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Columna

El resorte ideológico

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Colombia se detuvo en la ye del camino para decidir su destino y eligió el sendero socialista. Lo impresionante e inquietante para una amplia cantidad de compatriotas, es decir, la mitad de la población, es que no solo se decidió por el socialismo, sino por uno radical. Llama la atención también que el tránsito no haya sido suave, sino que de una se fue al extremo. ¿Será que ese paso suave fue el gobierno de Duque?

Tratar de entender la expresión ideológica resultante de las elecciones, se asemeja a un resorte en el que en un extremo tenemos, según el índice Heritage, el estado comunista que detenta el control total como Cuba y Corea del Norte y, en el otro, el estado capitalista con la reducción máxima de tamaño del estado para darle libertad a los ciudadanos, como Singapur, Suiza y Nueva Zelanda. Colombia estiró el resorte para apostarle al extremo radical del socialismo: el comunismo.

Al tomar ese camino, el país pegó un alarido diciendo: señor estado venga y meta la mano porque los particulares no han podido darle solución a nuestros graves problemas como son la corrupción, la pobreza, el daño al medio ambiente y el narcotráfico. La sociedad, representada en los jóvenes, los pobres, los intelectuales, percibe que hay que darle la oportunidad a la izquierda para resolver los retos que tiene el país, a riesgo de que también fracasen o, peor aún, se cumplan los temores de la otra mitad del país de que el gobierno se atornille en el poder y detenga o destroce el desarrollo económico de la nación.

Los primeros pasos y las primeras palabras del nuevo presidente son ambiguas. Por un lado se salta la separación de poderes, que es uno de los supuestos infaltables de su plan, dándole órdenes a la fiscalía de liberar presos, y por el otro expresa una loa al capitalismo en el discurso de posesión. Tiene manifestaciones de buscar un “acuerdo nacional”, pero conforma un gabinete cuyos miembros son reconocidos adalides de la causa guerrillera izquierdista radical, quienes ejecutarán sus políticas más recalcitrantes y representativas de su modelo político y económico, orientado a un estado intervencionista, de restricción de libertades y concentración del poder.

“A la gente hay que creerle”, decía Álvaro Gómez Hurtado, frase del gran estadista que nos recordaba en una tertulia su hermano Enrique y que recordó también José Félix Lafaurie en su columna del domingo 26 de junio en este diario. Creerle es lo más sano mentalmente en este momento. El apóstol Pablo dijo de las tres virtudes en su carta a los Corintios: “Ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor. Pero de ellas la más importante es el amor”. Ojalá el nuevo gobierno honre su palabra en gobernar con amor, tal como lo incluye en su promesa ideológica, alejando el resorte del extremo radical.

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