Facetas


La epopeya de José Ramón Mercado

El poeta ha sabido domesticar el tiempo con la misma dulzura de su alma, para forjar el deslumbrante esplendor de su regreso.

GUSTAVO TATIS GUERRA

30 de mayo de 2021 12:00 AM

Hay poetas que han encontrado su esplendor en la fuga, en un punto cardinal del planeta distante al origen, pero en el caso de José Ramón Mercado (Ovejas, Sucre, 1937), su escritura poética de más de medio siglo, al igual que su narrativa, son el esplendor del regreso, de quien sabe que el paraíso está muy cerca del lugar donde se tiene enterrado el ombligo y en un fragmento de tierra moldeada por los vientos, donde palpitan las entrañas de los ancestros.

La aparición de su libro Anatomía del regreso (2020), Antología del Medio Siglo, publicada por UniEdiciones de la Colección Zenócrate, con prólogo de Adalberto Bolaño Sandoval, es un acontecimiento singular para la poesía del Caribe y Colombia. Pocas veces un poeta asiste al raro privilegio de ver reunidas como en una constelación ascendente, la luminosa raíz salida del barro de la aldea convertida en epopeya de su propia vida. Porque uno de los protagonistas de este voluminoso poemario de 548 páginas, que reúne toda la obra de Mercado Romero desde 1970 a 2020, son el poeta y su estirpe, sus abuelos, su padre y sus 48 hijos; también la aldea de Ovejas y el vastísimo paisaje emocional, histórico y sentimental de los Montes de María. (Le puede interesar: José Ramón Mercado, el muerto sobrevivido)

Son catorce poemarios escritos en medio siglo: No solo poemas (1970), El cielo que me tienes prometido (1983), Agua de Alondra (1991), Retrato del guerrero (1993), Agua del tiempo muerto (1996), La noche del Knock-Out y otros rounds (1996), Árbol de levas (1996), Los días de la ciudad (2004), Agua erótica (2005), La casa entre los árboles (2006), Poemas y canciones recurrentes (2008), Tratado de soledad (2009), Pájaro amargo (2013), y Vestigios del naufragio (2016).

La nostalgia, que brilla los diamantes ocultos debajo de las piedras para nombrar la infancia, también alumbra en la oscuridad para nombrar los paisajes conmovidos que años después se convertirán en paisajes vulnerados por las masacres que ha dejado el conflicto armado en la región. Su poesía total es un vastísimo viaje a la memoria, pero también un descenso a los infiernos de la guerra contemporánea, y puede leerse a su vez como una historia personal y una historia colectiva. Además de nombrar su propia travesía, su niñez y adolescencia, el descubrimiento del sexo, la pasión por la música, el béisbol, el boxeo, el poeta hace suyas las voces diversas y las historias del mundo, y consagra varios de sus libros a su vivencia en Cartagena de Indias.

La epopeya de José Ramón Mercado

El poeta y su esposa, Alcira Ricardo.//Foto: Cortesía.

La magnitud poética

En su libro mayor, La casa entre los árboles (2006), José Ramón Mercado logra la épica emocional de sus 47 hermanos, y el retrato conmovedor y sublime de sus padres y su abuelo. Este poemario contundente logra alturas que nos recuerdan a Edgar Lee Masters, instantes de plenitud tan cercanos a Whitman, momentos de humor profundo tan propios de Luis Carlos López o Nicanor Parra, y poemas de conmovido lirismo existencial, bajo el influjo de César Vallejo. Pero la historia que narra Mercado Romero es la suya misma, y su lenguaje es la construcción de esa epopeya, pulida en el tiempo, tras la plenitud de las imágenes y la noble lealtad de sus orígenes. La desmesura de la realidad compite con la ficción: un padre con 48 hijos y un abuelo con 81 hijos:

“Mi padre tenía vocación de herrero de caballos/ perdió las batallas de la vida/ al pie de los ciruelos”.

Nombra a su madre, Aura María, acariciando palabras que se deslizan como mariposas: “Ni las begonias de tu patio, ni las azucenas castas/ ni los efluvios de los poetas románticos/ ni los nenúfares cohibidos, ni los lapislázulis del cielo/ descienden a mí en este instante”.

La epopeya de José Ramón Mercado

Con su hija Aura María y su nieta Mafe.//Foto: Cortesía.

