Este no va a ser un texto preconcebido con fines estrictos de proselitismo político. Por medio de la escritura no se va a exaltar ningún movimiento ideológico ni a encumbrar un partido ni difundir con pasión su ideario, ni su contenido o teorías. No. Y ya de eso hay muchos difusores en diversos medios y redes. Mire a Facebook detenidamente y se dará cuenta que su accionar principal es de expresión política, basado en enfrentamientos, agresiones, en bloqueos. No. Yo crecí en Sincelejo y de muy niña estudié con María del Rosario Guerra. Ella debía oír en su casa al senador José Guerra Tulena en conversaciones, como yo en la mía, sin que mi padre no fuera sino un ideólogo que ocupó cargos oficiales y escribía. El padre de Charito en cambio era parlamentario que amaba a Sucre con el alma, y el mío también y el objetivo de uno y otro era hacer progresar al entrañable pueblo natal.
El ámbito rutinario de nosotras era el del colegio de Nuestra Señora de Las Mercedes. Charito ocupaba en el aula la banca de adelante y yo la de atrás y ahí conocimos a La Patria y la Cívica y el amor por el tablero que registraba eso. No sabíamos de disputas, ni de partidos contrarios, porque nos unía una izada a la bandera con el himno nacional.
Asistíamos a ese acto y si éramos premiadas con medallas la emoción era inmensa.
Nuestra política era la historia. El encuentro de dos mundos, la colonia, la independencia, y ninguna de nosotras era tan feliz como saber de Simón Bolívar, Antonio Nariño, de la Pola, de Manuelita Beltrán, de Manuelita Sáenz, del 20 de Julio, del 7 de Agosto y del 12 de Octubre cuando dramatizamos a Colón. Esa era nuestra política porque la de los mayores y del presente nos excluía.
Pero también era la mejor época. No éramos hijas de tal y tal partido y el colegio preparaba paseos lúdicos en fincas para todas las alumnas sin ninguna discriminación. Era una infancia de amigas que disfrutaban sin excepción del verde de pastos, de árboles frutales, de animales domésticos. Ni Charito ni yo fuimos conscientes de un papá senador que podía ser distante del otro funcionario que actuaba a nombre de otro movimiento.
A mi papá le tocó electrificar a Sucre y a José Guerra Tulena apoyarlo sin coincidir en todas las ideas partidistas. Me he reencontrado con Charito, María del Rosario Guerra, y nos hemos aproximado con los ojos de esa memoria, de la que registra aquellos remotos tiempos vividos, pero ya somos mujeres mayores y María del Rosario eligió la política, y la ejerce con eficacia, con pasión, aunque no nos separe ni nos aleje porque yo elegí la escritura.
Dos padres y dos hijas.
