarios, entre otros, Agua del tiempo muerto, La casa entre los árboles y Tratado de soledad.

Pero también ha sido un “poeta de la imagen”, como en Agua de alondra y en la mayor parte de sus poemas, centrados en la metáfora, la disyunción y superposición de planos, la imagen dislocada y la contraposición de elementos de diversas procedencias, de cierto surrealismo y de un manejo de lo heteróclito y desarticulado.

Desde No solo poemas, esta poética ha dialogado constantemente entre sí. Estos primeros poemas de la primera parte conversan con los versos de Agua del tiempo muerto, La casa entre los árboles y Tratado de soledad. Esa intratextualidad se vuelve más patente cuando aborda temas como la memoria y el olvido, pero como recuperación de los recuerdos de un hablante lírico ideal que cuela en su exposición la memoria familiar, la poética del linaje, en la que se revelan los vínculos familiares del poeta con su estirpe.

Se nota un hablante que se yergue con un estilo, con un tono propios que permiten vislumbrar, especialmente los tres poemarios mencionados, como obras dignas de integrar el canon nacional y continental, pues ellos rescatan con plasticidad, elegancia, con estética profunda el lar, el paisaje, en contra de una poética con aires “universalizantes”. Al mismo tiempo, la poética de Mercado, que universaliza un tiempo y un espacio, se constituye en una poesía de resistencia, una poesía en la que la denuncia del dolor (Tratado de soledad) y la puesta en escena del recuerdo familiar en Agua del tiempo muerto y La casa entre los árboles se comportan como una catarsis moral, una reflexión ética, pero a la vez de la memoria y de la identidad desplegadas en continuo movimiento nostálgico y crítico.

También se observa una poesía de la terredad, de lo terrígeno, en el sentido de lo real, pero, cómo no de lo neorreogional y lo latinoamericano, de los nuevos héroes, en Retrato del guerrero (1993), en el que retoma cuatro personajes históricos: Benkos Biohos, Simón Bolívar, el Che y Camilo Torres, para apuntar a una “poesía cívica”, según las palabras del prólogo de Jairo Romero, una poesía en la que se expande una noción de recuperación de la historia latinoamericana, que trasciende fronteras políticas.

Quizá La casa entre los árboles es el poemario más logrado en cuanto refleja más unidad en los poemarios escritos por Mercado. Asumir la vida, la memoria, revitalizar y revivir una saga familiar a través de “biografemas”—en el lenguaje de Roland Barthes—construidas a través de los detalles, gustos, inflexiones, fragmentos, relacionados con un arte de la vida y la muerte, de memento mori, de un con la nostalgización de la memoria, “de una evocación del otro que ya no es”, pero a las que Mercado les da una vuelta de tuerca a través de la revivificación de los sentidos y los sentimientos en tanto memoria narrativa y de la experiencia. En ese poemario se revela que “Toda biografía es una novela que no quiere decir su nombre”, según palabras de Barthes.

En Tratado de soledad (2009) se prolongan los dos poemarios mencionados, sin embargo, ahora le agrega un sesgo nuevo: una poesía testimonial, en la que un hablante lírico entrega su voz a las víctimas de la violencia surgida en el país, y en algunas zonas de la región de la costa Caribe colombiana, sitas en Sucre, Córdoba y Bolívar especialmente. Esta se constituye en una poesía (especialmente los seis poemas dedicados a las masacres de Macayepo, Chengue, El Salado, Los Montes de María y los de un pueblo innombrado, que representa a toda Colombia) resumen de todas las muertes que ya había retratado Mercado en otros poemarios y en los cuentos de Perros de presa, en el que recoge los diversos tipos de violencia suscitados en Ovejas, Sucre y otros departamentos del Caribe colombiano.

En el poema “Los caídos de El Salado”, teje un recorrido por ese territorio del departamento: recodo de Martín Alonso, vereda de San Andrés, La Sierrita, El Salado: existe una geografía de lo ominoso, de la sevicia. Y nuevamente, el hablante cede la voz a los otros: “Los colgaron como pavos en diciembre” dicen / “Les cercenaron los brazos las manos y los dedos” / “Les cortaron los muslos les trozaron las rodillas” / El pene vergonzante los escrotos vulnerables” / “Destazaron sus cuellos como cráteres” / “Por último /Jugaron fútbol con su cabezas asombradas” [...] p. 66).

