Me crie en las calles destapadas del barrio La María. Para mí y mis hermanos decir en el colegio dónde vivíamos, no siempre fue fácil. Cuando decíamos: «en la María», la expresión del rostro de nuestros amigos se transformaba. Como es propio del bullying, algunos hostigaban con: ¡Mieee! ¡Los champetúos! ¡Jajaja dónde zumba el peñón y la puñalá! - decían algunos -. Y es que hace algunos años, ser champetúo no estaba de moda, y vivir en el cordón suroriental era motivo de estigma e inclusive una sutil criminalización.
El estigma de vivir en un barrio periférico y pobre, aún se sigue imponiendo. Se impone incluso, por los paradigmas definidos desde el mismo Estado. Esto no es nuevo. Siempre ha sido así y en tiempos de Covid, por supuesto se ha agudizado. Niños, jóvenes, mujeres de los extramuros, son estigmatizados y alienados por un tipo especial de violencia que se configuró en Cartagena desde el seno de la empresa colonial.
¡Métanlos presos! ¡Esos “hps” sólo saben mamar ron los fines de semana! ¡Salen a pendejear! ¡que militaricen esos barrios ya! ¡gente bruta!, gritan en mayúsculas en las redes. Algunos hasta han dicho: ¡hay que quemarlos! ¡métanles una bomba y se acabó el problema!
Es cierto que en la periferia se desbordó la enfermedad por el comportamiento de algunos, pero también es cierto que se necesita un cambio de paradigma de la salud pública para atender el problema desde sus raíces más profundas.
¡Es que el problema de Cartagena y la costa es la cultura! ¡La falta de educación! O sea, ¡vaya descubrimiento! claramente lo es. El discurso conflictivo respecto a las personas pobres que no han tenido los mismos privilegios de los aventajados, va del rango más alto del desprecio hasta el más bajo de lo compasivo: “ay pobrecitos pobres: es que son pobres”.
La pandemia vino para desnudar y escarnecer las realidades que ya traíamos. Nuestra decadencia, nuestras miserias son más visibles en tiempos angustiosos. Pero para algunos las herramientas para combatir esas miserias, son sacar a las fuerzas represivas del Estado a la calle, porque debe seguir persiguiéndose a los que históricamente han considerado “criminales y peligrosos”.
Cartagena se escribe por estos días con “C” de Covid y con “C” de crisis. Las malas prácticas administrativas y gubernamentales que por años han mantenido al corralito en la pobreza, son las que deben explicar el hecho del porqué la gente no sabe contenerse en casa. Esas fallas son las que deben revelar por qué la población no sabe lavarse las manos por no siempre tener agua. Esa desidia es la que realmente debe dejar claro, la condena segura al contagio de aquellos barrios ahogados por el hacinamiento y en los cuales su gente ni siquiera con tapabocas pueden enfrentar la amenaza porque deben decidir entre pagar sus desbordados precios o comprar el pan del día.
Es hora de dar la cara a la salud. Es tiempo de ejercitar los factores protectores que reduzcan la posibilidad de tener enfermos. No hay enfermedad sin causa. Las autoridades de salud deben ser las primeras en tomar las riendas de la gestión que dé a los cartageneros una verdadera seguridad ciudadana, esa que definitivamente no puede dar el ejército. Una seguridad ciudadana que por fin no sea menoscabada por la corrupción, la mezquindad y la negligencia.
