Mompox no existía, soñábamos que existía. Escondida en el tiempo, y un poco detenida también, guardó con celo el silencio de la mañana, el rumor del río y en sus casas las mecedoras en las que todo y nada pasa.
Mompox hoy existe, y cada día más personas la descubren y se enamoran de su encanto. Tres años tenía de no pasar unas noches en la tierra de Dios, y al volver la redescubro más ensoñadora, más atractiva, con una oferta turística y gastronómica que cualquier lugar del mundo envidiaría.
Sin duda, sus avances en conectividad han ido quitando el velo invisible que la mantenía oculta para muchos, lo que empieza a traerle enormes beneficios para su desarrollo económico y el de sus habitantes.
Le escuché a alguien que pasaba por La Albarrada decir, al ver tanta gente caminando, que el puente y los aviones son un dulce envenenado. Vi en sus ojos el temor del que ha vivido 75 años en un lugar donde el tiempo no pasaba, y hoy parece que empezó a girar y a apurar de una manera a la que sus habitantes apenas se acostumbran.
Al pensar en lo que el turismo significa para los territorios en el que se vuelva una actividad intensiva, recordé el símil entre el turismo y un dulce con veneno. Este, así como muchos beneficios, tiene altos costos para las comunidades receptoras, y eso sí que lo sabemos quiénes hemos vivido siempre en una ciudad turística como Cartagena de Indias.
Las autoridades nacionales, departamentales y del Distrito de Mompox, al tiempo en que hacen grandes inversiones en infraestructura para la conectividad, la cultura, y el ornato, deben tener una agenda permanente de preparación del territorio y su gente, no solo para brindar una experiencia inolvidable al turista, sino para evitar que el veneno de la inseguridad, la prostitución infantil, el descontrol de precios en bienes y servicios, el abuso de los operadores turísticos, se cuelen en una tierra que es una joya merecedora de todo nuestro cuidado.
Me contaron que antes de la pandemia, el paseo por el río en un planchón, sentados en cómodas mecedoras y espacio suficiente, costaba para propios y visitantes 25.000 pesos. Hoy cuesta el mismo paseo de dos horas, 40.000 pesos, en sillas plásticas y sin casi poder moverse porque le meten más de 150 personas, sin que esta nefasta pandemia aún llegue a su fin. Este es el riesgo.
Me gusta el Mompox de hoy, en el que la gente vive de sus negocios y emprendimientos, pero también me gusta el Mompox de mis vacaciones de niña en la que podías caminar a cualquier hora de la madrugada, y el único riesgo era que te sorprendiera un concierto de ranas y sapos y un aguacero.
*Abogada.
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