La ciudad olía a pólvora, soldados por doquier y en la radio una voz plana daba órdenes marciales. Los ojos de Matilde yacían secos de tanto llorar. Primero fue la siniestra sombra del diagnóstico de cáncer al dueño de cada latido de su corazón. Y cuando la enfermedad parecía controlada empezó la violencia fratricida y luego el bombardeo sobre La Moneda. Sus casas fueron saqueadas mientras muchos amigos comunistas desaparecían por encanto. Doce días antes el presidente había muerto.
El doloroso pero esperanzador exilio aguardaba por ellos en un avión que al día siguiente los llevaría a México, donde la oposición esperaba que la voz del poeta se convirtiera en el canto del guerrero para enfrentar sin censuras a la dictadura; pero eso también lo sabía el gobierno, que por esas calendas asesinaba a decenas luego de secuestrarlos en los estadios de Santiago. Una semana antes una bala había acallado al torturado cantautor Víctor Jara.
Él pudiera haber escrito que “la noche esta estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”. Pero esa noche había nuevas caras en la clínica. Una aliviadora mejoría permitió a Matilde salir presurosa a cambiarse a casa con la promesa de regresar antes de una hora. En simultánea, Manuel Araya, el vigilante chofer, extrañamente había sido comisionado a comprar una medicina que no había en el sanatorio.
Acompañado por la soledad vio entrar una bata y una extraña aguja se incrustó en la venoclisis, mientras el desconocido le explicaba que era para aliviar el dolor. Neruda pensó en ella, su Matilde y su amado Chile. Poco después el dolor abdominal le hizo presentir el final, la llamó y le dijo que le habían puesto algo raro. Una incendiaria fiebre convirtió las sábanas en un fúnebre sudario húmedo. Cuando ella regresó era demasiado tarde. Ella, con dolor, pensó que ahora sí era cierto: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente. Distante, dolorosa como si hubieras muerto. Una palabra entonces, una sonrisa bastan. Y Estoy alegre, alegre de que no sea cierto”. Mucho después vino a saberse que aquel amable enfermero llevaba por jeringa una guadaña.
Pablo Neruda yace desde entonces, para siempre, en su Isla Negra, pero Ricardo Eliécer Neftalí Reyes murió ese 23 de septiembre de 1973. El aséptico certificado de defunción habló del cáncer de próstata escondiendo al verdadero verdugo.
Décadas después el rastro del perverso Clostridium botulinum abrió la puerta de la duda y la conjura: ¿lo mató el cáncer, la pena moral por su amado Chile o la mano siniestra de la genocida dictadura? Parece que fue la hoy terapéutica, polifacética y plástica toxina botulínica la que escribió los versos más tristes esa noche.
*Profesor Universidad de Cartagena.

