La abogacía tiene un grado alto de complejidad y no precisamente por las difíciles fórmulas que se deben memorizar para su correcto ejercicio, sino porque actualmente está catalogada como una profesión-peligro debido a la inseguridad a la que están expuestos los abogados al ejercer un mandato de cualquier índole.
No se trata de distinguir el área del derecho que sea más peligrosa, pues el riesgo es latente para todos, lo sufren los funcionarios judiciales, fiscales, investigadores y, por supuesto, abogados litigantes en cualquier rol: demandantes, demandados, representante de víctimas, defensores, etc. Es así porque el ámbito donde nos desenvolvemos encarna los más apasionados conflictos. Difícilmente en un proceso las partes son amigas y quieren que se resuelva en justicia, por el contrario, lo que generalmente quieren es ganar de acuerdo con sus intereses; en el panorama se ven “enemigos” enfrentándose debido a una disputa familiar, societaria, económica, entre otras.
Entonces el ejercicio del derecho implica por su naturaleza misma una disputa, la cual genera tensiones y puede despertar odios entre los intervinientes, quedando los abogados en la mitad de una guerra encarnizada de pasiones que solo empeora cuando le atribuyen al jurista la estrategia llevada a cabo. Lo cierto es que una vez finiquitada la contienda queda por lo menos, un enemigo, que generalmente es la contraparte, pero lo triste y curioso es que a veces es el propio cliente.
La revolución de sentimientos que encierra un conflicto jurídico muchas veces llega al límite, acabar con la vida de los litigantes y funcionarios o amenazarlos con la pretensión ignorante de quitar la “piedra en el zapato” y, además, intimidar a cualquiera que ose ejercer el rol, suponen que ahuyentando a uno garantizarán que no vendrá otro. Es lamentable lo que sucede, cogieron de “guachafita” infundir terror para alcanzar sus intereses como si esa estratagema criminal les diera la victoria automática. En “menor escala” instrumentalizan las acciones, procedentes o no, usándolas como método de persecución velada donde denuncian penal y disciplinariamente, esculcan la vida privada y la exponen o peor aún, crean chismes que viralizan para desprestigiar al profesional.
Lo más difícil de la profesión jurídica no es ejercerla, sino distinguirse de sus casos, lograr no ser confundido con su cliente o con la causa que se representa. Por su parte, lo más complicado en el entorno, es que las personas entiendan que no siempre tienen la razón y que la voluntad personal no se puede imponer a toda costa, que la venganza e intimidación nunca son la salida y, lo más importante, que no somos dueños de la vida de los demás y, por ende, no podemos disponer de ella como si se tratara del tablero de un ajedrez, aunque la sociedad de odios nos mantiene en jaque permanente.
*Abogado.
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