Cuando, hace pocos días, recibió su sexto Grammy, en una ceremonia en Las Vegas, el colombiano Jorge Villamizar, uno de los cantautores más talentosos y cotizados de Latinoamérica, le dijo por el micrófono a su mamá: “Ya es hora de que me acompañes cuando me entreguen un Grammy, mamá”.El público se rió y Jorge se sintió relajado y feliz. La explicación es que a su madre, que le enseñó el amor por la música desde que era muy niño, le da pánico asistir a esta ceremonia por miedo de traerle malfario a su hijo.
El creador de Bacilos, la banda musical que triunfó en los años 90, es un hombre inteligente, profundo, preocupado por su país, a pesar de haber vivido la mayor parte de sus 41 años por fuera.
Caraluna, Mi Primer Millón, Tabaco y Chanel, Pasos de Gigante, Alma en Libertad, Yo no Sé Mañana, Limón y Sal, Vivir, Algo Natural, El Colombiano Errante, Ninguna, Enredadera, Pequeños Romances, Alma en Libertad, son apenas algunas de las canciones autobiográficas que han marcado la pauta de este cantautor colombiano que, a pesar de mantener una agenda profesional cargada de compromisos, siempre tiene tiempo de colaborar con fundaciones y entidades benéficas como Unicef, Wild Aid, Fundación Colombianitos y el Latino Commission on Aids, entre otros.
Buen lector, buen cocinero, glotón, motociclista, viajero, descomplicado, enamorado, buen bailarín, partidario de la absoluta y total legalización de las drogas, (para hablar de un tema en boga), auténtico, acelerado.
Dice que no ama la música metal ni parte del reggaetón, pero que alguno como el de Tego Calderón y Calle 13 le gusta. Disfruta las emociones fuertes, y sus canciones tienen un armado lírico al cual le dedica un gran esfuerzo, pero niega que sean poemas. La canción que más le gusta es Woman, de John Lennon, y como le encanta estar casado, hoy está unido en segundas nupcias con una libanesa-venezolana que no sólo le sorbió el seso, sino que le dio a Joaquín, su bebé de 1 año, que, - según dice con un sospechoso brillo en los ojos- le devolvió la alegría de vivir.
¿Usted es, al fin, costeño, o cachaco?
Yo nací en Montería, por accidente, pero no soy caribe de verdad porque para serlo hay que tener esa cultura marcada por la educación y los ancestros. Yo soy mitad bogotano, mitad santandereano. Pero siempre me he sentido muy orgulloso de haber nacido en Montería.
¿Entonces qué se siente usted?
Yo me siento ‘El Colombiano Errante’. (Risa). Uno de sus grandes éxitos. Sí, sonaba en todas partes, de una manera subterránea, no es un hit de radio.
Pero interpreta a cabalidad el sentimiento de cuatro millones de colombianos que viven por fuera del país. Sí, la segunda ciudad más grande de Colombia somos los que vivimos por fuera. Encontré un país de cacicazgos donde, como los mismos colombianos lo reconocen, todavía funcionan las roscas. Entonces, uno debe escoger si se queda allí trabajando durísimo, o se enfoca en divulgar su arte donde es apreciado y se olvida un poco del nacionalismo.
¿Se siente un poco frustrado por tener más suceso afuera que dentro del país?
No lo pondría así. Tal vez por errores míos y por no estar en el lugar adecuado, con las personas correctas, no he logrado disfrutar el público colombiano de la manera que veo que otros artistas lo hacen. Al mismo tiempo creo que Colombia se pierde también del trabajo y del arte de muchos que viven por fuera y que tienen muy buen nivel.
Yo tengo una casa en Bogotá y la gente allá es muy simpática conmigo, pero yo hago conciertos en toda América Latina y no en Colombia. Cuando comparto escenario con Fonseca, lo hago en Bolivia. He tocado con Fanny Lu y con Carlos Vives en Costa Rica. De pronto usted tiene razón, no tengo un equipo de trabajo local y eso lo voy a cambiar. Voy a tratar de armar una banda colombiana porque en nuestro país hay músicos inteligentes y talentosísimos.
¿Cuál ha sido su experiencia de vida en Colombia?
