Una de las últimas novelas del Premio Nobel de Literatura, José Saramago, ‘Caín’, nos invita a una profunda reflexión sobre la condición humana, el sentido de la justicia, el bien y el mal, la libertad, la violencia como constante de la historia y el papel de la fe. En tan solo 130 páginas, Saramago construye una obra satírica e irónica que desafía al lector a cuestionar sus convicciones y, sobre todo, a exigir coherencia ética en las personas. Su mensaje trasciende el ámbito religioso: ninguna creencia puede convertirse en excusa para justificar conductas moralmente reprochables. Saramago, a pesar de que la historia nos cuenta que Caín asesinó a su hermano Abel, lo presenta como un personaje que representa la inconformidad humana: alguien que no acepta las injusticias, solo porque provienen de una autoridad superior.
Resulta difícil aceptar que alguien que proclama una profunda fe en Dios pueda vulnerar los principios éticos y pretenda que, con su arrepentimiento aun en el lecho de su muerte, quiera borrar el daño que ha causado. La historia, y la vida cotidiana, está llena de personas que hacen del engaño, la corrupción o el abuso del poder una forma de actuar para luego refugiarse en ceremonias religiosas o en tardíos actos de arrepentimiento. A través de la lectura del libro, Saramago nos recuerda la importancia de la coherencia entre lo que creemos y lo que finalmente hacemos. Esa coherencia, aunque parezca sencilla, se constituye en uno de los mayores desafíos del ser humano.
No importa la raza, la religión, o la ideología política, estamos llamados a responder por nuestras acciones. Un caso reciente en la vida de nuestro país nos demuestra que el que la hace la debe pagar, como sucedió con la controvertida joven Juliana Guerrero, quien fue finalmente juzgada y sancionada por mentir y falsear documentos tratando de engañar a toda una nación. Pero a veces la justicia no llega tan lejos, el poder muchas veces empaña la verdad y algunos se salen con la suya, como hasta ahora ha sucedido con nuestro exmandatario Petro.
Muchos ciudadanos nos preguntamos, ¿dónde está nuestro Dios?, ¿dónde está la justicia?, ¿por qué tarda tanto...?, ¿será que el poder puede más que la voluntad del ser supremo? Ojalá que no, el poder no puede estar por encima de la ética; ningún cargo, ningún poder y ninguna influencia debería situarse por encima de la ley ni de la ética pública. La legitimidad de un Estado democrático depende precisamente de que nadie esté por encima de la ley y de que las responsabilidades se establezcan con base en las pruebas y las decisiones judiciales, no en simpatías o antipatías políticas.
La gran enseñanza de Saramago sigue plenamente vigente, la ética no puede ser selectiva, y la justicia tampoco. Mas allá de la política, la verdadera pregunta que nos deja el escritor sigue siendo profundamente humana: ¿somos capaces de vivir con la misma honestidad que exigimos a los demás? Mientras no respondamos con nuestros actos a esta pregunta, la justicia seguirá pareciéndonos lejana y la ética continuará siendo un discurso, cuando debería ser nuestra forma cotidiana de vivir.
