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Columna

El próximo alcalde de Cartagena necesita una tabla de surf

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El deporte no es solo un generador de pasiones, odios y amores, pues su poder de influencia social, cultural y económica es tan notoria que Lionel Messi y Cristiano Ronaldo tienen más seguidores y más millones en el banco que la población y el presupuesto de muchos países.

Uno de los escritores contemporáneos que para muchos era una especie de genio fue David Foster Wallace, quien, a pesar de su lamentable muerte, logró uno de los mejores ensayos en materia de mezclar la influencia del deporte con la constitución de la sociedad. Su libro El tenis como experiencia religiosa combina la belleza cinética del ‘deporte blanco’ con las entresijos de la realidad.

Utilizando la misma lógica, es congruente utilizar al surf para analizar a la política en su bastión electoral, especialmente en el acertado uso del marketing político. En esta disciplina que mezcla el mercadeo, la publicidad, la comunicación estratégica y la ciencia política, para estudiar y potenciar campañas políticas o la salud gubernamental, existen unos interesantes elementos: los hitos o también llamados olas.

Es muy probable que los indígenas peruanos sobre trozos de madera en el mar en épocas preincaicas, los polinesios que hace 500 años se lanzaron al mar a bordo de una tabla y los hawaianos que lo convirtieron en lo que es hoy, piensen que es un disparate asociar al surf con un mundo que despierta tanto resquemor como el de las campañas y elecciones políticas; no obstante, el marketing político se convierte en un puente levadizo entre las dos esferas.

Según la teoría, en los años anteriores a una votación comienza una línea imaginaria desde que se posesiona alguien y los aspirantes a sucederlo emiten sus primeros gritos o tuitean sus intenciones, pasando por la madurez de las campañas pintadas en paredes y en cuñas radiales, hasta llegar al día en que las urnas devoran tarjetones.

Esa línea horizontal, según los expertos, la entrecruzan unas curvas ascendentes y descendentes que dividen el proceso en ciclos, en hitos, en olas.

Y es ahí cuando entra el surf en escena, pues según los asesores de marketing político es un suicidio electoral si una campaña ingresa a la contienda cuando una de estas olas está bajando o asciende en una que morirá faltando mucho tiempo para las elecciones.

Este grave error suelen cometerlo candidatos con bastantes años pidiendo pista para llegar al cargo que desean o aquellos que por poder político y económico presentan su nombre en sociedad con una riesgosa antelación.

O, por el contrario, aspirantes que al percibir la polarización, la pluralidad o la apertura democrática que trae consigo la recolección de firmas, se montan en olas construidas desde sus respetables ideales y liderazgos, o de sus egos, o de los aplausos o desde una intención de pegarse como rémora al tiburón ganador. Pero este tipo de olas suele volverse pura espuma sobre la arena.

Ejemplo de esto fue la campaña presidencial en 2018 de Germán Vargas Lleras, quien comenzó surfeando olas colosales en una tabla marca Juan Manuel Santos ®. Como vicepresidente y exministro de Vivienda repartiendo casas por todo el país con casco en la cabeza, comenzó su carrera por el Palacio de Nariño con una potencia inusitada y para muchos era el caballo ganador; sin embargo, al final quedó de cuarto lugar en la primera vuelta detrás de Fajardo, Petro y Duque. Este último fue el ganador.

¿Qué pasó? Su nombre altisonante, repetido tantas veces y su cara apareciendo en tantas olas, se volvió poco a poco en parte del paisaje. Candidatos con discursos más potentes, por no decir radicales, o que desembarcaron a la carrera más frescos, terminaron desbancándolo.

Ese mismo destino pueden tener muchos candidatos a la Alcaldía de Cartagena que llevan ya muchos meses haciendo correría electoral en eventos, espacios públicos, entrevistas, redes sociales o involucrados en polémicas, pues de tanto escucharse se vuelven un eco acostumbrado.

Si bien es cierto que uno de los grandes objetivos de una campaña política, y por el que se gasta mucho dinero, es dar a conocer al aspirante hasta en la sopa, esto, en sintonía con la teoría, puede ser peligroso si no es bien gestionado con respecto a la teoría de las olas.

Por otro lado, hay muchas campañas disruptivas que, intencional o no, llegan tarde a la contienda y aprovechan una ola que solo desciende el día de las elecciones. Son candidatos que al lanzarse al mar a pocos meses de los comicios explotan la dimensión de lo novedoso, de lo fresco. En este escenario rememoro la victoria sorpresiva de William Dau frente a la campaña añejada de William García Tirado.

Por consiguiente, gran parte del éxito de una campaña reside en saber medir el bamboleo de las olas coyunturales. Saber lanzarse, saber gestionar las olas, pues hay muchas que resultan atractivas, gigantes, pero pueden acabarle la carrera al surfista, quien terminará ahogado y la tabla quién sabe dónde.

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