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Noqueado por una promesa incumplida

Después de 20 años, el único boxeador con oro en Juegos Nacionales por Sucre, cuenta por qué su ascendente y exitosa carrera terminó abruptamente.

Noqueado por una promesa incumplida

Con la misma disciplina que tuvo en el boxeo, Manuel Julio Tuirán se gana hoy y todos los días el combate de la vida tras su volante. // Manuel Santiago Pérez

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Mil destellos de flashes chocan contra mi cara. Es una pomposa ceremonia. Todas las miradas se centran en mí. De reojo veo en una mesa al alcalde de Sincelejo, también al Gobernador de Sucre.

Ante atletas, líderes, entrenadores e invitados especiales, soy proclamado por las autoridades y los periodistas deportivos, como: ¡Deportista del Año 2000 en Sucre! Todos se ponen de pie y me aplauden.

Salí en los periódicos y escuché hablar de mí en la radio toda esta semana. Los sucreños están contentos, para ellos mi distinción y el premio de una casa y 20 salarios mensuales, son merecidos.

Saboreo los dulces frutos de mis múltiples medallas, sobre todo las dos de plata; una ganada en el preolímpico y otra en un torneo en Brasil, además del oro cosechado en los XVI Juegos Nacionales.

Me emociono junto a mi novia y le propongo matrimonio. María Villar Vargas se convierte en mi esposa y juntos formamos un hogar. Estamos esperando estrenar la casa, al tiempo, mi hija se enorgullece de mí.

Ya es 2001 y hay relevo de poder. Un señor alto es el nuevo alcalde de Sincelejo. Intento visitarle en su despacho para solicitarle mis premios, pero sus asesores me vacilan y él finalmente se niega a entregármelos.

Mi motivación para seguir entrenando ahora está cayendo al piso, noqueada. La certeza de haber visto llegar el día de cosechar lo sembrado en la disciplina del boxeo y el sueño de tener techo propio, se desvanecen.

Mis cercanos me aconsejan iniciar una batalla jurídica para reclamar lo que me fue prometido con bombos y platillos, sin embargo, siento tan mía esa casa y ese dinero, que no veo razón para contender.

Cuando niño, regresaba del colegio casi siempre llorando porque mis compañeros me obligaban a pelear y como no lo hacía, arrojaban mis cuadernos y útiles escolares a un pozo.

Mi padre un día se dio cuenta y me enseñó a defender. Aquí empezó mi amor por el boxeo, el mismo que ahora siento morir dentro de mí. Hubiese sido mejor que no me ilusionaran, mis ganas de boxear seguirían conmigo.

Aún adolorido por ese golpe fulminante, tomo fuerzas y reanudo mis estudios. Para mí la lealtad es primero, cumplí otra de mis promesas hecha a mi padre: graduarme de bachiller.

Hoy, me ofrecieron trabajo como chófer, y sin un solo gramo de esperanza de recibir mis premios me volví a colocar los guantes, esta vez para tomar el volante, buscando reincorporarme de mi único nocaut.

Sin embargo, sigo hundiéndome en mi gran depresión, parece que esta me acompañará siempre. Únicamente siento alivio recordando mi historia como boxeador.

Todo empezó cuando de repente, recuerdo el miedo que le tengo a las culebras y le digo: “Papá, yo no quiero ser agricultor, yo quiero ser boxeador”.

Instantes antes me había quedado mudo mirándolo ante su fértil tierra, buscando las palabras precisas para responderle.

“Ya eres un hombrecito de 13 años, puedes hacer tu primera siembra de yuca”, su noble propuesta, permanecía flotando en el aire.

También sus brazos, tallados como si fuesen de madera, seguían señalando el horizonte, invitándome a trabajar en el campo.

Pero por fin reacciona, guarda su machete en la vaina, su vista se le empaña y de repente, brota una sonrisa de orgullo en su cara.

