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Desde el principio de los tiempos, y día a día, tomamos decisiones. Imagino que escucharon “decisiones”, de Rubén Blades; si no, háganlo*: la decisión del eterno don Juan, o del sexo sin protección o del conductor embriagado, etc.

Según el diccionario, decisión es la resolución tomada en una cosa dudosa. Escoger ante un dilema, elegir entre dos o más opciones. Tomamos muchas decisiones, la mayoría de manera refleja, inconsciente. Quien decide debe saber el efecto individual o global de tal decisión. Antes de decidir deberíamos: tener la mayor certeza y conocimiento de las causas, el estado actual, los factores precipitantes y contribuyentes; tener alguna experiencia; poseer la sabia prudencia que permita una sana reflexión para evaluar opciones y consecuencias. La reflexión, un análisis mesurado, ojalá objetivo y cuantitativo, producto de un proceso elaborado de sumar y restar riesgos y beneficios para tomar una decisión.

Herramientas como la inteligencia emocional y el pensamiento sistémico pueden facilitar las decisiones y hacerlas más objetivas pero no son capaces de obviar que quien decide lo hace a través de lo más subjetivo que puede haber, un acto humano. En contra de lo esperado decidimos con base en instintos, presunciones, suposiciones, creencias y emociones, lo cual, con frecuencia degenera en graves consecuencias. Claro está, éticamente, una buena decisión puede traer malos resultados y lo contrario, una mala decisión puede generar beneficios.

Tomar decisiones puede generar angustia y ansiedad ante la incertidumbre de su impacto. Sartre decía que la angustia es la expresión de la conciencia de la inevitable libertad de escoger o elegir. Y esa angustia puede llevarnos a otra decisión, frecuente y no por ello acertada, no decidir, dejar en manos de otros, o del destino, la escogencia final. Por otro lado, la frustración es un sentimiento posterior que nos sirve para comprender el precio del fracaso antes de tomar nuevas decisiones.

Tengo tres amigos. Los tres, a fuerza de ser tercos, han decidido que no leerán el documento de casi 300 páginas, difundido en las últimas semanas. Los tres, por razones diferentes, afirman que no lo necesitan: el primero insiste que ya decidió, afirma que la paz es un bien supremo, que no tiene precio y por lo tanto, sea lo que sea que haya que conceder, el votará por el Sí; otro manifiesta que él de todas formas no votará; el tercero dice estar harto de tanta injusticia e impunidad, madres de todas las violencias, por eso él tiene claro que votará por el No y que no hay documento que le haga cambiar de parecer. A los tres les he dicho que esta es una decisión trascendental, y por ello hay que leer el mamotreto. Pero bueno, hasta ahora y como muchos, no lo han leído.

*https://www.youtube.com/watch?v=dH6cyy-8RSY 

crdc2001@gmail.com

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