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Columna

Una pausa que refresca

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Aunque Santos y el Gobierno quieran que todo vaya de prisa y al ritmo de la reelección, hay que convenir que una negociación de la dimensión y alcances de la que se adelanta con las guerrillas de las FARC–EP, necesitan otros tiempos y dinámicas.
Aunque se pretenda imprimirle variantes de uso corriente en negociaciones distintas de las que involucran partes en conflicto, Estado y ejércitos irregulares sublevados por razones políticas, no es acertado que para la de La Habana deba aplicar el esquema y las dinámicas que pretende y trata de imponer de forma “acalorada” el Gobierno. 
Los tiempos, modos, usos y costumbres de la negociación política entre partes de la misma naturaleza, componenda, con la cual nos tienen a los colombianos dosificados los partidos y movimientos políticos, sus líderes y representantes, no es de recibo en La Habana.
Y aplica para las FARC–EP, y para el Gobierno, algunos de cuyos voceros son quienes más parecen urgidos de pausar para tomar un segundo aire para analizar sus posiciones, aportes y compromiso real con la Paz, o para reintegrarse a sus cuarteles en busca de curules y canonjías. O, el recamado traje de los embajadores.
Imponer la prisa, negar la pausa que refresca el diálogo, “acalorarse”, alterar los tiempos, venga de quien viniere, nos es  el mejor catalizador para un acuerdo.
Menos aún, cuando la que se convino adelantar con agenda discutida y acordada, es una negociación surgida de acuerdos de buena voluntad y no de la derrota militar, rendición incondicional y sometimiento en los campos de batalla de una de las partes.
Si es verdad que Santos juega su partida definitiva y sus restos por la paz de Colombia, tiene que entender que esa determinación debe prevalecer a la coyuntural de su reelección, sin perder de vista que la carta que contribuirá a este último logro dependerá del as que aún no osa sostener con firmeza y sin los temblores del jugador asustadizo.
No entender las pausas que provoca el enemigo, es caer en la trampa de la inseguridad y de las debilidades; es sucumbir en la emboscada por no avizorar el atajo.
Aunque de eso saben más las FARC–EP, también del enemigo hay que aprender.
Y ahí sí, en el menor tiempo y con toda la prisa y sin ninguna pausa, debe aprender el Gobierno.
“Que respiren” y arriesguen mas allá de lo inmediato y lo mediático, que simulen escenarios de poder distintos al de las armas, he ahí la consigna para quienes en La Habana juegan la partida por el fin de la matazón de medio siglo entre colombianos.
Porque, una segunda oportunidad para la paz de Colombia quizá no vuelva a ocurrir en muchos años.
*Poeta

@CristoGarciaTap
elversionista@yahoo.es
 

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