Estamos ante nuestra pequeña parcela del corregimiento Aguas Negras del municipio de San Onofre, Sucre (Colombia).

“Ya me lo temía, hijo. Entonces asegúrate de cultivar huellas que sean imborrables en el boxeo y nunca te dejes noquear”, me expresa.

Empiezo a sentir una inmensa alegría, me abalanzo sobre él, nos abrazamos y coloca sus manos sobre mi cabeza y me bendice.

“Te inscribiré en el club local para que entrenes y le des a Sucre y Colombia muchas medallas”, declara.

Mi rutina escolar ahora le da paso a duros entrenamientos en el Club Los Turpiales, en el casco urbano. Allá voy pedaleando alegre en las tardes.

Ya la dedicación ha empezado a labrar en mí un boxeador con cierto estilo de pelea. Sin embargo, hoy amanecí viendo lejano el día en que el boxeo me dé para comer.

Mi hermano mayor vive en Sincelejo, pinta muebles en un taller. Me iré a trabajar con él y seguiré la recomendación de mi padre: no dejar los estudios.

La jornada de este 5 de enero de 1993 termina con una leve llovizna. Recojo rápido los muebles en obra de pintura y pega un fuerte olor a café. “Quien se habrá muerto”, digo riendo.

Llegando a casa un cuñado me ve y empieza a llorar. Le pregunto el por qué y no responde. ¿Qué le pasó a mi mamá?, pregunto de nuevo, ya nervioso.

“Llamaron desde Aguas Negras, tu padre acaba de fallecer”, asegura mi cuñado. La peor de las noticias provoca un gran derrumbe en mi interior, mi hermano contrata un Jeep y viajamos al pueblo.

Giro la cabeza una y otra vez observando mi alrededor, aún no lo creo a pesar de estar frente a su ataúd.

“Llegó del monte y me pidió café. Cuando se lo bebía en la terraza, acompañado de unos vecinos, de repente entró diciendo, me estoy acabando, échenme aire y falleció”, relata destrozada mi madre entre sollozos.

Han pasado ya dos años y empecé el bachillerato, me siento triunfando como en una gran pelea en la que mi viejo me observa en primera fila. También conseguí un empleo en una ebanistería, pago mi propio sustento y una pieza cerca al gimnasio El Pintoso Box del barrio El Bosque.

Como es costumbre, esta noche también he venido al gimnasio. Entreno concentrado, pero alguien me interrumpe diciendo mi nombre completo: “Manuel Julio Tuirán”, enseguida miro y veo a un hombre de baja estatura y musculoso, es el profesor Vargas.

“Estoy formando en San Onofre la Selección Sucre para el Campeonato Junior, será en Barranquilla”, me comenta con su hablar pausado y bajo tono de voz, después de saludarme contento porque me encontró.

Hace una pausa, observa que no dejo de saltar la cuerda, y prosigue con un tono menos bajo, “te necesitamos, eres el mejor en los 42 kilogramos, no tendrás que eliminarte con nadie, qué dices”.

En San Onofre los directivos de la Liga de Sucre habían acordado con el entrenador Vargas, venir a buscarme, sin saber que estoy trabajando y estudiando.

De inmediato vuelvo a sentir una emoción que disfruto desde muy niño; mi pasión hacía el arte de fistiana, como le llaman en los periódicos a mi amado deporte.

Manteniendo los pies sobre la tierra pienso no solo en mis anheladas medallas, sino en mi compromiso de seguir estudiando y trabajar. Con arrojo se lo expreso al entrenador, esperando ansiosamente escuchar respuestas positivas.

“Sucre es el actual campeón junior y la Liga quiere retener el título nacional ganando en todos los pesos en el torneo fijado para junio, así que por tal motivo te darán lo que necesitas”, me dice Vargas.

Volví a mi ambiente, estoy alojado con el resto de la preselección. Sí, regresé a San Onofre, un pueblo conocido solamente por el boxeo. En invierno y verano es el semillero de pugilistas más grande de Colombia.

