La independencia de los bancos centrales se pone a prueba cuando corresponde tomar decisiones impopulares o cuando los gobiernos presionan indebidamente. Tal vez por esto, tras la última reunión de la Junta Directiva del Banco de la República, el mensaje captado por los mercados internacionales no fue de autonomía, sino de sujeción estratégica.
Al decidir mantener la tasa de interés en 11,25%, ignorando indicadores macroeconómicos que clamaban por un ajuste al alza, el Emisor parece haber optado por un respiro político frente al Gobierno nacional, una tregua que Colombia comenzó a pagar esta semana como una de las monedas más devaluada.
La teoría de juegos sugiere que, en un conflicto, las partes eligen la opción que minimiza sus pérdidas. En este caso, la Junta del Banco, tradicionalmente técnica, parece haber operado bajo un cálculo de supervivencia institucional. Ante las constantes presiones del ministro de Hacienda, Germán Ávila, y las amenazas del presidente Petro sobre el salario mínimo, el Banco parece haber decidido no ser la noticia.
Pero en economía, el silencio es un mensaje. Al no subir las tasas para contrarrestar las presiones inflacionarias y la incertidumbre electoral, la Junta envió una señal de vulnerabilidad. Como bien señala Mauricio Villamizar, codirector del Banco, se buscó preservar la “estabilidad institucional”, reconociendo implícitamente que la decisión técnica era otra, con lo cual el Banco evitó el encontronazo con la Casa de Nariño, pero chocándose de frente con Wall Street.
La reacción de los inversionistas fue unánime. Mientras el resto de las monedas regionales se mantenían estables, el peso colombiano se desplomó un 2,4% tras el puente festivo. Según JP Morgan, no fue el petróleo ni el dólar global sino el factor local; y, por ello, su recomendación de vender pesos y la advertencia sobre la “politización de la política monetaria” son etiquetas que podrían hacer mucho daño.
Al no subir tasas, el diferencial de intereses dejó de compensar el riesgo país, provocando una fuga de dólares que encarece la divisa. Así mismo, la rentabilidad del bono soberano a 10 años saltó al 13,2%, reflejando que el mercado percibe hoy a Colombia como un deudor menos fiable. Paradójicamente, al evitar una subida necesaria hoy, el Banco condena a la economía a mantener tasas altas por mucho más tiempo, asfixiando sectores productivos que esperaban un alivio en el mediano plazo.
El análisis crítico no termina en la coyuntura. El mercado ha leído esta “pausa” no como un evento aislado, sino como el inicio de una erosión institucional. La preocupación ya no es solo la relación actual con Petro, sino la sombra del continuismo.
Si el Banco cede hoy ante la presión política para evitar un conflicto, ¿qué pasará en tres años cuando el próximo presidente tenga la facultad de nombrar nuevos codirectores?
