Me ha dolido en el alma la muerte de Carlos Villalba Bustillo. Mi padre le tenía un afecto grande por relaciones familiares establecidas por el común origen sucreño, y además me transmitió por él una admiración en mi juventud que se acrecentó, tratándolo en el ámbito de su hogar paterno que era el mismo del de mis queridas amigas María Luisa Villalba Bustillo y Beatriz Villalba Bustillo. Me deslumbraba su inteligencia lúcida, pero la timidez me impedía seguir el ritmo de sus charlas y conversaciones en aquella intimidad de su casa.
Leía entonces sus columnas de El Espectador con deleite, y sus libros "Entre Núñez y Uribe”, “La revolución inconclusa”, “Los mecenas del desastre”, “Los liberales al poder”, entre otros, me educaron políticamente, al tiempo que me mostraron las virtudes de una prosa de rico lenguaje, que yo traté de ensayar en mis artículos casi adolescentes. También habría sido su afortunada alumna en la facultad de Derecho de la UdeC como lo fue mi hermano, si no decido hacerme abogada en Bogotá, una aspiración frustrada por un acto de violencia.
Muchos queríamos que el Carlos jurista, el magistrado presidente del Consejo Superior de la Judicatura hubiera ejercido un Ministerio en cualquier gobierno que le ofreciera las riendas de este departamento y de esta ciudad. Sin duda, nuestro destino social hubiera sido otro; sin duda habríamos tenido un gerente con celo por los recursos públicos y su destino, haciendo diáfano el gobernar, pero se nos fue sin que su honestidad y su conocimiento de la realidad política y social nos cambiara la suerte.
Me duele en el alma la muerte de Carlos Villalba Bustillo. Me duele no volver a leer su pensamiento iluminado en Malecón, de El Universal, y que no lo hubiéramos visto homenajeado en vida como lo merecían su talento, cultura, obra, tarea en Justicia, y su servicio irrenunciable a su patria. Tuvo muchas virtudes, como son las que podrían cambiar la cultura de la corrupción por la de la legalidad y el buen gobierno. Su pensamiento estaba cargado de dardos, como esos que hacían referencia a un caudillo de nueva data que él conoció en su sicología más recóndita y que desmitificó con una frase de antología: "A Nuñez lo eligieron cuatro veces, pero dejó una obra centenaria".
Carlos tenía el don de transmitir aquello que muchos deseábamos que alguien dijera en público, para unos lectores ávidos de que su sentir fuera interpretado. Nos representaba, nos sentíamos comprendidos por quien asumía de modo magistral nuestra vocería. En 2019, ya no tendremos a Carlos, pero sus ideas y su ejemplo están impresos en nuestras mentes. Su obra no perecerá, no. Su legado histórico sobrevivirá. Ahí queda.