También se encuentra el poemario número 13, Pájaro amargo (2013), su penúltima producción poética, que redefine su estética y la acerca aún más a la poesía del linaje, relacionada esta con textos donde los familiares hacen parte de su eje fundamental, mencionada ya La casa entre los árboles. Este poemario representa un giro hermoso acerca de lo filial, pero al mismo tiempo una censura amorosa. Muchos de los textos habían aparecido en poemarios anteriores y más de la mitad fueron recogidos para esta edición.

La poesía del libro Pájaro amargo presenta aparentes rasgos de la arquetipificación de la carta kafkiana, que aparentemente no guarda el equilibrio, la rabia, el dolor y la pasión; no obstante, bajo un discurso poético consistente, macerado, el poemario se enmarca en un más allá artístico, que universaliza el lamento, que retrata la memoria y busca no “derramar una lágrima frente al recuerdo”. El poemario pone en escena un “retrato familiar” freudiano y una poesía de la experiencia familiar, que va de lo íntimo a lo público, de lo familiar a las experiencias dramáticas o trágicas, bajo una poética de lo infausto y lo patriarcal, en la que el padre asume un papel dramáticamente fuerte, de una rudeza que obsede todos sus actos. Desde la óptica socio-económica y política, el padre es el representante de un patriarcado descomunal y tiene el poder del guía de la familia poderoso y transgresor. Acerca de ello, Ximena Pachón (2007) ha indicado que el papel preponderante de la autoridad del padre y esposo en la familia colombiana, se conjuga con funciones definidas en espacios extradomésticos como la política, los negocios, el trabajo, desplegando su poder en la familia, mientras que en la esfera doméstica era la madre quien lo asumía.

En su último libro, Vestigios del náufrago (2016), la poesía de José Ramón Mercado da vuelta a su espíritu conclusivo, en el sentido de que despliega la sabiduría y el abordaje sentimental de quien ha sabido pensar y repensar su obra, dándole trascendencia a los cierres, a la mirada que admite especie de finales, pero que no apuntan a una despedida.

Encontramos, entonces, en sus casi cincuenta y cinco poemas publicados, un retorno más enjundioso a algunos de sus temáticas anteriores, pero ahora, como su título lo enuncia, se canta desde una posición aparentemente menos optimista, más testamentaria si se quiere. Acaso la visión que traslucía Mercado Romero se delineaba entre un universo externo que se caía y otro que buscaba el reencuentro, a la idealización mítica del universo familiar. Ahora, en este texto, más que digamos que en Tratado de soledad, pero mucho menos que en La casa entre los árboles, se extrema el homenaje a la casa, a los lugares del retorno. En el poema con que abre el libro, “Inventario de la casa” se encuentra el espacio edénico de la infancia: “La casa éramos nosotros y su sombra / —Los árboles y los recuerdos— / Sin embargo hacía falta todo / Menos la ternura de mi madre” (p. 25).

Hagamos, finalmente, otra cavilación: el poeta refleja su espectro escéptico, su evolución hacia el naufragio en que se ha transformado el mundo, quizá de manera más ostensiva. El hablante del poema “Soliloquio de un hombre perturbado”, declara: “Habito la vida solitaria como casa arruinada /Vivo un destierro de fantasmas” (p. 41). Tiempo de los descuentos, el exilio de sí mismo, la perplejidad y el desencanto asuelan y la poesía, que se revela a sí misma como preocupación, se asume como un gesto cada vez más aprensivo. Existe una finalidad, quizá: la conversión del hablante que ahora es un náufrago de sí mismo y de la nada. La sensación de que el mundo, vano, más que desaparecido o despareciéndolo, lo deja. El verso final del poema “Incongruencias” puede cerrar esa visión escéptica, pues allí este hablante descreído discurre como un Descartes contra el mundo capitalista, un Descartes posmoderno, que, abochornado porque su mundo se encuentra abandonado, cierra posiblemente los ojos y da una despedida ideal.

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