Admito que estoy en mora de escribir este artículo, al habérmelo propuesto mucho tiempo atrás, en plena pandemia. Es una deuda de gratitud que debo saldar con amigos anónimos, que pasan inadvertidos, a pesar del servicio esencial que nos prestan y del que poco o nada se les reconoce. Me refiero a los encargados de recoger las basuras de nuestras casas.
Desde el balcón, el único espacio al que teníamos la libertad de asomarnos, en ese enclaustramiento obligado, pude observar dos escenas impactantes. Aquel hombre sucio que llevaba a cuestas un saco gigante de botellas vacías y pedazos amorfos de cartón, que se detenía una y otra vez ante las bolsas negras, que arrumadas, esperaban ser recogidas en ese día de basuras. Una y otra vez, con la paciencia de un pescador, introducía sus manos en la nauseabunda masa de todos los desechos, en la búsqueda a tientas, de una botella vacía o de cuanto pedazo de cartón pudiera salvar, para sumarlos al mísero botín que atesoraba. Una y otra bolsa eran afanosamente materia de su necesitada inspección. En las proximidades, se asomaba un imponente carro de basuras, que poco a poco se acercaba con otros personajes, que igual, terminarían de recoger para siempre todo resto de desechos; aquellos que, desde la comodidad de nuestras viviendas, habíamos mandado a la calle.
Unos y otros no se detenían y no se detuvieron nunca, a pesar de los grandes riesgos de la pandemia. La necesidad de ellos fue superior al miedo que a todos nos paralizaba. Guerreros anónimos, sin los que la ciudad hubiese sido un verdadero caos. Una labor silenciosa, sin reconocimiento ninguno, enfrentándose a los riesgos de frente, allí donde los peligros de la suciedad aumentaban todos los contagios; pero aun así siguieron, uno y otro día sin parar. De regreso a sus casas, la misma contaminación llegaría con ellos al seno de sus hogares y aún así, como acto de heroísmo, siguieron y lo hicieron una y otra vez, sin que recibieran ningún reconocimiento, ni una fila de aplausos, porque al final, nadie los ve. Pasan desapercibidos como las sombras, que no dejan de ser un simple reflejo silencioso a nuestras espaldas. Ellos han vivido para sí, una guerra que era nuestra y cuánto nos han favorecido.
Al lado del reconocimiento público que les debemos todos, bien merecen que implementemos en nuestras casas el esmero por dividir en bolsas separadas los envases vacíos, de plástico, vidrio u otros, para facilitarles la recolección. Se trata de un mínimo esfuerzo en la comodidad residencial que gozamos, que significará una digna diferencia para con esos amigos anónimos. Ellos, que padecen la condena social, de subsistir de lo que a nosotros nos parece desechable.
Qué bueno mantener esa beneficiosa costumbre que hablará bien de nuestro sentido de solidaridad, con quienes todos los días salen con los sueños de recoger lo que más pueden en el menor tiempo posible. Nada nos cuesta separar los desechos. Una bolsa para los verdaderos desperdicios y otra, para los envases y cartón que puedan marcar la diferencia. Desde aquí ese es el llamado: que, a partir de ahora, “por favor, sean dos las bolsas de basura”.
