El activismo masivo en redes sociales que impulsó la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva como nuevo presidente de Brasil; el hito de la Lista Estudiantil frente al bloque político del expresidente Aleksandar Vučić en las elecciones parlamentarias anticipadas en Serbia, y la gran ola de manifestaciones en Francia contra el actual gobierno, también dirigidas por movimientos estudiantiles y juveniles, son el reflejo tangible de aquella frase que Jaime Garzón un día proclamó: «Si ustedes los jóvenes no asumen la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvarlo. ¡Nadie!». Culpar a la juventud siempre ha sido un camino fácil para muchos, sin detenerse a pensar que cada “juventud” es el resultado de sus antecesores y, que sin importar el tiempo, son una generación llamada a la valentía para enfrentar, señalada en su accionar y culpada por sus desenlaces. Nunca mirada con benevolencia.
«Esos pandilleros no nacieron perversos. Benito, alguna vez fueron mocosos inocentes, pero crecieron en la miseria, sin ley, sin héroes que emular», sintetiza Isabel Allende en su libro Más allá del invierno.
Sí, Benito, hay que tener piedad. Tú, más que nadie, deberías entenderlo. Has dedicado tu vida, trabajo, palabras y liturgias a mermar la violencia y traer la paz. Sí, Benito, sé que estás cansado de romper la ley con tal de salvar a jóvenes de la escasez, la crueldad y de la desesperación ante la necesidad.
Es más fácil dialogar con la ficción de Allende que enfrentar a una sociedad embelesada por sus propios deseos y vanidades. Y siento la misma responsabilidad que Benito con los hijos del abandono físico y emocional. Hijos que viven el rechazo de sueños o anhelos no cumplidos. Hijos del libre albedrío, de “comerse al mundo” sin importar quién venga detrás. Resultado de la inequidad, intolerancia y soberbia. Se les exige tanto que, desde muy temprano, se les somete agresivamente a cuestionamientos complejos que ni siquiera muchos adultos han logrado resolver. Vivimos entre dos posturas. Quienes desean vivir del morbo a través de una pantalla, convirtiendo sus cuerpos y vidas en elementos cosificables, la agresión como entretenimiento y la sexualidad en un activo financiero. Jugando con su intimidad y exigiendo privacidad sin saber manejar masas y conductas. Lea: Líder supremo de Irán amenaza con responder sin límites a nuevos ataques
Y están los rebeldes, quienes alzan su voz contra sistemas ya consolidados, emulando movimientos juveniles que fueron motor de transformaciones radicales, como los protagonizados de los años 60 y 70, a través de las revoluciones culturales y antibélicas en Francia, Checoslovaquia y Estados Unidos; como los de finales del siglo XX, con la caída de regímenes autoritarios en Alemania Oriental y Rumania, así como la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. O aquellos de la década de 2010, exigiendo justicia social, dignidad económica y rechazo a la mercantilización de la educación, como los movimientos estudiantiles en América Latina (Chile, 2011 y 2019; Colombia, 2021).

A lo antes expuesto, Adolfo Castilla Sánchez, especialista en psicología clínica con enfoque cognitivo-conductual y magíster en psicopatología clínica y forense, explica que el desarrollo del ser humano inicia desde la gestación, entre procesos genéticos, biológicos, ambientales, personales y sociales. A partir de las experiencias se construyen esquemas y creencias que determinan cómo se piensa el mundo y se interactúa con las circunstancias o acontecimientos. Estas estructuras se instalan de manera funcional o disfuncional, adaptativa o desadaptativa.
La adolescencia es ese punto de inflexión donde se deja de imitar conductas y cosmovisiones y se afrontan cambios físicos y hormonales, así como la búsqueda de identidad en medio de un cerebro en proceso de maduración. Y es que “el hombre y la mujer joven son particularmente exuberantes, con un gran desborde de energía, vitalidad y expresividad en su forma de ser y de actuar, quizás con un gran impulso por hacer “lo que les llega a la cabeza”, a veces sin evaluar posibles consecuencias”. Castilla añade que idealizar influencias externas impacta los modelos de aprendizaje y la validación social, porque se condiciona, entrena y estimula una conducta superficial.
Sin causas sociales ni culturales, mucho menos políticas. Ya no saben leer ni dialogar, mucho menos debatir ideas, no existe el consenso. Se sumergen en una “miseria emocional”, una que deshumaniza a la persona y limita sus capacidades. “Se relaciona con un estado profundo de empobrecimiento afectivo o incapacidad emocional, donde la autoestima se encuentra disminuida y existe poca confianza sobre sí mismo; además de la poca empatía. Puede condicionar hacia una desesperanza aprendida y puede convertirse en el preámbulo hacia la inestabilidad psicológica y un factor de riesgo para los trastornos mentales, de personalidad y conducta”, comenta el experto.
Las puertas para seguir no existen, se deben crear y tomar acciones ante un incierto futuro. Cada vez más desesperanzador. Son los estudiantes quienes luchan no solo por espacios decentes y seguros, sino también por los derechos laborales de sus maestros, quienes viven atormentados por las obligaciones financieras adquiridas con la edad y el miedo a ser “echados”. “No llegamos a fin de mes” ya no solo atormenta a América Latina, sino también a países idealizados como Francia, donde, ante la osadía y vehemencia de su juventud, los mayores se suman a las luchas. Ante los pocos cambios, muchos están absortos en “un mundo fabricado y construido para hacer creer que todo está bien, donde todo es aparentemente perfecto y donde no existe la postura crítica cuestionadora de la realidad”, confronta Castilla. Lea: Donald Trump anticipa cambios y pone fecha límite al Gobierno de Cuba
La juventud, tan criticada y juzgada a lo largo de la historia, es motor de transformaciones radicales en las sociedades. Bueno, aunque, en la actualidad, coexisten las juventudes, todavía dormidas, que no saben ubicar a Chile en el mapa, mientras que otras buscan un idílico bienestar que no sabemos aún si es posible alcanzar.

