Columna

Prisioneros de la democracia

“Esa promesa es una absoluta ilusión. El sistema real es una plutocracia donde el dinero define las campañas...”.

MARTHA AMOR OLAYA

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En el libro VI de La República de Platón, Sócrates desmitifica la democracia explicándola como una competencia técnica que exige discernimiento. Mediante la alegoría del barco, el filósofo pide imaginar una tripulación que debe elegir a su capitán: ¿votaríamos por el marinero más popular y carismático, o por aquel que realmente sabe de navegación, geografía y meteorología? Para Sócrates, entregar el destino de un Estado a masas sin educación política es tan suicida como dejar el timón de un navío en una tormenta en manos de quien jamás ha pisado el mar. El pensador ateniense advirtió que el sistema premia la popularidad sobre la capacidad, abriendo la puerta a un “mercado de la demagogia” donde un vendedor de dulces siempre le ganará una elección a un médico, prometiendo placeres inmediatos en lugar de las medicinas amargas pero necesarias que el cuerpo social realmente necesita.

Este domingo, millones de colombianos volveremos a las urnas persiguiendo un ideal teórico hermoso: la soberanía para elegir gobernantes, la igualdad del voto, la protección de nuestros derechos, los contrapesos institucionales contra el abuso y una vía pacífica para resolver conflictos. Sin embargo, esa promesa es una absoluta ilusión. El sistema real es una plutocracia donde el dinero define las campañas, gobernada por oligarquías de partidos que operan como clubes cerrados. La manipulación de algoritmos y medios sesga la mente del elector, la ineficiencia devora las promesas de cambio y la burocracia reduce al ciudadano a un peón que solo cuenta cada cuatro años.

La genialidad de Sócrates ya advertía que la falta de información empujaba a las masas a elegir mal. Hoy, la teoría de juegos le da la razón científica a través de la “ignorancia racional”. Votar de manera informada exige un costo de tiempo descomunal. Pero como la probabilidad matemática de que un solo voto decida una elección presidencial es prácticamente cero, la estrategia óptima para el ciudadano común es no gastar energía en educarse. La democracia incentiva de forma natural la desinformación.

Aquí es donde caemos en el peor Dilema del Prisionero colectivo. Si todos cooperáramos e invirtiéramos tiempo en informarnos, alcanzaríamos el óptimo social. Pero la estrategia individual dominante es la traición: votar por simpatía visceral o por mero sesgo. El resultado es un mercado de demagogia donde el Teorema del Votante Mediano empuja a los políticos a competir explotando narrativas simples, miedos y polarización, en lugar de proponer soluciones reales.

Ante este abismo, solo queda elevar una suerte de plegaria. Ojalá este domingo ocurra un milagro colectivo en el secreto del cubículo. Que la ciudadanía no vote desde la emocionalidad visceral y el odio, inoculado sino que busque de verdad las garantías sociales, el rumbo técnico del país y una base institucional sólida, con un candidato preparado para desarrollar a Colombia en todos sus frentes. Es hora de que seamos capaces de diseñar un sistema más eficaz y conveniente para todos de cara al futuro y así hacerle frente a la desesperanza de ser prisioneros de la ignorancia y de la desinformación.

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