Durante las últimas semanas, las tensiones entre el Centro Democrático y el presidente Abelardo De La Espriella han sido interpretadas como una disputa por el liderazgo de la derecha colombiana. Esa lectura es insuficiente, porque lo que realmente parece ocurrir es la confrontación entre dos expresiones ideológicas de la derecha que, dicho sea de paso, refleja una transformación mucho más profunda en las democracias occidentales.
Durante buena parte del siglo pasado predominó una derecha liberal - conservadora, que defiende la democracia representativa, el Estado de derecho y la economía de mercado. Si bien sus diferencias con la izquierda y los socialdemócratas son insalvables, se desarrollaban dentro de un marco constitucional compartido. En esa tradición pueden ubicarse los partidos democratacristianos europeos, el Partido Republicano anterior a Donald Trump y buena parte de los partidos tradicionales latinoamericanos. Con matices propios, el Centro Democrático pertenece todavía a esa familia política.
En las dos últimas décadas, sin embargo, emergió una nueva derecha que desconoce ese legado: Donald Trump, Javier Milei, Giorgia Meloni o Nayib Bukele simbolizan, cada uno en su estilo, esa derecha nacional - populista y antisistema que cuestiona a las élites políticas, culturales y mediáticas, que rechaza la corrección política y que convierte la llamada ‘batalla cultural’ en uno de sus principales escenarios de confrontación. Su estilo privilegia el liderazgo personal, la comunicación directa y la movilización emocional (indignación, miedo, rabia) por encima de las estructuras partidistas tradicionales.
Existe, además, una tercera corriente -todavía minoritaria y poco conocida- integrada por los autodenominados neorreaccionarios, defensores de lo que denominan la ‘Ilustración Oscura’. Inspirada por Curtis Yarvin y Nick Land, cuestiona los fundamentos mismos de la democracia liberal. Sostienen que las elecciones incentivan el populismo fiscal, el clientelismo y la mediocridad administrativa en favor de los políticos, por lo que proponen: sustituirla por formas de autoridad tecnocrática y gestionar el Estado como una gran corporación.
Comprender esta nueva cartografía no es un ejercicio de clasificación académica. Es una condición para entender la política del siglo XXI, pues el debate ya no enfrenta únicamente a la izquierda y la derecha; también atraviesa a las propias derechas. Quien siga interpretando el presente con el mapa ideológico de la Guerra Fría, difícilmente comprenderá los conflictos que hoy están redefiniendo la democracia occidental.
Quienes interpretan a Abelardo De La Espriella como un simple heredero del conservadurismo clásico, probablemente están leyendo la realidad bajo categorías del pasado. Su discurso, su comunicación política y su estrategia de confrontación lo acercan mucho más a estas nuevas derechas globales. Quizá estamos asistiendo al surgimiento de una nueva derecha en Colombia, capaz de representar a sectores que ya no encuentran en la derecha tradicional una respuesta convincente. Tal vez no asistimos a un simple cambio de gobierno, sino al inicio de un proceso de realineamiento ideológico en el que una parte importante del electorado busca nuevas formas de representación política.
*Profesor Universitario.

