Junto a otros, papá organizaba la Feria del Libro en los bajos del Palacio de la Proclamación, frente a la Catedral. Me ponían a cuidar el puesto de libros. Para entonces el cine se me había convertido en un vicio y cuando se podía, me escapaba para algún teatro. Papá ofrecía cuatro líneas de libros: ingeniería, economía y administración, literatura y los de cultura general. Una clasificación que me fabriqué cuando, por las noches, me tocaba empacar los libros y guardarlos debajo del mesón de madera que papá diseñó a su gusto y mandó a hacer a los carpinteros del barrio.
La gente pasaba viendo libros y, por la vestimenta, sabía qué tipo de libro buscaban. Los clientes de las dos primeras líneas eran profesionales de las empresas e industrias de Mamonal, y estudiantes y profesores universitarios. Muchos de ellos iban en jeans y con su casco industrial debajo del brazo. Eran muy raras las ingenieras para entonces. Había mucho estudiante, en especial, los de las recién inauguradas universidades privadas: la Tadeo y la Tecnológica. En cambio, los clientes de la literatura y la cultura general eran gentes que vestían sin complicaciones. Sandalias, cabellos largos, moda hippie. También había mucho abogado poeta, novelista o cineasta en guayabera.
En los libros de cultura general estaban los de cine, y siempre aparecía un joven universitario que dedicaba atención cuidosa a aquellos títulos. Recuerdo que de manera espontánea comenzamos a hablar y aquel joven en guayabera mencionaba películas y directores que había escuchado de Alberto Sierra Velázquez, mi profesor de apreciación cinematográfica en el Colegio Fernández Baena.
Tenía 14 años cuando conocí a Émery, recién graduado de Derecho. Cuando aparecía por el mesón de libros, se escurrían los minutos para hablar de tantas películas, historias, personajes, artistas, corrientes y posturas estéticas, de tantos países y lugares: era aproximarnos al mundo, hablar de la vida y soñar con hacer una película algún día.
Al pie del Claustro de San Agustín hablé de cine con Émery, un par de noches antes de su muerte, y 30 años después de conocernos. “Este año o el otro -me alcanzó a comentar Émery- me toca subir al escalafón catorce. No voy a estudiar ningún posgrado. Voy a escribir un libro sobre el cine en Cartagena”.
Y, ante la sola idea, hubo un momento de inmensa felicidad que se prolongó en una conversación de casi dos horas, como siempre ocurría con él. Su insospechada partida, en agosto de 2012, fue una película de final abierto.
Igual que su comienzo: sin previo aviso apareció Émery Barrios Badel en el mesón de papá, hojeando un libro con los guiones de Pier Paolo Passolini: ‘El evangelio según San Mateo’, ‘El Decamerón’ y ‘Saló o los 120 días de Sodoma’.
