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Por estos días se cumplió el quinto aniversario de la muerte de Rosa Guerra, la empleada doméstica que trabajó en mi casa diez años completos, hasta el día en que resolvió servir a domicilio a varias familias, incluyendo a la mía, cada vez que la necesitáramos para cocinar los lomos finos, freír las postas de sierra o rallar el coco. Había hecho sus cálculos con precisión y le iba mejor así, porque en los sábados y domingos facturaba por el doble que entre semana.

Rosa era sencilla pero tenía sueños fantásticos, como el de que recibía visitas de San Martín de Porres y llamadas amorosas de Nuestra señora de la Candelaria. Me los contaba con lujo de detalles un sábado, mientras pelaba el ñame para un mote de queso y despresaba una gallina guisada que nos dejaría lista para el día siguiente, con una lógica impecable. Confieso, sin agüeros, que me pareció tener enfrente al santo limeño y a la Patrona de Cartagena.

Un día le pregunté, luego de comerme un suculento pargo rojo freído por ella, si era hija de pescador de atarraya y boliche. Me contestó que no, que era hija de dos campesinos de Mahates que no conocieron el mar. Viendo a su madre preparar conejos, armadillos, codornices, torcazas y aves de corral aprendió su oficio. Por eso su lema de batalla era “ver para aprender”, y gracias a su técnica yo comía a gusto y sin engordarme.

Rosa tenía tres hijos, dos hembras y un varón. Vivía para ellos y a levantarlos bien dirigió todos sus esfuerzos, porque su matrimonio –la cantera de sus quejas– en lo único que había sido moderno era en las escapadas de su marido con aventureras flacas y feas. Lo apodó “El señor de las sílfides”, y festejaba su monería con risotadas burlonas. Nunca se arrepintió de ser acuerpadita. 

Para una navidad la corché, como dicen los cachacos, pues le pedí que nos horneara un pavo con los pormenores del rito navideño. Cómase mejor –me dijo– algo más afrodisíaco, don Carlos. Pero para no dar su brazo a torcer me retó: “Deme la receta y le doy el pavo”. Entonces comprendí que hay herencias más valiosas que cuantiosas, ya que el libro de recetas escritas por mi mamá salvó la situación. Conminó al difunto pavo, sonriendo con picardía, para que preservara los sabores de los muslos y las alas, que de la pechuga se encargaba la salsa.

Era que en las salsas conectaba Rosa la imaginación con las habilidades de sus manos.

Murió estando yo fuera del país. Viniendo del aeropuerto para la casa me lo contó mi mujer, y en el silencio que me produjo el impacto de la noticia la imaginé buscando a San Martín de Porres y a Nuestra Señora de la Candelaria en la gloria celestial, entre otras vírgenes y hermosos querubines, para decirles que estarían juntos por los siglos de los siglos.    

Al llegar a mi casa, entré a la cocina y sentí, por última vez, el genio humilde de Rosa Guerra.

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