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Columna

Visión de futuro

“El bien, la justicia y el amor generan a veces resistencia en un mundo herido por el pecado...”.

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Se insiste mucho en “tener visión” para orientar el presente y decidir los pasos que nos conduzcan al futuro. Esa mirada es valiosa para las metas personales y también para los equipos, las empresas, las ciudades y las naciones: sin horizonte, se improvisa; con horizonte, se elige, se planea y se actúa mejor.

Hoy el Evangelio nos regala una visión de futuro sobrenatural. Camino a Jerusalén, donde Jesús sería crucificado, Él manifiesta su gloria en la transfiguración: después de su entrega libre por amor, vendrá la resurrección y la vida plena. Su rostro y sus vestiduras resplandecen; aparecen Moisés y Elías; y el Padre lo confirma: “Este es mi hijo amado… escúchenlo”. Jesús fortalece así a sus discípulos con esperanza frente al duro camino de la cruz.

Para el ser humano y sus proyectos, este horizonte es la brújula. El bien, la justicia y el amor generan a veces resistencia en un mundo herido por el pecado, donde algunos pretenden coartar la libertad y manejarlo todo a su antojo. Sin embargo, no podemos perder el ánimo. Con visión de eternidad, trabajamos por el mundo de justicia, paz y amor que Cristo vino a inaugurar, aun cuando cueste, porque nuestra esperanza no se agota en lo inmediato.

Jesús nos abre las puertas del cielo para participar con Él de la gloria; esa promesa nos anima a experimentar realidades superiores a las que el mundo ofrece con sus falsas promesas de fama, poder o bienes mal habidos. En Cuaresma, recorramos con Cristo el calvario y la Pascua, para comprender mejor el sentido pleno de nuestra vida. No nos conformemos con visiones meramente terrenales: son buenas si nos acercan a la meta mayor, amar más a Dios y a los demás, y aprender a ser mejores.

El papa León nos invita a poner a Dios en el centro “para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”. Con la oración, escuchar la palabra y escuchar más a los demás, atentos a sus necesidades e injusticias; con el ayuno, ordenar deseos y también ayunar de palabras que hieren; con la caridad, vivir unidos este tiempo, construyendo la civilización del amor.

Las lecturas de hoy* muestran: la fe de Abraham en las promesas de Dios; el salmo que nos llama a confiar en su misericordia; san Pablo, revelando que Cristo venció el poder de la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por el Evangelio y culminando en la experiencia luminosa de la transfiguración.

Alineemos nuestras metas personales con visión de eternidad y hagamos cosas concretas: tiempo de oración con el Evangelio, renuncias que ordenen nuestro corazón y gestos de caridad silenciosa. Vivamos estos tesoros con Jesús y la Iglesia para que seamos artesanos de un mundo mejor.

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