Desde hace tres meses tengo una nueva rutina. Despierto a las 4:00 de la madrugada, salgo a trotar, regreso, me baño y me alisto para irme al Manuel Ángel Anachury, en donde me consiguieron cupo para continuar mi bachillerato.

Al mediodía voy a casa a almorzar, luego trabajo como jardinero o en otra labor que me tengan los señores de la Liga, más tarde entreno en el gimnasio, cuando vuelvo, hago las tareas y me acuesto a descansar, para otra vez empezar.

¡Fuera los séconds!

Me desplazo sobre el ring. Es el segundo asalto de mi tercera pelea en el Campeonato Junior. La lona está un poco mojada, pues hace un rato llovió. Entonces resbalo y mi cara choca contra la cabeza de mi rival.

Estoy emanando sangre por mi ceja derecha y el árbitro está deteniendo el combate. Transcurridos varios minutos los jueces alzan el brazo a mi contendor. Quedé tercero en mi primer nacional.

Mis entrenadores me toman más confianza y siendo junior me preguntan, medio en broma, si me atrevo ir al Campeonato de Mayores, en reemplazo del 48 kilogramos, quien colgó los guantes.

Yo tomé la propuesta en serio y ahora casi convenciéndolos, entusiasmado les digo, ¡yo voy, ombe!. El bocadillo con leche serán mis mejores amigos, pues debo subir casi 6 kilos.

Pero es la oportunidad para saber sí en verdad soy bueno y tengo con qué ir dentro de un año y medio a los próximos Juegos Nacionales por la primera medalla de oro de Sucre.

Manuel Julio Tuirán debutó en un torneo de mayores a los 17 años

Estoy en el torneo de Mayores con 17 años. Olvido mi edad y me concentro en mis peleas. Gano la primera, la segunda, la tercera, también la cuarta y ya voy a subir al ring para la gran final.

Mi delegado, Édgar Benito Revollo, se acerca, me pide que no suba al tinglado, pues si lo hago automáticamente no podré participar en Juvenil. Me abraza y me dice: “eres valiente y subcampeón”.

Llegó el gran día. Es miércoles 19 de junio de 1996. Avanzan los XV Juegos Nacionales de Barrancabermeja, ¡Sí, estoy en esta gran fiesta! Mi corazón está hinchado de orgullo, soy el Mosca Ligero del equipo de boxeo de Sucre.

En mi primera pelea enfrentaré al pegador santandereano Jorge Batista, él es de esta tierra, debo ganarle ampliamente. Voy por él y poco a poco lo llevo a mi hábitat natural: “la candela”.

Hice mi mejor pelea, soy el vencedor y Batista sabe que perdió, lo confirmo viendo su mirada gacha. Los jueces revisan los computadores y vacilan para dar el veredicto. Lo declaran vencedor a él.

En la historia quedará consignada una derrota, cuando yo fui el verdadero vencedor de esa pelea.

Manuel Julio Tuirán

Ni siquiera abrí el camino hacia la conquista de esa medalla de oro, he defraudado a mi padre y a los sucreños, pero así es el boxeo. Solo me queda intentar regresar en cuatro años.

Hoy es sábado 17 de mayo de 1997, se desarrolla en Magangué (Bolívar) el Campeonato Juvenil. Llevó varias victorias y un vehículo con megáfono se pasea por las polvorientas calles del ardiente pueblo invitando a la velada de esta noche.

“La jornada de hoy tiene un ingrediente especial: la presentación del Minimosca magangueleño Ricardo ‘Mochuelo’ Torres. Este menudo boxeador se ha constituido en la figura más brillante del torneo. Pertenece a las Fuerzas Armadas, sin embargo, es el ídolo del pueblo. Hoy peleará por el título nacional ante el sucreño Manuel Julio”, dice una y otra vez la grabación.

