Aprender es un trabajo de carpintería: leer, tomar notas, cuestionar, equivocarse, corregir. Es allí donde nace la apropiación del conocimiento, y hoy la inteligencia artificial (IA) generativa ofrece la posibilidad de saltarse buena parte de ese esfuerzo. Advertir que la IA a veces alucina ya no basta. El mayor riesgo es que funcione tan bien que dejemos de pensar. Ante ello, ¿somos lo suficientemente conscientes de que, aun en la era de la IA, necesitamos preservar el aprendizaje y promover el pensamiento?
Para responder a esta pregunta vale la pena citar ‘AI and Education’, el informe del MIT sobre el impacto de la IA en la educación superior, así como un artículo del New York Times que reacciona a sus hallazgos. Tanto el informe como el artículo coinciden en que hoy sería difícil estar a la vanguardia sin recurrir a la IA. Aceptar esa idea sin más, ya es parte del problema, porque desplaza una pregunta importante: ¿cuándo es conveniente acudir a ella y cuándo no?
Según Ravi V. Bellamkonda, rector de la Universidad Estatal de Ohio, la respuesta depende del campo de estudio y de la etapa de aprendizaje en que se encuentre cada estudiante. Esto exige que los educadores vuelvan a pensar en lo que necesitan aprender los estudiantes y cómo lograr que comprendan su responsabilidad en el proceso.
Según el informe del MIT, hay que repensar la enseñanza y establecer un nuevo contrato social entre profesores y estudiantes que reconozca el proceso educativo como un esfuerzo mutuo. No basta con volver a la oralidad ni con usar el tiempo de clase para aislar a los estudiantes de la tentación de usar la IA, pues esas restricciones no dejan espacio para que ellos reflexionen. Lo más importante en ese contrato no es el resultado (una nota o un título), sino el crecimiento personal, la perspicacia y el criterio de los estudiantes.
Las evaluaciones deben ser menos susceptibles a la IA y más valiosas para promover el aprendizaje. Al dejar claro en qué momento la IA es permitida, limitada o requerida, los estudiantes tienen más probabilidades de comprender su proceso de aprendizaje. Así pueden volverse más conscientes de cómo la IA puede impulsar su madurez intelectual y su capacidad para interpretar el mundo. Hoy la enseñanza debe declarar esa intencionalidad. Lo de la IA no son solo alucinaciones, es también la puerta que abre a dejar de pensar. El discurso sobre la importancia del aprendizaje debe elevarse: las políticas para crear un marco normativo de la IA en la educación no pueden perder de vista su propósito ni ser meras reacciones a la realidad inmediata.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
*Jefa de Asuntos Profesorales y
Proyectos Especiales, UTB.
