A los 17 años se supone que hay que tener una respuesta para una de las preguntas más grandes de la vida: “¿Qué vas a estudiar?”. Mientras algunos jóvenes sienten que tienen clarísimo su camino, otros todavía están tratando de descubrir qué les gusta, en qué son buenos y qué quieren hacer con su futuro.
El peligro de elegir carrera solo por presión o por el “qué dirán”
El problema aparece cuando esa decisión deja de ser propia y comienza a estar marcada por las expectativas fa miliares, la presión social o la idea de que una carrera solo vale la pena si garantiza dinero. Elegir bajo esas condiciones puede terminar alejando al estudiante de sus propios intereses y dificultando su adaptación a la universidad.
Claves de la orientación vocacional: más allá de un simple test
La orientación vocacional busca precisamente ayudar a identificar intereses, habilidades y valores antes de tomar una decisión.
Uno de los errores más comunes es escoger una carrera simple mente porque “da plata”, porque la estudió algún familiar o porque socialmente es considerada exitosa.
Cómo hablar con tu familia sobre tu vocación sin culpa (ni miedo a decepcionar)
También ocurre lo contrario: jóvenes que descartan lo que real mente les gusta por miedo a decepcionar a sus padres. Desde esta perspectiva, el psicólogo Mateo Acosta recomendaría no convertir la elección en una carrera contra el tiempo, sino en un proceso de exploración, por ejemplo, preguntarse qué actividades disfrutan, cuáles habilidades han desarrolla do, qué materias despiertan su curiosidad y cómo imaginan su vida laboral más allá del salario. Para estudiantes de décimo y un décimo, una herramienta práctica puede ser combinar pruebas de orientación vocacional con conversaciones de autoconocimiento, investigación sobre las carreras y experiencias reales.
No se trata de hacer un test y aceptar automáticamente el resultado, sino de comparar lo que aparece allí con la propia historia. Existen procesos de orientación que integran pruebas psicológicas, entrevistas y actividades de exploración para identificar intereses, fortalezas y posibles caminos profesionales.
La recomendación sería mirar también el contenido de las materias, el campo laboral, las habilidades necesarias y hablar con personas que ya estudien o trabajen en esas áreas. Así, la pregunta deja de ser únicamente “¿cuánto voy a ganar?” y pasa a ser también “¿esto tiene que ver conmigo?”.
En mi caso, la decisión comenzó precisamente por ahí: por conocerme. No fue cuestión de tener todo resuelto ni de estudiar una lista interminable de carreras. Busqué mis talentos, mis cualidades y las cosas que realmente me interesaban y sobre todo, decidí no dejar que la presión familiar fuera quien escogiera por mí.
Desde el principio fui completamente sin cera con mi familia y les dije que iba a elegir la carrera que a mí me interesaba. Eso no significa ignorar los consejos de quienes nos quieren; significa escucharlos sin entregarles la decisión. A los 17 años todavía estamos des cubriendo quiénes somos, y entender que cambiar de opinión también es una posibilidad puede quitar mucho peso a la elección.
Cambiar de opinión a tiempo: la universidad no es una sentencia definitiva
Por eso, si un joven todavía no sabe qué estudiar, quizá el primer paso no sea buscar inmediatamente “la carrera correcta”, sino dejar de pensar que existe una decisión que definirá para siempre quién será. Mateo Acosta plantearía, desde la orientación psicológica, que conocerse, identificar fortalezas e intereses y explorar diferentes alternativas permite tomar una decisión con mayor claridad y autonomía.
La elección puede ser importante sin convertirse en una sentencia. Porque nadie tiene todo resuelto a los 17, realmente no se trata de saber exactamente dónde terminar, sino de comenzar a des cubrir hacia dónde quieres caminar.

