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Cultural

Rosario Heins: los rostros que tiene el mar

La artista expone 42 dibujos y pinturas en el Salón Bolívar del Palacio de la Proclamación, con la curaduría de María del Pilar Rodríguez.

Rosario Heins: los rostros que tiene el mar

Rosario Heins. //Foto: Zenia Valdelamar- El Universal.

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Ahora el mar es un tipo que vende algodones de azúcar, una muchacha con ojos de leona que hace masajes, una niña que hace castillos de arena, un vendedor de flotadores, una palenquera que ríe a carcajadas frente a su palangana de frutas, una familia que está en la playa, una mujer de trenzas largas que está con sus dos niños, con sus baldecitos y sus palitas de colores.

Ahora el mar es también una sombra delgada entre las sombras de la gente que pasa por la playa. El desparpajo de los colores, la puesta en escena frente al infinito. El vendedor de globos de azúcar parece remar en el aire atrapando nubes rosadas. El mar lejano y cercano pasa como una línea de azul cobalto en el horizonte, el otro mar que colecciona huellas que el viento borra en la arena. Lea aquí: Cartagena de cara al teatro del mundo

Son los personajes de carne y hueso que están en los lienzos de Rosario Heins Finkenstaedt (Barranquilla, 1956), de abuelos alemanes que llegaron una madrugada lejana del siglo pasado a Puerto Colombia, cada uno buscando un lugar en el Caribe para delinear el horizonte, y de tanto peregrinar al pie de las aguas se vieron a la cara y supieron que seguirían juntos hasta la muerte.

Es este mar vivo y palpitante de Cartagena de Indias, el que ella pinta. Este mar que la trajo al mundo. Este mar que empezó a pintar en sus inicios como siguiendo el imán de un designio de la sangre. Es que Alemania vino a encontrarse en el Caribe para quedarse, para que naciera Rosario Heins. Para que fuera una artista del Caribe, que dibuja y pinta sobre lienzo, papel de bambú, acrílicos sobre lino, en carboncillo y en ese derroche de color que es el Caribe. Lea aquí: ¿Cómo llegó la música a Cartagena? La historia que vale la pena conocer

Estamos ahora frente a su exposición de 42 dibujos y pinturas que exhibe en el Salón Bolívar en el tercer piso del Palacio de la Proclamación. Su trayectoria artística se aproxima al medio siglo, y ella mantiene la frescura desenvuelta y la finura de alma para dibujar a mano alzada y retratar la picardía del Caribe, las carcajadas sonoras de las mujeres de San Basilio de Palenque, las carcajadas esmuecadas con un diente faltante en el rostro de María Inginia y la inocencia de las niñas en la playa.

Rosario viene de un largo y sostenido ejercicio de dibujo y de un estudio riguroso de las formas, el color, el ambiente natural y humano. Es una de las mejores dibujantes que tiene el Caribe y una de las mejores pintoras de Colombia. Su trayectoria es extraordinaria, como su grandeza artística tan elocuente en un alma transparente, sencilla, noble, elegante y prudente. Lea aquí: El Galeón San José contado por Marco T. Robayo

Entre 1975 a 1979 se graduó de maestra de Artes Plásticas y Pintura en la Escuela de Bellas Artes de Barranquilla. En 1980 a 1981 estudió Escultura en la Escuela de Bellas Artes de Cartagena. Allí mismo, en 1983 estudió Grabado, y en 1986, lo volvió a estudiar con el maestro Umberto Giangrande.

En su tríptico “Enildita” (2008), acrílico sobre lienzo, 150 x 150 cms, hay un estudio de la mujer recia y dulce que es Enildita. Hay leves variantes en este retrato, en las huellas sutiles en los pies. En uno, los pies descalzos están afirmados sobre la arena, afincados, dejando sombras y huellas. En el segundo retrato, los pies están al borde de la arena, y en el tercero, sobre la fragilidad de las arenas.

En su “Autorretrato con Cenaida” (2023), 125 x 117 cms, una de sus obras de mayor esplendor artístico, su firma está dentro de la obra y forma parte de la pintura. El cuerpo de Rosario resuelto de manera magistral deja los pies delineados e inconclusos de manera certera para ser completados por la mirada del espectador. Este equilibrio de dibujo y pintura que busca la perfección de las formas, encuentra en el silencio y en el blancor la plenitud del arte. Lea aquí: Gustavo Álvarez Gardeazábal es Premio Vida y Obra 2023

Hay retratos de personajes como “Un domingo en la playa” (2023), tríptico, 65 x 50 cms, en donde la protagonista es una mujer con sus dos niños, está de espalda, y pintada con todos los detalles. Pero los niños que están sentados en la playa están en blanco y negro. El sombrero tiene las pintas rojizas y amarillas. En el segundo cuadro la mujer está de pie en blanco y negro, con su cabellera suelta al viento, y tiene un balde verde y una palita azul, en sus manos. Y en el tercero, la niña está a color y el niño en blanco y negro. El balde es rosado. Este juego de blanco, negro y color se extasía en los detalles de la cabellera que el viento sacude y en las huellas de los pies en la arena.

Son algunas visiones de este conjunto de obras que tienen como protagonismo el oficio cotidiano en las playas de Cartagena. No es solo el mar de las criaturas efímeras en la fiesta cotidiana de las ilusiones como pompas de jabón que se estallan con la luz. Ella va más allá del retrato natural y humano. Otro mar intimista se asoma en estas pinturas, en los silencios de arena, en el brillo de los ojos, en los pliegues de la ropa, en los silencios sugeridos del dibujo en blanco y negro.

Rosario vive en Francia desde hace más de veinte años, en La Grande- Motte, una pequeña ciudad con 10 mil habitantes que ha replicado en su arquitectura las pirámides mayas, una ciudad que la ha entregado las llaves como artista consagrada, una ciudad que se colma de viajeros que llegan en el verano, a disfrutar de la placidez y sosiego de su abrigo. Siempre regresa a Barranquilla, su tierra natal, donde viven sus familiares, o vuelve a San Agustín, a la casa de campo que construyó junto a su esposo francés Jean Paul Thomas, con quien tuvo tres hijas, ninguna de ellas ha seguido el camino del arte, pero “hay una nieta que está tocada por la vocación del arte”. Lea aquí: El Odin Teatret, el reconocido grupo de teatro que está en Cartagena

Jean Paul murió en San Agustín y sus cenizas viajaron de Colombia a Francia. Rosario crea un vínculo emocional y vivencial con sus personajes elegidos, estas mujeres que llevan el mundo en palanganas de frutas sobre sus cabezas, y cuando ríen es como si una granizada de luz cayera sobre la dura y solemne cristalería del silencio. Esa risa que se burla de todo con la gracia de quien se ve reflejado como en un espejo en las pinturas de Rosario. Y la mujer que se ve allí muerta de la risa, vuelve a reírse. Es ella. La carcajada de Rosario se confunde con las carcajadas de sus criaturas pintadas. “Más caribe para dónde”, dice ella riéndose.

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