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Columna

El árbol de las estrellas

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Un símbolo tradicional de la Navidad, al lado del pesebre de San Francisco de Asís, que representa con sus diversas imágenes a las escenas y a los personajes típicos del nacimiento de Jesús, es un bello y mítico árbol con un origen que se atribuye al obispo San Bonifacio en el siglo VIII en Alemania. La intención de este sacerdote inglés fue reemplazar el roble pagano consagrado a Thor, por un abeto que exaltara el espíritu religioso de la venida de Cristo al mundo. Las manzanas y las velas colgadas de sus ramas se referían a la tentación y al pecado las primeras, y a la luz y la sabiduría de Dios las segundas. Esto se convirtió en costumbre en los hogares de entonces y aunque suele citarse con más frecuencia este origen próximo, hay uno muchísimo más remoto con detalles bíblicos aludidos en los libros de Efesios y de Ezequiel, que sería el punto de partida del protagonismo del árbol durante esta fecha. Se refiere a Nimrod, nacido un 25 de diciembre de la antigüedad, cuya figura era moralmente contraria a la de Cristo. El hombre procreó con su madre Semiramis a Tammuz. Cuando muere Nimrod, Semiramis planta un árbol al pie de su tumba y cree que este ha encarnado en él por lo que se aficiona a visitarlo para colgarle dones. En Babilonia se reverenció el árbol del pecador en una fecha que en el futuro el mundo destinaría a evocar al santo Mesías.

Los romanos también celebraban el Festival del dios de la cosechas decorando árboles con cerezas rojas. Al igual que los Celtas, estuvieron influenciados por las viejas historias de Nimrod, el hijo esposo de Semiramis, y Tammuz, fruto de la relación incestuosa.

Lo interesante de las tradiciones son las leyendas que les nutren. Unas provienen de lo divino y sagrado y otras de lo humano, pero constituyen la razón de ser de los usos y costumbres que las sociedades incorporan a su vida cotidiana.

Entre las más variadas leyendas yo me inclino por la de los tres árboles colindantes con el pesebre. Se trataba del olivo, del dátil y del pino. Para celebrar ese 25 de diciembre, un día que el papa Liborio decretó como el del nacimiento del niño de Nazaret, el olivo dio generosamente su fruto, la palma dio infinidades de dátiles, pero el pino que era seco y estéril no logró la fertilidad. Sin embargo, las estrellas que observaban desde el cielo, descendieron de las alturas para ofrendarse en sus ramas. Fue el más bello árbol jamás visto y de él surge la costumbre de las decoraciones con objetos primorosos. El pino no tiene nada que dar cuando el que lo siembra es un ser inhumano, cruel, que maltrata al semejante. Después de acciones horrendas contra la inmaculada infancia, el compromiso de los colombianos es darle a la edad de la inocencia, en estas tristes Navidades, un pino colmado de estrellas donde los sueños no terminen en pesadillas ni las ilusiones en fatídica realidad.

“(...) El pino no tiene nada que dar cuando el que lo siembra es un ser inhumano, cruel, que maltrata al semejante”.

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