Columna

Me lo contó Gertrudis

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ALBERTO ABELLO VIVES
21 ENE 2017 - 12:00 AM

Me lo contó ella, aquel atardecer cuando salí de la iglesia Santo Domingo, luego de los funerales de Sícalo Pinaud. Sí, ella, Gertrudis. La señora pasada de quilos que descansa desnuda y plácida en su cama de cemento en la plaza. Bueno, no siempre plácida, pues se harta que los turistas ejerzan contra ella todo tipo de maltrato, que la manoseen, que pellizquen sus pezones, y que eso no disguste a nadie. Como les sucede a las mujeres colombianas víctimas sobre las que cada día se ejerce violencia.

Dijo que no había tenido que cambiar de posición para fijarse en eso que los economistas dicen a punta de cálculos matemáticos. Por esa esquina -dijo- pasa el país. En esa esquina ella había aprendido a conocer toda Cartagena, sin siquiera leerse uno de esos informes de investigación sobre las desigualdades sociales de la ciudad. Frente a ella pasan todas las capas de esa milhojas social, pues este es un país de capas y estratos. Son tantas las diferencias que no puede, siquiera, cerrar los ojos ante ellas.

Está harta de los malos olores, de las aguas residuales, del ruido, del desorden, de las fotos. Pero lo que la dejó estupefacta fue la última boda que presenció. En ese momento, no podía creer aquello que sus ojos veían: la ´wedding planner´ -llamada así tan snob- abrió su cartera y, desde la alfombra roja que cubría la acera, repartió, con notable desprecio, manotadas de billetes para que los mirones se alejaran; para que los mendigos no ensuciaran con su mirada la blancura de la novia.

Para eso tenía dinero de sobra, como lo tuvo toda la boda.

Gertrudis me dijo que pensó enseguida en el sacerdote que oficiaría la ceremonia religiosa y si leería para darle coherencia al momento, el evangelio según San Mateo: “Porque al que tiene, se le dará más y abundará; y al que no tiene, aun aquello que tiene le será quitado”. Un economista, en cambio, habría recordado al padre de esta ciencia económica moderna, Adam Smith: “Dondequiera que hay gran propiedad, hay gran desigualdad. Por cada hombre rico debe haber por lo menos quinientos pobres”.

Ella estaba hastiada de la ostentación de la opulencia entre tanta pobreza a su alrededor; de ese placer perverso de enrostrar la riqueza heredado de esa sociedad de castas y reforzado de manera exponencial por el gusto traqueto que no ha cesado. Alcanzó a escuchar al padre de la novia: -qué maravilla, cuánto empleo hemos generado con esta boda -dijo. Después lo vio ingresar a la iglesia a través de un corredor de mulatas que, a cada lado de la alfombra, esta vez blanca, batían sus polleras también blancas para refrescar el acceso de los invitados mientras congelaban sus sonrisas. Gertrudis quiso darle la espalda a la iglesia, así fuera solo esa noche, pero no pudo. Así que prefirió contar a los transeúntes sus impresiones.

*Columnista semanal

PERIÓDICO DE AYER

albertoabellovives@gmail.com


 

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