Cartagena es como dos ciudades en una. Vivir en ella es gozar de la belleza de la arquitectura colonial, mientras se lucha contra la informalidad y la pobreza.
Teresita Goyeneche lo describe con precisión: “Cuando alguien habla solo de lo bello que es Cartagena pienso: no la conoces; cuando hablan solo de lo malo pienso: no la conoces”. Más aun, en su libro “La personalidad de los pelícanos” hace una clara radiografía de lo que ha sido y es hoy la ciudad.
El recurso metafórico de los pelícanos resulta revelador. Estos se adaptan a las circunstancias de su entorno y, dado que sus características varían con el lugar en el que habitan, no es posible que encajen en una sola descripción. Así mismo, afirma Teresita, es el espíritu del cartagenero promedio, que se adapta incluso a las circunstancias de una Cartagena que nadie quiere: la desigual, la de la pobreza extrema, la del racismo y la de la prostitución. A la lista se suma la Cartagena del rebusque y del empleo informal, que ayuda a disimular las cifras de desempleo pero que no necesariamente ayuda a incrementar el bienestar de sus ciudadanos.
Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (Dane), en Cartagena la informalidad fue de 54,8% entre noviembre 2022 y enero de 2023. Esta cifra no solo hace que la ciudad ocupe el puesto 13 con mayor informalidad en el país y se ubique solo tres puntos porcentuales por debajo del promedio nacional (57,8%); sino que también indica que más de la mitad de los trabajadores realizan actividades que no están sujetas a la legislación laboral nacional, al impuesto sobre la renta, a la protección social o a determinadas prestaciones laborales.
La informalidad es sinónimo de precarización laboral, bajos ingresos, evasión fiscal, pobrezas moderada y extrema y una débil estructura económica. De ahí que, cuando se discuten reformas como la de la salud, la pensional y, por supuesto, la laboral, la informalidad pasa de ser un problema más con el que aprendimos a convivir, a ser una piedra en el zapato que hace más difícil el camino hacia el desarrollo que se anhela.
La Cartagena que todos quieren, la de los atardeceres bonitos, la romántica, la resiliente, la de la gente que no se rinde, la de la que habla Teresita, no debe ser la única que veamos. La administración local, los residentes, y los sectores público y privado necesitamos pensar la ciudad como una sola, y advertir y afrontar problemas —como el de la informalidad— sin olvidar que hay otra cara más allá del Corralito de Piedra.
La solución no está en que cada quien avance por su cuenta.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Jefa de Asuntos Profesorales y
Proyectos Especiales, UTB.
