Desde hace muchos años la ciudad experimenta un crecimiento inusitado de proyectos de vivienda que, entre otras cosas, le llevan una ventaja descomunal a la infraestructura de servicios públicos, vías y demás componentes indispensables para un desarrollo sostenible que, por sus grandes atractivos como ciudad turística, la han convertido en un verdadero caos desde donde se mire.
Y es que el desorden inmobiliario empieza desde el Centro Histórico y termina en los barrios de extramuros, pasando por todos los estratos sociales. Es así como vemos las bellas casas coloniales convertidas en tugurios y/o demolidas para darle paso a moles de edificios multifamiliares donde se venden apartamentos a costos que superan, con creces, los de cualquier ciudad turística del mundo, he ahí la razón del título de esta columna.
Esta crecimiento desenfrenado ha llevado a la ciudad a límites de insuficiencia en los servicio públicos, pues a la empresas prestadoras, hoy todas privatizadas, no les interesa otra cosa que generar mayores ingresos para engordar sus arcas. Ni qué decir de la falta de vías que hacen insoportable ir a cualquier punto del perímetro urbano.
El desplome del edificio Terrazas de Blas de Lezo 2 no es sino la punta del iceberg de un desastre anunciado, debido a la laxitud de las autoridades encargadas de ejercer el control urbano. No es posible entender que una mole de siete pisos sea invisible para que los inspectores de la Secretaría de Planeación del Distrito no pudieran ver que la valla publicitaria del proyecto tuviera errores tan protuberantes como el de no mostrar el número de pisos ni el de soluciones habitacionales, sin entrar a especular sobre lo que ya ha sido aclarado por el Curador Urbano, al cual escogieron estos piratas de la construcción como chivo expiatorio de sus andanzas.Con las estadísticas que han salido a relucir sobre construcciones ilegales, a raíz del desplome de Terrazas de Blas de Lezo 2, más bien debemos darle gracias a Dios de que Cartagena es una ciudad con actividad sísmica baja.
No puedo cerrar sin referirme a la situación de los invasores de las faldas de La Popa, donde se muestra una vez más la tolerancia de las autoridades, que permiten que estos asentamientos prosperen, sin que se vea el menor asomo de voluntades para solucionar una situación que al igual que la invasión de la ciénaga de la Virgen y todos los cuerpos de agua circundantes, crece como la espuma, ante la mirada indolente de los encargados de ejercer el control urbano de la ciudad y que creen que las cosas se resuelven con brigadas de aseo para recoger basuritas.*Ingeniero Civil y Sanitario
alfredopineda1@yahoo.com
