Columna

El poder y el deber

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LUIS CARLOS DÍAZ
04 NOV 2022 - 11:31 PM

Cuando se trata de cumplir con las más básicas normas de tránsito, no son muchos los motociclistas que en Cartagena logran diferenciar entre el poder y el deber. Con frecuencia, al resto de ciudadanos no nos queda otra opción que contemplar cómo incumplen las reglas y ponen en riesgo a los demás.

“Puedo hacerlo porque no hay un policía de tránsito cerca que me lo impida” es lo que probablemente pasa por la cabeza de quienes montados en una motocicleta atraviesan las avenidas por la cebra peatonal o de quienes circulan por la acera para rebasar los trancones. “Pueden hacerlo”, a pesar de que no deban por el peligro que sus actos representan.

Tomar decisiones implica muchas veces enfrentarse a una crucial disyuntiva: hacer lo correcto y sin afectar a los demás, aunque cueste un poco; o, sin importar lo que ocurra con el resto, decidir por aquello que más conviene. En ese proceso de decisión racional, con frecuencia lo segundo prevalece sobre lo primero. El resultado es apenas evidente: la ciudad vive bajo el yugo de la “ley del más vivo, del más avispado”.

Y así viven los cartageneros todos los días, viendo cómo las motocicletas hacen giros prohibidos porque “el retorno está muy lejos” o transitando en contravía por “no querer dar la vuelta por la otra calle”; y, en general, porque los costos de tener que avanzar un par de cuadras supera la disminución del riesgo de accidentes. Es como si el bienestar individual se superpusiera sobre el colectivo, como si las decisiones no tuvieran externalidades negativas sobre los demás.

Es cierto que el Departamento Administrativo de Tránsito y Transporte (DATT) debería tomar cartas en el asunto. Podría, por ejemplo, aumentar y asignar con mayor eficiencia el pie de fuerza; o simplemente evitar que las infracciones tengan lugar en las narices de los agentes de tránsito. Sin embargo, no es cierto que la solución reposa únicamente sobre las autoridades, pues sería muy costoso –por no decir imposible– tener ojos puestos sobre cada rincón de la ciudad.

En su lugar, sería pertinente y provechoso que en las vías primara la cultura y la civilidad. Nuestras acciones deberían poder aproximarnos a una sociedad en la que los individuos, aunque puedan cometer infracciones, sepan que no deben hacerlo.

Respetar al peatón y los espacios públicos, tener mayor consciencia de los riesgos viales y, sobre todo, saber diferenciar entre lo que podemos y lo que debemos hacer, son elementos imprescindibles si nuestro objetivo es mejorar la seguridad vial que tanto hace falta en el Corralito de Piedra.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesor de la Escuela de Negocios y del IDEEAS, UTB.

“Respetar al peatón y los espacios públicos, tener mayor consciencia de los riesgos viales y, sobre todo, saber diferenciar entre lo que podemos...”.

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