El abuelo “construyó una ciudad piedra a piedra entre bejucales/ llena de árboles y de caballos sorprendidos por la brisa/ una tierra que serpentea en la luz tenue de los días”. El paisaje es un mapa de la heredad: Las colinas de La Estancia, Naranjal, Salitral, Chengue, La Cansona, Macayepos, Flor del Monte, Ovejas.

El poema del tío Jerónimo Romero: “Dios me salvó en la guerra de los mil días/ tuve dieciséis mujeres al mismo tiempo/ dieciséis mujeres antes que amaneciera el día/ Vine al mundo a fornicar como Dios manda/ viéndolo bien, Dios no fue tan malo conmigo”.

Tía Juana “era una mujer con voz aromada por la lluvia”.

Tía Rebeca “tenía unos ojos infinitamente grises/ le parió dos hijos al general Eloy González, y esperando que él volviera de la guerra tejió como Penélope sus propios sueños”.

El hermano Luis Enrique, cortador de caña dulce en Naranjal, arriero de bueyes, pailero de trapiches, fogonero, criador de puercos y amansador de caballos, “era un hombre sin miedo en la espesura del monte”. Es uno de los poemas bellísimos, intensos y deslumbrantes de la saga familiar.

El hermano Hernán Francisco “trabajó la tierra sembró la semilla recogió los frutos, cortó caña horneó la panela arrió los bueyes/ ahora es un desplazado más de la vida y de los días”.

El primo Gregorio Medina, “tan solitario y hermoso como un peón en su caballo”.

El hermano Everardo, “el falo le creció más que sus propios sueños/ de él nunca se llegó a saber nada/ su alma quedaría insepulta como su voz”.

La prima Elia Rosa “pagaba una misa cantada a las ánimas del purgatorio/ era como un ángel vetusto rezando al alba”.

El primo Carmelo Mercado Amaya: “¡Oh! ¡Ninguna calle lleva mi nombre! ¿Será que todo mérito lo ha partido la aristocracia?”. La prima Irlena “era tan rara/ antes del matrimonio decidió asilarse en un convento para probar que llegaría virgen al himeneo”.

El primo Ignacio, “aún conservo su espíritu de Sísifo inquebrantable”.

El hermano Guido, el más peregrino de los 48 hermanos, “su vida era vender petróleo en el Caribe errante”, “todas las mañanas revisa la bitácora de sus sueños en el mapa de la pared de su casa”.

El libro logró lo que la vida no alcanzó: reunir a toda la tribu dispersa de sus hermanos, y congregarlos en la mesa de los ancestros. El poemario se cierra con un retrato desolado del poeta evocando al trágico griego Eurípides. Su hermano Jairo Mercado auguró en 2003 el impacto que tendría este poemario no solo en su familia sino entre todos sus lectores. (Le puede interesar también: Los artistas de los barrios de Cartagena resisten sin dejar de crear)

Tratado de soledad

De la epopeya de su estirpe y de su pueblo, el poeta reconstruyó en su Tratado de soledad (2009); la impiedad del conflicto armado en La masacre de Chengue, y nos narra la tragedia, la vida de aquellos seres degollados a quienes sus familiares iban poniendo las cabezas para darles cristiana sepultura. Un verso de Homero ilumina este poema sobrecogedor: “El día de la masacre el sol fue borrado del cielo” y los gallos no volvieron a cantar en Chengue. Junto a ese poema, Los caídos de El Salado es un poema magistral y antológico. La serie de poemas que narra las masacres incluye Imprecación por los caídos de los Montes de María (“las gaitas lloran los muertos todavía”), El miedo que sembraron en Macayepos (“Macayepos en sí mismo creyó que Dios habría muerto/ ya no era la muerte camuflada en el monte/ era un pueblo fantasma”), entre otros.

Epílogo

El poeta va y viene a su aldea. En Ovejas erigió su casa, que es un museo de la memoria de todos sus ancestros y un centro cultural para los nuevos lectores y lectoras de los Montes de María. Con el rostro bañado en lágrimas, escucho leer y narrar estos poemas a José Ramón, su espléndida y dramática epopeya de su estirpe y de su aldea, y siempre tengo la impresión de que estamos ante uno de las mayores voces de la poesía del Caribe y de Colombia. Este libro es una prueba de ello. Él ha sabido domesticar el tiempo con la misma dulzura de su alma, para forjar el deslumbrante esplendor de su regreso.

  NOTICIAS RECOMENDADAS