¿Qué ocurre cuando la moda deja de entenderse únicamente como vestimenta y comienza a leerse como un sistema de significados? Más allá de su función práctica o estética, la moda se ha consolidado como un espacio donde convergen el arte, la historia y el pensamiento, permitiendo explorar dimensiones más profundas del ser humano. En este campo, conceptos como el deseo, la fantasía y el inconsciente encuentran una vía de manifestación visible, transformando las prendas en dispositivos simbólicos.
A partir de esta perspectiva, resulta posible analizar la moda no solo como industria, sino como un lenguaje que, al igual que otras formas culturales, refleja las tensiones, inquietudes y construcciones subjetivas de su tiempo, tal como se evidencia, por ejemplo, en las propuestas surrealistas de Elsa Schiaparelli.
Nacida en Roma, Italia, Elsa Schiaparelli (1890-1973) trabajó con la sastrería tradicional, añadiendo detalles transgresores e imágenes surrealistas para crear declaraciones de moda. Estos elementos invitaban al espectador a mirar y mirar de nuevo debido a sus peculiaridades, a menudo bizarras y humorísticas.
Un gran ejemplo de la colaboración surrealista es el sombrero-zapato de 1937, realizado junto al artista español Salvador Dalí. El sombrero de terciopelo, en forma de zapato y perteneciente a la colección Otoño/Invierno 1937-1938, fue diseñado para posarse sobre la cabeza como un zapato al revés. Se inspiró en una imagen en la que Gala (esposa de Dalí) retrata al artista con un zapato colocado sobre su hombro y cabeza.
El núcleo del trabajo de Schiaparelli y Salvador Dalí era crear algo nuevo; estas piezas surgieron en una época en la que parecía que el mundo estaba llegando a su fin, y el surrealismo actuaba como una forma de escapismo, un vehículo hacia lo fantástico.
“Ser surrealista era deleitarse en la contradicción, y el trabajo de Dalí y Schiap reflejaba y rechazaba los terrores de su mundo” (Yotka, 2017:5).
El “Vestido rasgado” es una expresión clara de los horrores corporales de la guerra. Este diseño, perteneciente a la colección de verano de 1938, presenta una silueta al bies con un estampado trompe-l’oeil de rasgaduras, inspirado en la pintura de Dalí Tres jóvenes surrealistas sosteniendo en sus brazos la piel de una orquesta (1934-1936).
La obra muestra a tres mujeres en un paisaje desértico, con flores cubriendo sus rostros a modo de cabezas. Dos de ellas sostienen instrumentos que, al estilo característico de Dalí, parecen derretirse y escapar de sus manos. La figura central viste una prenda blanca que inspira directamente el “Vestido rasgado”. En la pintura, la vestimenta parece formar parte de la piel: presenta un color más claro y aberturas alrededor del cuerpo que generan la impresión de estar desgarradas.
Este vestido puede resultar desconcertante en múltiples niveles: los agujeros evocan la vulnerabilidad del cuerpo humano, mientras que la tela “rasgada” sugiere una forma de violencia inscrita en el diseño.
Uno de los trabajos más icónicos de la colaboración entre Schiaparelli y Dalí es el “Vestido de langosta”: un largo vestido blanco de seda, sin mangas y de cuello redondo, acompañado de un cinturón carmesí, pequeñas ramitas en la parte inferior y un gran estampado de una langosta roja, pintada por Dalí y trasladada a la prenda por la diseñadora.
Desde 1934, Dalí comenzó a incorporar langostas en su obra, como en Teléfono langosta (1936). Para el artista, la langosta representaba los órganos sexuales femeninos y un instrumento de castración. En el vestido, la criatura se sitúa sobre los genitales femeninos y se extiende hacia el dobladillo. Esta pieza puede interpretarse como una yuxtaposición entre elegancia y sexualidad, feminidad y masculinidad, suavidad y dureza. El arte explora su capacidad de expresión sexual, mientras que la industria de la moda la transforma en un objeto de lujo.
El objeto surrealista (como la langosta mencionada anteriormente) es, en última instancia, un objeto ordinario sobre el cual se proyecta un deseo, lo que lo hace propenso a ser observado una y otra vez sin poder dejar de mirarlo. Su definición no depende de su forma ni de su función, sino del significado que la psicología humana le otorga. De este concepto emergen el deseo y el fetichismo; en la moda, emerge la fantasía, dando lugar a la alta costura.
El lenguaje secreto de lo que vestimos
La fantasía no consiste solo en los objetos, sino en toda la puesta en escena del desfile -la organización, la composición, la escena y el escenario-, y permanece ligada al psicoanálisis, dialogando con la sexualidad, el inconsciente y la subjetividad. Es dentro de esta lógica donde el deseo encuentra su forma de manifestarse: no como algo plenamente alcanzable, sino como una construcción simbólica sostenida en la falta.
Por ello, la satisfacción del deseo es imposible; alcanzarla no es más que una satisfacción alucinatoria. Esto es precisamente lo que hace la moda en sus colecciones y desfiles: presenta el deseo como algo cercano a cumplirse. Está frente a los ojos del espectador, pero resulta más fácil soñarlo que obtenerlo; de ahí que las presentaciones del diseñador John Galliano, por ejemplo, se consideren una fantasía.

Debido a esta imposibilidad, trayendo un poco el psicoanálisis, Sigmund Freud señala la diferencia en la experiencia del deseo entre neurosis y psicosis. La neurosis es producto de impulsos sexuales y se expresa a través de síntomas que reflejan cómo el sujeto se defiende del goce: histeria, fobia y obsesión. El neurótico se configura para disfrutar parcialmente, limitando el goce.
Por otro lado, la psicosis surge de un conflicto entre el yo y el mundo exterior. El psicótico siente que está poseído por el lenguaje y atribuye sus pensamientos a un agente externo. Construye su delirio y sus alucinaciones a partir de la certeza de que todo está dirigido hacia él.
En parte, la moda dirige todo lo anteriormente mencionado hacia su público. Por eso, en los desfiles -especialmente en la alta costura- las prendas resultan tan deseadas: los diseñadores lo presentan todo en bandeja de plata, y la audiencia percibe que aquello está destinado a satisfacer sus deseos.
La moda, más allá de su dimensión estética o funcional, se configura como un lenguaje simbólico a través del cual se articula el deseo, la fantasía y las tensiones del inconsciente. No se trata únicamente de vestir el cuerpo, sino de ver también los significados que dialogan con el contexto histórico, las estructuras psíquicas y las formas en que el sujeto se relaciona con el comportamiento humano.
Así, cada colección, cada prenda y cada puesta en escena reafirman que la moda no satisface el deseo, sino que lo sostiene, lo desplaza y lo vuelve visible, consolidándose como una de las formas más complejas de representación cultural contemporánea.