Una multitud de aficionados abarrota las gradas, todos apoyan fervientemente al boxeador local, mientras que yo en el cuadrilátero nada más tendré lo que soy: un pugilista fajador que pelea a poca distancia combinando técnica, rapidez y fuerza.

La orden de mi entrenador Daniel Alviz de buscar conectar a mi oponente oportunamente da resultado. Lo golpeo y me muevo, manteniéndome alejado del centro del ring para contraatacar cuando él se impulsa hacia adelante.

Boxeando de tú a tú al “Mochuelo” opaco su técnica, rapidez e inteligencia y este se va haciendo un combate apretado, quedando un difícil trabajo para los jueces. La pelea terminó hace 45 minutos y aún no hay decisión.

Recuerdo lo sucedido en mis primeros Juegos, allá aprendí de qué lado se inclina a veces la balanza. Si le alzan el brazo a él, estará bien, pues es local. Así lo hacen y me llevo a casa otro trofeo de plata.

Ya soy consciente de qué lado se inclina a veces la balanza,

Manuel Julio Tuirán

Volví a ser seleccionado para representar a Sucre en el 49 Campeonato de Mayores de este 1998, en Santa Marta. Estoy en la final. Para la disputa del oro tendré que enfrentar a Jhony Pérez (Selección Colombia).

Pasó un año y estoy celebrando en el 50 Campeonato de Mayores de 1999 en Apartadó (Antioquia). Acabo de vencer en la final, después de perder el título el año pasado ante Pérez, hoy lo he derrotado. ¡Soy campeón!

La fiesta es completa, me llaman a la Selección Colombia para hacer el ciclo olímpico. Casi sin rival en mi peso y concentrado en mi carrera deportiva, le apuesto todo al boxeo. Suspendí los estudios y el trabajo.

Recto a la moral

Acaba un entrenamiento más con el equipo nacional. El presidente de la Federación Colombiana, Rodolfo Fortich, nos visita, se me acerca y me lanza un recto a la moral diciéndome: “Si aspiras ir a Sídney, debes clasificarte en los 48 kilogramos”.

¡Llevarán a Jhony Pérez en los 51! Pero si yo lo he derrotado varias veces, me digo desconcertado. Además, mi actual peso me lleva hasta el llanto para poder alcanzarlo, menos aún podría dar 48 kilogramos.

Este señor no me quiere, lo enviará a buscar cupo para las olimpiadas, aduciendo que él tiene más experiencia que yo. Creo que es hora de regresar a casa y prepararme para representar nuevamente a Sucre en los Juegos Nacionales, ya se acercan.

La ilusión olímpica está casi diluida, pero del cuerpo técnico brota una esperanza. “Yo te voy a ayudar a entrar en ese peso, dígale al Presidente que usted sí va a ir”, me dice el “seleccionador nacional”, Elías Pastrana.

Mañana es el vuelo a Argentina para la Eliminatoria Preolímpica de América. Jamás entrené tanto y en la báscula solo he dado 49,700 kilogramos.

Pasó fugaz la noche, no pude dormir y ya estoy sentado con mi entrenador en una banca del aeropuerto, a punto de tomar el vuelo.

Nunca había sentido la “barriga tan pegada al espinazo”. Miro a la cara a Elías, le digo “profe yo no voy para allá”. “Sí vas a ir. Cuando estemos en Buenos Aires darás el peso”, me responde él, dejándome sin otra opción.

Tras 9 horas de vuelo, llegamos, son las 4:00 de la madrugada. El entrenador decide alojarse conmigo en una sola habitación para controlar mi peso. Descansamos dos horas y salimos a entrenar todo el día.

De regreso al hotel me monto en la báscula, ¡perdí un kilo!, me reconforto nada más por un instante, pues aún me falta bajar un kilo más y ya mañana temprano será el pesaje oficial.

