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Columna

¡La iglesia en jaque!

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Los católicos en Colombia, constituyendo una inmensa mayoría, hemos perdido presencia en las decisiones de gobierno; las mismas, que vienen impactando negativamente en nuestras tradiciones, cultura y dictados bíblicos, ante el avance estrepitoso de ataques desde todos los frentes: el aborto, el divorcio, la eutanasia, la unión igualitaria, la ideología de género y sus licencias. Ahora, un gobierno de izquierda le arrebató, lo que sería, el primero de muchos, el pequeño oratorio con el que contábamos en el aeropuerto El Dorado de Bogotá. Todo este negro panorama, imbuido en el mal ejemplo de países vecinos que arrestan a sus obispos, nos presagian la venida de noches difíciles que imponen levantar todas las alarmas.

Que el país sea laico y que constitucionalmente deban respetarse los diferentes credos, no significa que exista licencia para desconocer y despojar lo que la suma de los derechos de una gran mayoría, ha sembrado a lo largo del terreno patrio y de la historia milenaria que sus hijos han registrado pacíficamente.

No es quitándole a la mayoría lo que ha conquistado como se obtiene la igualdad, sino tolerando y/o respetando las oportunidades ajenas. En justicia, el transcurso del tiempo es el cemento de los derechos adquiridos, cuando surgieron del clamor mayoritario que se impuso por la simple suma de voluntades, cuya realidad no puede ser cambiada por el disgusto posterior de una minoría.

Se informa que la solución fue el de retirar del lugar todos los símbolos representativos de la Iglesia Católica, lo cual es injusto. Como llegar a terrenos de mayoría indígena, para exigirles en nombre de los derechos de los visitantes citadinos, que retiren de su templo, todos los ornamentos de sus tradiciones, porque siendo tierra patria, no tienen derecho a la exclusividad de cultos.

Los terrenos donde se levantaron las iglesias y sus grandes monumentos religiosos, regados por fortuna en diferentes sitios del país, son manifestaciones de la voluntad soberana expresada en el libre consenso de sus convicciones espirituales, que demandan respeto y más, por un gobierno que debe ser neutral en temas de libertad religiosa, llamado a respetar los derechos adquiridos y la larga tradición de su ejercicio.

Con esa interpretación también están amenazados los símbolos patrios que escogió la mayoría en su momento, porque la bandera de tres colores, ya no es suficiente y el cóndor perdió actualidad frente a los del culto a la serpiente.

Podríamos amanecer, Dios nos guarde, con la escultura de la Virgen del Carmen en la mitad de la bahía, acompañada de grandes símbolos de Baal, en razón a que, “hay que respetar las creencias de algún grupo de paganos que le veneran”.

Todo, impuesto a nombre de la libertad de culto.

“Podríamos amanecer, Dios nos guarde, con la escultura de la Virgen del Carmen en la mitad de la bahía, acompañada de grandes...”.

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