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Columna

Monstruos vencibles

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La actual administración de la Fantástica demostró que no hay monstruos invencibles. En principio fue su bandera contra el monstruo de la corrupción la que convenció al pueblo de darle el poder, aunque dicen que la estocada final la propinaron a última hora las maquinarias que se vieron traicionadas por la contraparte.

Digo “dicen” porque, en la matrix política, todo es posible como en la dimensión desconocida de la película. Para los neófitos que no participamos en el juego político, la verdad en esas lides siempre es relativa.

Algo parecido, “dicen”, pasó a nivel presidencial. Las jugadas políticas del candidato ganador le dieron el triunfo final por movidas con otros candidatos para comprar su paquete al mejor postor. Eso, si es que fue legítimo su triunfo en cuanto a ausencia de fraudes en el proceso electoral.

Regresando a lo local, lo real es que el alcalde ganó. Aparentemente logró arrebatar a las mafias políticas el acceso al tesoro. Es decir, logró vencer al monstruo insaciable de la industria politiquera, que factura su lujosa forma de vida por encima del sufrimiento de la población, y permanece impune despojada de toda conciencia y temor en la existencia trascendental del ser. Están tan dormidos e inconscientes del daño que hacen y se hacen, que hasta a misa van con sus familias creyendo que no están haciendo nada malo.

Lo que uno escucha en la calle es que el alcalde está ciertamente controlando los grandes capos. No los deja meter sus sucias manos en los procesos de contratación pública y las nóminas. Sin embargo, se oye decir, que las extorsiones, los chantajes y las mangualas continúan igual en algunos mandos medios y sus operadores.

Aunque es posible que el éxito haya sido parcial, es importante que la gente entienda la trascendencia de lo que pasó: se logró temporalmente detener el flujo de caja que sostiene el ciclo del negocio político: inversión en costosas campañas para convencer ingenuos, provisión de fondos para compra de votos, asignación de cuotas burocráticas, y, una vez obtenido el triunfo, sacar la tajada de la ganancia y apartar nuevamente la platica para la siguiente carnicería política.

Digo que lo logró temporalmente pues, con nuevas elecciones en ciernes, vemos el monstruo herido, pero rabiando y acumulando fuerzas para retomar el poder, sin importarles un comino quitarles el plato de comida a niños de primera infancia, bloquear la generación de empleo formal y negarle un promisorio futuro a talentos deportivos.

A los que no participamos en el negocio y la fiesta política, solo nos resta poner en práctica el mensaje del beatle Paul MacCartney: Live and let die (vive y deja morir), y esperar que ese terrible monstruo sea, esta vez, finalmente exterminado.

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