Esta gran ciudad está en pleno invierno. Cayó la noche, estamos a 12 grados centígrados y yo titiritando. Sin darme cuenta el profesor abre las cortinas y ventanas, yo inconscientemente me arropo, duermo.

Durante la madrugada oriné muchas veces, las yemas de mis dedos están arrugadas. Ya estamos en el pesaje oficial, ¡doy 47,800 kilogramos! Pastrana me puso en el peso de los 48 kilogramos a punta de frío.

Pastrana me puso en los 48 kilos a punta de frío, sorprendiendo a entrenadores y comprobando la teoría de que no solo se adelgaza con calor, también hay deshidratación en bajas temperaturas.

Manuel Julio Tuirán

En el sorteo de las peleas observo al boxeador de Brasil, José Alburquerque, yo soy de baja estatura y él me queda por el pecho. Ojalá me toque con el “chiquitico”, pienso.

El torneo eliminatorio para Sídney 2000 ha empezado. Triunfo en la primera pelea enfrentando al espigado boxeador de Canadá, gano la segunda contienda ante el aspirante de México y también frente al Mosca de Puerto Rico, ¡llegué a la gran final!.

El cupo para los Olímpicos está cerca, adivina quien es el otro pegador clasificado a la final; Alburquerque.

Faltan solo cuarenta segundos, voy ganando el pleito 7-3. Los gemelos de mi pierna izquierda se contraen y siento un intenso dolor, no me puedo desplazar, mi rival está aprovechando para golpearme, suena la campana, acabó la pelea.

Por primera vez siento calambres, tal vez fue producto de la rápida disminución de peso. Me reincorporo, estamos otra vez en el centro del ring, se va a dar el veredicto, el árbitro nos toma de la mano y eleva el brazo al brasilero. La puntuación, 8-7.

El único oro sucreño

Regresamos a Medellín, a la concentración de la Selección Colombia. La Federación deja libre a quienes no clasificamos a las olimpiadas para que representemos a nuestros departamentos en los XVI Juegos Deportivos Nacionales.

Con mi maleta llena de deseos de volver a las máximas justas nacionales, voy a San Onofre, la sede de la Liga de Sucre. Han nombrado como seleccionador a Alfonso Marrugo (medalla de plata en boxeo en los Juegos de 1970 por Sucre).

Me envían a reportarme con el entrenador Marrugo en Sincelejo, allá está concentrada la selección sucreña.

“Los entrenamientos serán de lunes a domingo con descansos los miércoles”, declara el docente. Esto es inusual, pues en mitad de semana es difícil lograr descansar la mente con algo que no sea boxeo.

Marrugo no acepta mi sugerencia de descansar los domingos. “Si no te gusta, puedes irte”, me dice. Discutimos, tomo mi maleta y regreso a San Onofre. “Si tú no vas, la selección no va”, me asegura Revollo, al contarle lo sucedido.

Entonces, regreso una vez más a Sincelejo y me pongo a entrenar mentalizado en el éxito, soportando el enojo del profesor Marrugo. “Aquí se hace lo que yo diga”, me repite cada vez que puede.

Recordando a mi padre pidiéndome hacer historia y mentalizado en colgarme esa primera medalla de oro en Juegos Nacionales, yo esquivo los golpes de Marrugo.

Estamos en Tumaco (Nariño), sede del boxeo de las máximas justas deportivas de Colombia. En el sorteo me salieron cuatro peleas para clasificar. Vencí en todas y me alisto para disputar la medalla de oro enfrentando a un viejo conocido: Jorge Batista.

Estoy haciendo el calentamiento hace treinta minutos, nos llaman al cuadrilátero y haciendo sombra camino hacia la escalera de mi esquina, voy a subir, de repente una mano del profesor Marrugo se posa en mi hombro izquierdo, me detiene. ¿Manuel Julio, será que tú me vas a superar?, me pregunta él.

