—¿Cómo se siente ser el único hombre del mundo que disfruta trabajar con su mujer? —se escucha por toda la sala. Es la voz de un hombre.
—La pregunta es de una falta de gusto tremenda —replicó el actor español Javier Bardem durante una rueda de prensa en el Festival de Cannes de 2018. El actor presentaba, junto a su esposa, la también reconocida actriz Penélope Cruz, la película Todos lo saben. La pareja ha filmado nueve cintas cinematográficas y está casada desde 2010.
Bardem no parpadeó, no titubeó, enfatizó y selló aquel encuentro con seriedad y solemnidad. Su réplica fue aplaudida no solo por la sala, sino por el mundo entero ante la viralidad de aquel clic. Penélope no fue vista como la protagonista de una importante cinta, sino como un accesorio del actor.
Y es que todos los días estamos condenados a una nueva tendencia, noticia o cosmovisión que busca desvalorizar a la humanidad, en especial a la mujer. Cada día, ser mujer duele más, y no es por el proceso natural del útero; es la sociedad buscando una soberanía absolutista y deplorable. Y no, esto no es un manifiesto feminista.
Ser mujer duele y hablo de lo emocional y psicológico. Parece que los avances en derechos humanos son solo una cosa de papel. No podemos caminar sin mirar a todos lados, en estado de paranoia. No podemos cumplir sueños sin tener que disculparnos. No podemos hablar sin que se nos cuestione. Todavía se nos llama “niña” para minimizar nuestras posturas.
Ser mujer duele porque los años sí cobran factura. Es insólito que, en pleno siglo XXI, genere asombro que un hombre disfrute trabajar con su esposa y que esta sea la figura central. Se llama heredero solo al hijo como garante de un legado; todavía son minoría las mujeres como directoras o gerentes de multinacionales, y si encontramos a una en un nivel de poder o influencia en un ámbito social, político o empresarial, es cosa de suerte o de insinuación.
Y es que, como expone Fidel Ramírez, experto en Interculturalidad y estudios de género y director de posgrados en Educación de la Universidad El Bosque, “los avances en reconocimiento y garantía de derechos de distintos grupos sociales son el resultado de luchas históricas por la igualdad ante la ley, y aquello que no puede ser disfrutado por todas las personas no es propiamente un derecho, sino un privilegio. Por lo tanto, debemos nombrar a estas personas y reconocer sus experiencias no solo como una expresión de corrección política, sino una condición necesaria para comprender cómo opera la desigualdad, la exclusión y la violencia”.
Por lo tanto, ante movimientos socioculturales como las tradwives (esposas tradicionales) en redes sociales y en el ámbito político, debemos ser capaces de cuestionar para comprender y empatizar con las diferentes realidades de las mujeres alrededor del mundo. Visualmente, la estética es impecable desde la nostalgia de los años 50 y 60, bajo una hiperfeminidad impoluta. En sus primeros debates, enmarca el valor de las mujeres ante una decisión propia y consciente de dejar sus carreras profesionales por el hogar, pero cuando empezamos a consumir a fondo el mensaje, carga de culpabilidad a quienes eligen libre y conscientemente ser madres y tener carreras profesionales exitosas o a quienes no pueden renunciar al ingreso económico que sustenta a su familia.
Venden la idea de que este estilo de vida es un refugio contra la ansiedad, el estrés corporativo y la hiperproductividad. No se reconoce el hogar como una labor que necesita descanso y desconexión, e implica riesgos en el poder y la autonomía de decisiones. Tal fue la amplificación de este mensaje que líderes del movimiento se atrevieron a proponer el “voto por familia”, donde las mujeres “debían” renunciar a su derecho de elección gubernamental y concentrarlo en una única expresión, escogida y dirigida por el hombre.
El “apartheid de género” que enfrentan las mujeres
Ante estos movimientos, la preocupación es inminente y el resultado más atroz se vive en Afganistán, que vemos tan lejos que nos respira en la nuca. El retroceso fue drástico, rápido y sistemático contra los derechos de las mujeres y ha sido catalogado por la ONU, Amnistía Internacional y juristas como un sistema de “apartheid de género”. No es un rescate de las costumbres tradicionales, sino una política de Estado que busca borrar de la vida pública a mujeres y niñas, objetivándolas en un plano político, institucional, corporativo y sexual.
Se abolieron normas e instituciones del sistema jurídico que protegían a las víctimas de violencia de género, se sacó a las mujeres de las aulas y se retiraron los libros escritos por mujeres de las universidades. Se restringió el derecho de las mujeres a viajar o transitar largas distancias sin un guardián masculino. Se vetó el trabajo, se cerraron los salones de belleza y se reprimió la participación en parques y gimnasios. Fueron silenciadas legalmente. La ONU señala que, en 2026, nuevas disposiciones han profundizado la desigualdad jurídica entre hombres y mujeres.
“Estamos ante una ofensiva deliberada de sectores que buscan restaurar un orden presentado como natural. Se cuestionan relaciones de poder que durante mucho tiempo han permitido controlar los cuerpos, definir los roles sociales y obtener beneficios económicos mediante la distribución desigual del trabajo. Persisten las brechas salariales, las mujeres encuentran mayores obstáculos para desarrollar sus proyectos y sobre ellas continúa recayendo buena parte del cuidado de la niñez, de las personas mayores y de quienes requieren apoyo. También resulta cruel afirmar que garantizar condiciones laborales justas puede llevar a las mujeres a renunciar a la maternidad”, agrega Ramírez.

Es la negación civil e intelectual, una crisis de salud humanitaria. Hay una pérdida de derechos fundamentales. Hay una muerte y un duelo. Son sociedades que aplauden la opresión, que ejercen el dominio conductual. Se aplauden movimientos segregarios, se calla ante la injusticia. Es una sociedad que abusa y asesina con sus palabras, sus actos, incluso con su silencio.
Ante acontecimientos tan temibles en el mundo, me permito hacer memoria de mujeres como Fidelia Oviedo Pastrana, quien falleció el pasado 25 de agosto, a sus 100 años. Comenzó su vida laboral como cajera de la Caja Agraria (Banco Agrario de Colombia) y fue ascendiendo gradualmente hasta llegar al cargo de directora de agencia, el 28 de octubre de 1977, donde permaneció hasta el año de su retiro pensional. Fue la primera mujer en ostentar dicho cargo en el departamento de Córdoba. Ella representa a las mujeres que deciden vivir una vida laboral activa y cuidar de su hogar. Aquellas para quienes el trabajo no es una opción, sino sustento familiar.
Aplaudimos de pie a quienes libremente deciden dedicar su vida al hogar, cuidar a sus hijos y velar por su bienestar, porque su trabajo dignifica la vida en sociedad. Y asumimos el compromiso de acompañar y apoyar, desde muy cerca, a aquellas mujeres violentadas, a las que callaron, a las que, por miedo, callan, y a las que hablan su verdad con un valor irreconocible, pero osado.
Aunque duela, seguiremos de pie, hasta que los privilegios de unas sean los derechos de todas.

