Mañana 8 de noviembre, en la parroquia de Santo Domingo de Cartagena, celebramos los 125 años de la glorificación del santo obispo Monseñor Eugenio Biffi, y lo haremos con una visita a su mausoleo en la catedral Santa Catalina de Alejandría a las 4:00 p. m. y la celebración Eucarística en el templo de Santo Domingo a las 5:00 p. m. por ser esta su primera obediencia pastoral como misionero y su primera “base operativa” cuando llegó a nosotros con el padre Constantino Robbioni, en aquel lejano 1856, acogido por monseñor Bernardino Medina y Moreno.
El convento y la Iglesia de Santo Domingo, como enseña la historia, son edificaciones de la segunda mitad del siglo XVI que más tarde se convertirían en Seminario y capilla de este respectivamente. A la llegada de los misioneros, tanto el claustro como el templo estaban abandonados y deteriorados. Su primer empeño será restaurar lo confiado gastando “mil doscientos francos de bolsillo propio”, como bien lo expresará en su momentos monseñor Medina y Moreno al referirse a ellos.
En la Iglesia de Santo Domingo celebran misas, confiesan, predican, administración sacramentos, y preparan para la primera comunión a los niños del vecindario cuya primera tanda alcanzó los 114 infantes. De la catequesis los niños pasaban al laboratorio abierto por el padre Biffi en los locales contiguos a la Iglesia. Su intento era enseñarles los principios de la fotografía, de la carpintería o de la galvanoplastia, gracias a cuanto había aprendido durante su formación como misionero.
El tiempo dedicado a los niños reforzará sus relaciones con las familias de Cartagena para las que siempre estuvieron disponibles: “Hasta los últimos puntos de la ciudad íbamos a socorrer a los moribundos y enfermos. Para ayudarlos a comprar las medicinas hemos consumido lo poco que habíamos traído con nosotros como regalo de nuestras familias”.
Justamente de esta experiencia con el pueblo cartagenero podemos conocer la calidad humana y evangélica del padre Biffi: “Si nosotros no tuviéramos familias que nos dan aceite para las lámparas, velas, manteles para altares que nos hacen planetas, pluviales, y que nos lavan la ropa de la Iglesia, nosotros no podríamos hacer nada, y no habríamos podido casi renovar la Iglesia que con maravilla de todos ya no se parece a la de antes. Con todo esto, nosotros nunca hemos entablado relaciones demasiado avanzadas, la prueba de ello es el respeto que nos llevan en cualquier parte; lo que nosotros decimos y hacemos puede ser dicho y hecho en público, el sospechar de nuestras intenciones es la más baja de las calumnias”.
Con razón su obispo dirá de estos misioneros: “Únicos apoyos de mi Diócesis y motivos bien fundados de mis esperanzas futuras”. Ahora que hemos iniciado el camino sinodal, seguiremos compartiéndoles la vida y el testimonio de este santo de las horas difíciles.
*Director del PDP Canal del Dique.
