comscore
Columna

Jesucristo ayer y siempre

Compartir

Pensamos a veces que la Iglesia debe modernizar algunos de sus criterios ajustándose a los de mucha gente, aprobando algunas cosas como naturales y buenas, aunque durante siglos se han considerado indebidas, precisamente apoyados en las enseñanzas de “Jesucristo, el mismo, ayer, hoy y siempre”.La Iglesia ilumina las conciencias, custodiando y haciendo presentes a Jesucristo y a sus enseñanzas en los desafíos del mundo en distintos tiempos y lugares. ¿Qué diría Jesús si estuviera en mi lugar?, nos preguntamos cada creyente y la Iglesia, debido a que “sólo Él tiene palabras de vida eterna.”
En el mundo moderno por ejemplo atentamos contra la familia, su unidad, indisolubilidad y papel ante la educación de los hijos. Queremos ver como buenas, situaciones que Jesús dijo que nos conducían al mal y que van contra la santidad a la que estamos llamados.
El estilo de vida prevaleciente, con el placer y la comodidad como fines supremos, deterioró la búsqueda de valores más profundos que guíen nuestra existencia y cada día más familias pierden su brújula, sin comprender el por qué y para qué de su existencia.
Juan Pablo II nos decía: “Familia se lo que eres, comunidad de vida y amor”. Cuando confundimos los conceptos y creemos que amor y atracción son lo mismo, exponemos supuestas razones de amor para justificar un divorcio, cuando estamos frente a un rampante egoísmo o a comportamientos indignos de personas o familias.
Cada día hay más parejas que, queriendo “teóricamente” ser fieles a Jesucristo, solicitan la nulidad del sacramento para justificar relaciones posteriores, aunque hayan roto las familias originales. Esto es creer que Jesucristo es manipulable de acuerdo a nuestras situaciones personales y no comprender que somos nosotros quienes nos tenemos que amoldar a lo que Jesucristo nos pide.
La fidelidad a Dios la vivimos siendo fieles al más serio de los compromisos: la conformación de una familia, progresando cada día en nuestra capacidad de donarnos por amor a Dios, al cónyuge y a los hijos. No en vano San Juan Bautista y muchos santos entregaron su vida defendiendo al matrimonio legítimo y señalando al adulterio.
La nulidad matrimonial no podemos usarla como un divorcio disfrazado. Jesús fue explícito: “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”. La posibilidad de nulidad nació de situaciones verdaderamente extremas en las que por amenazas de armas, presiones de fuerza o de engaño, surgía un matrimonio, sin verdadera intención libre de fundar una familia.
A Jesucristo no lo engañamos. Él está en nuestras vidas, nada es oculto a sus ojos. Él nos sigue llamando al arrepentimiento, a la corrección, al cambio de vida, nos dice siempre: “Yo tampoco te condeno, vete y no peques más”…;”El Reino de los Cielos está cerca”.

judithdepaniza@yahoo.com

Siga las noticias de El Universal en Google Discover
Únete a nuestro canal de WhatsApp
Reciba noticias de EU en Google News