Juan David Pérez todavía recuerda los sonidos de su infancia en Cartagena. No eran silencios. Eran tambores, risas, música y vida. Creció entre el barrio, la familia y el legado artístico de su padre, el músico Nando Pérez y su abuelo (por quien lleva su nombre), en un hogar donde el ritmo no era un pasatiempo, sino una forma de existir.

“Yo crecí en una familia musical. La música estaba en la casa desde que nací, así que no sabía nada más de eso”, cuenta con serenidad, como quien sabe que su destino empezó a escribirse desde el primer golpe de tambor.
Su historia, sin embargo, no es solo de talento, sino de transformación. A los 11 años dejó Colombia y se mudó a Los Ángeles, una ciudad tan inmensa como sus sueños. El cambio implicó despedidas, nostalgia y adaptación a una nueva cultura, pero nunca miedo.


“El cambio es necesario para crecer. Extrañaba a mi familia, pero sabía que estaba donde tenía que estar”, recuerda.
Juan David: el bailarín cartagenero que llegó al Super Bowl
Antes de entregarse por completo a la música, Juan David soñó con el deporte. Jugó fútbol, béisbol y fútbol americano. Su futuro parecía abierto a múltiples caminos, pero el arte lo esperaba con paciencia. La decisión definitiva llegó con disciplina. Mientras otros descansaban, él se quedaba practicando.
“Yo salía de clases a las cinco y media de la tarde y me quedaba practicando hasta las dos de la mañana. Todos los días. Estaba obsesionado con aprender”, confiesa.
Esa obsesión lo llevó a escenarios que alguna vez solo existieron en su imaginación. Uno de los momentos más especiales fue cuando participó como percusionista en la banda sonora de Encanto, una película que rinde homenaje a Colombia.
“Ver mi nombre en los créditos fue algo muy bendecido. Es una película sobre mi tierra, sobre lo que somos”, dice con orgullo.


Aquella experiencia abrió nuevas puertas. Llegaron producciones para cine, conciertos internacionales y colaboraciones con grandes artistas. Juan David tocó junto a Carlos Vives, participó en presentaciones con Café Tacuba en el emblemático Hollywood Bowl bajo la dirección de Gustavo Dudamel, y formó parte de eventos frente a líderes mundiales.
Pero nada lo preparó para uno de los momentos más impactantes de su carrera: presentarse en el Super Bowl junto a Bad Bunny.
“La verdad que fue una de las mejores experiencias de mi vida. Ver la magnitud de ese show, saber que lo veía todo el mundo… fue algo que jamás voy a olvidar”, relata.
Llegar hasta allí no fue casualidad. Fue el resultado de años de preparación silenciosa. Sin embargo, más allá de los escenarios, su mayor orgullo sigue siendo su origen.
“Estoy muy orgulloso de poder llevar el nombre de Cartagena, de María la Baja y de Colombia a estos lugares. Todo lo que soy viene de ahí”, afirma.
Su fe también ha sido un pilar. Durante más de una década ha tocado en su iglesia en Estados Unidos, convencido de que su talento tiene un propósito más grande que el reconocimiento.
“Todo se lo doy a Dios. Sin Él y sin el apoyo de mis padres, nada de esto hubiera sido posible”, asegura.
Hoy, mientras su carrera continúa creciendo, su mirada está puesta en algo más profundo que la fama. Su verdadero sueño es inspirar a otros. Quiere que los jóvenes que crecen en barrios como el suyo entiendan que sus sueños también son posibles.
“Hay mucho talento en Colombia. A veces lo difícil es encontrar la puerta, pero sí se puede”, dice.
Por eso, su mensaje es claro, directo y nacido de la experiencia.



“Les diría que toquen todas las puertas. Uno nunca sabe qué hay detrás. Digan sí a todo. Prepárense, estudien, confíen en Dios y sigan adelante, porque lo mejor viene”.
Juan David no olvida de dónde viene. En cada escenario, en cada nota, en cada oportunidad, carga consigo la memoria de su infancia, el orgullo de su tierra y la convicción de que los sueños, incluso los que nacen en las calles más humildes de Cartagena, pueden llegar a los escenarios más grandes del planeta.
Porque su historia no es solo la de un artista que triunfó lejos de casa.
Es la de un cartagenero que nunca se fue realmente.

