A dos años de conmemorar ocho décadas de su asesinato, ¿cómo no recordar a Jorge Eliécer Gaitán? Aquel 9 de abril de 1948, cuyo autor material fue Juan Roa Sierra, dejó sin respuesta una pregunta que todavía duele: ¿quiénes estaban detrás de ese cruento magnicidio? El crimen desató el Bogotazo y abrió paso a una guerra civil que duró diez años —entre 1948 y 1958—, llamada simplemente La Violencia, en la que miles de campesinos murieron por ser de partido rojo o azul.
Hoy podríamos denominar aquel gaitanismo como una forma de socialismo liberal, o sencillamente un progresismo. Es concluyente: el hambre no tiene color político, no es liberal ni conservadora. Su figura de buen abogado sigue latiendo en la conciencia nacional, determinada en la ética de cumplir una función social para las clases menos favorecidas. Recordarlo no es un acto de nostalgia: es una obligación ético-cívica para que su legado no se diluya en los resquicios de la memoria.
Gaitán se lanzaba como candidato presidencial en un país que se debatía entre el Partido Conservador y un liberalismo tradicional, ambos aún subsistentes. Era un hombre de ideas modernas. Su diagnóstico era brutalmente sencillo: dar lo mejor de sí para ese pueblo raso que sufría. Con esa claridad desmontó la retórica vacía y puso en el centro la dignidad humana, adelantándose en muchos años a la Constitución que ahora nos rige.
Jurista riguroso, dejó una sentencia que conviene tener siempre presente: “El que sentencie una causa sin oír la parte opuesta, aunque sentencie lo justo, es injusta la sentencia”.
Su pensamiento no ha envejecido. Hoy, cuando la ciudadanía desconfía de posibles fraudes electorales —sin pruebas concluyentes, pero con una sospecha que corroe los cimientos de la democracia— su voz resuena con urgencia renovada: “Hasta las cuatro de la tarde vota el pueblo. Después, la Registraduría.”
Hace ya algunos años, una candidata expresó públicamente que en el Cauca se debía separar a mestizos e indígenas en trincheras distintas. Es ahí donde vale la pena volver a Gaitán: para él, la dignidad no tenía etnia. Los pueblos originarios merecen respeto pleno, no como bandera de campaña, sino como principio irrenunciable de justicia. Él mismo lo decía sin rodeos: “Nos sentimos orgullosos de nuestra raza indígena y odiamos a la oligarquía que nos ignora”.
Casi ochenta años después, el caudillo del pueblo sigue interpelándonos, sigue inquietándonos. Quizás porque su pensamiento tiene todavía mucho eco. Quizás porque sus respuestas aún se esperan. Solo resta decir que existe hoy un poder primario del pueblo ya soberano —situación que no existía cuando Gaitán sentenciaba: “Cercano está el momento en que el pueblo manda, si el pueblo ordena, si el pueblo es el pueblo”. Se les ha dado a los ciudadanos la oportunidad de pronunciarse, no a sangre y fuego como respondió el Estado a las manifestaciones de Cali. Hoy tenemos un pueblo diferente. Por eso debemos poner todo nuestro esfuerzo en examinar los programas de los candidatos, en escuchar cómo se pronuncian sobre los temas vitales, cómo se dirigen a los más vulnerables. Lo contrario es traicionar la democracia. No podemos errar en el voto.