Pensé que me iba a motivar con una de esas frases de entrenadores para estimular a sus deportistas a dejar todo en la competencia. “Profe, yo vine aquí a competir y a ganar, por eso yo voy para arriba, y que pase lo que Dios quiera”, le contesto.

¡Fuera los séconds!, grita el presentador y los auxiliares de esquina se retiran. Estudiando a mi rival me transporto a los pasados Juegos, a mi pelea con este mismo boxeador.

Voy a subir, de repente una mano del profesor Marrugo se posa en mi hombro izquierdo, me detiene. ¿Manuel Julio, será que tú me vas a superar?

Manuel Julio Tuirán

Empieza el segundo asalto y yo a conectar a mi oponente en el tronco y la cabeza, peleándole a poca distancia, con sigilo. Es el quinto y último acto, sigo con las riendas del pleito. Le estoy dando un baile, le pego cuando y como quiero. Suena la campana, ha sido la mejor de mis 277 peleas.

Con solo 17 derrotas, ninguna por nocaut, me arrodillo en la lona, elevo mis manos y le clamo a Dios que me dé la victoria y ¡me proclaman ganador!

Soy campeón de los “juegos olímpicos de Colombia”. Hay papel confeti en el aire, se escucha el himno de Sucre, también el festejo de cientos de personas, estoy en lo más alto del podio, rozando el cielo oigo a mi padre aplaudiéndome de manera especial y hasta escucho que me dice “lo has hecho, hijo!

Empieza el segundo asalto y yo a conectar a mi oponente en el tronco y la cabeza, peleándole a poca distancia, con sigilo. Es el quinto y último acto, sigo con las riendas del pleito. Le estoy dando un baile, le pego cuando y como quiero. Suena la campana, ha sido la mejor de mis 277 peleas.

Con 260 victorias y solo 17 derrotas, ninguna por nocaut, me arrodillo en la lona, elevo mis manos y le clamo a Dios que me dé la victoria y ¡me proclaman ganador!

Soy campeón de los Juegos Nacionales. Hay papel confeti en el aire, se escucha el himno de Sucre, también el festejo de cientos de personas en San Onofre, estoy en lo más alto del podio. Tocando el cielo escucho a mi padre aplaudir y decirme “lo has hecho, hijo!.

Después de eso ya han pasado casi veintiún años y hoy continúo enfrentando el día a día. Luchando he sacado a mi familia adelante, aunque sigo sin tener una casa propia.

Una vez alguien me dijo: “para hacer una promesa debes tener fondo en el banco”. Esa frase quedó en mi mente durante mucho tiempo sin explicación, pero ahora la tiene.

Por más pequeña, no hagas una promesa, si no estás seguro de que la vas a cumplir, porque su incumplimiento deja, aunque invisible, un gran daño y una inmensa decepción. Sea quien te incumpla, te va a doler.

A Manuel Julio Tuirán le prometieron una casa y 20 salarios mínimos por el título

A veces me pregunto, ¿A esas personas, les dolerá también no haberme cumplido? ¿Cómo se sentirán? ¿Se decepcionaron?.

Cumplir una promesa es para valientes, debes ser responsable y tener cuidado hasta que la promesa sea saldada, si no lo haces tendrás siempre una cuenta pendiente siguiéndote.

Prometer algo es darle dos cosas a alguien. Primero, cuando prometes le das tu palabra y lo segundo se lo das justo cuando cumples tu promesa, y es tu lealtad.

Cumplir una promesa es dar dos partes de ti a alguien, pero sobre todo es ser fiel a ti mismo.

Te confieso algo, aún hay días en que despierto esperanzado. ¡Si alguien hiciera algo para que por fin me dieran esos premios injustamente negados!. Sería como quitarme de encima dos décadas de frustración y esquivar el golpe más fuerte que recibe un boxeador, el olvido.

Acá entre nos, a veces pienso que el Todopoderoso está furioso allá arriba y como castigo, mantiene a mi preciada medalla dorada, como la única del departamento de Sucre.

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