Yo no vivo en Colombia desde los 10 años. Sin embargo, hice mi servicio militar y todos los días leo las noticias por Internet. Yo diría que Colombia es una novela de acción, de pasión, de comedia, de drama. Si estuviera en una tienda de videos, estaría en todos los géneros.
¿Y qué opina usted de la guerrilla?
Para empezar, yo escogí el lado contrario. Pero respeto a la gente que se mete a la guerrilla cuando lo hace por una razón ideológica, no para hacerse rica. Por eso mismo defiendo los procesos de paz; porque constituyen una solución política para gente que en un momento determinado tuvo una convicción que no fructificó y quiere regresar. Ahora, si me ponen en la mitad de un puente y en un lado está la guerrilla y del otro el Ejército, yo corro sin dudarlo hacia el Ejército, porque yo estoy de ese lado.
¿Usted era uno de esos cachacos de clase media alta que odiaban sus raíces y querían ser ingleses?
Pienso que sí, pero eso sucede en todos los países de América Latina, donde todo lo autóctono nos parece una cosa de “negros y de indios” y donde hay un estúpido e injusto desprecio por etnias que están fuertemente imbricadas en nuestro ADN. Pues me fui a Londres donde me estrellé con la realidad de que yo era uno de esos ‘indios’, o ‘negros’. Que yo no era nada especial. Tenía un amigo que me había acogido en un súper apartamento en Knigthsbridge, uno de los mejores barrios de Londres, pero un buen día encontré que yo no tenía con qué comer y que no podía ser tan descarado de pedirle a Diego Pérez -mi amigo ecuatoriano- que, además, me alimentara.
¿Cuál fue la primera canción que compuso?
Tabaco y Chanel. Fue mi primera canción que sonó en la radio y mi primer éxito.
¿Por qué cree que le pegó al ‘gong’?
Porque un niño de 21 años, enamorado, ve las cosas desde un ángulo muy especial y también porque yo como artista soy una mezcla de muchas influencias que me conectan con el pueblo norteamericano y el pueblo colombiano. Es decir, soy de una generación que creció oyendo rock inglés, salsa y merengue. A Jordano, a Juan Luis Guerra -que ya estaba empezando a sonar- y ya tenía unos pilares sobre los cuales empezar a crear música popular, pero con un lenguaje más propio. Tenía que hacer cosas más parecidas al color de mi piel.
¿Y por qué escogió después Miami para establecerse?
Porque sentí que Miami estaba a punto de explotar desde el punto de vista artístico, latino. Llegué y eso terminó pasando. Miami se convirtió en el más importante cruce de caminos de la música latinoamericana. Aquí han vivido Shakira, Alejandro Sanz, Estéfano, Kike Santander, Zambrano y muchos más. Aquí terminaron viviendo grandes exponentes de la música cubana y muchos artistas brasileños. Esta ciudad tiene una gran apertura porque, al no ser de nadie es de todos, y le ha permitido a grandes músicos negros del hip-hop americano venirse para acá sin tener que explicar nada, y sin la pugnacidad del racismo de otras ciudades. Aquí formé Bacilos, mi banda de músicos latinoamericanos: un brasileño, un puertorriqueño y yo. Estuvimos juntos doce años después de los cuales ya estábamos cansados, por eso se deshizo el grupo.
¿Había saturación, o se envejeció el espíritu?
Y era un matrimonio largo, sin sexo…;(Risa).
íBueeno! Matrimonios largos con muuucho sexo también se destruyen! (Risa). Usted quería seguir solo como cantautor y quería explotar esa vena suya. ¿No fue un riesgo? Un riesgo tremendo. Me di un golpe muy fuerte porque me lancé muy rápidamente a hacer un disco alternativo y no contacté a las personas adecuadas que siempre serán los grandes ni contraté a quienes tienen las relaciones públicas. Yo trabajé con Richard Blair y Chucho Merchán, un músico importantísimo que vive fuera de Colombia y por lo tanto no está metido en la rosca de la música colombiana. En ese momento me ayudaron Goyo, la cantante de Chocquibtown, Érika y Hannio de Sidestepper que estaban en la banda de Richard. Hicimos un disco, extrañamente colombiano, pero sonoramente muy extranjero cuando la gente quería y esperaba que yo hiciera un disco completamente de Tropi- Pop.
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