A la posibilidad de extraer piezas del galeón San José, sobre el que España reclama derechos, se le revuelve el mal llamado Tesoro Quimbaya o Colección Filandia, por el municipio donde se guaquearon dos tumbas a fines de 1890. Las piezas de los enterramientos en una época en que la guaquería era de libre comercio sufrieron una casi instantánea dispersión. Solo una parte del oro alcanzó a ser reunido por un único negociante. El hallazgo hizo época por su belleza y valor. Ocurrió por otra parte que, en marzo de 1891, el reino de España, en cabeza de la reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena (tatarabuela del actual rey Felipe VI) había concluido el laudo arbitral de la delimitación de la frontera colombo-venezolana. La comisión de estudio había incurrido en considerables gastos, pero no era de recibo indagar sobre cuentas (entonces como ahora).
El consejo de ministros, presidido por el presidente encargado Carlos Holguín, conceptuó que “el decoro y la cortesía” descartaban preguntar acerca de gastos. Por contra, como consta en el acta, ese mismo ‘decoro’ obligaba a hacer un obsequio (se sugería que Venezuela hiciera otro tanto). Para el cometido se escogieron objetos recientemente encontrados en Filandia, partes de los cuales eran propiedad de Fabio Lozano Torrijos y en depósito en el Banco de Bogotá. Nada ilegal. Se pagaron 70.000 pesos y la colección se entregó a España en mayo de 1893 (para entonces Miguel Antonio Caro era presidente).
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La Colección Filandia durmió en santa paz hasta bien entrado el siglo XX, cuando el novísimo concepto de patrimonio cultural con sesgos de patrioterismo cobró vigencia y los leguleyos se arroparon en la bandera nacional. Desde entonces, por mandato de la interpretación de la ley, los funcionarios deben gestionar la devolución del regalo, mientras notables juristas teclean el computador inventado nuevas interpretaciones. Nada qué hacer dicen en España, la colección es nuestra: un generoso obsequio por servicios muy bien rendidos, sin que haya habido coacción alguna. Don Sancho Jimeno, en cambio, recibió apenas como obsequio en 1697 una espada con empuñadora de cobre, de un adversario admirado por su valentía en Bocachica.
Ahora la feria de los bienes culturales es con el San José. Así como no hay que gastarle tinta a la Colección Filandia, excepto a modo de súplica, es de recibo en lo que atañe al galeón para defender derechos contra las pretensiones de España, que esgrime el argumento de bandera soberana. Esa es una tesis inventada por las grandes potencias en el siglo XIX para proteger los secretos de sus barcos naufragados. El concepto se coló en la reciente convención de la Unesco sobre patrimonio submarino, que Colombia no firmó. No se acepta. En cambio, España y Colombia firmaron un tratado de paz en 1880 en el que la primera renunció a cuanto hubiese sido suyo en la geografía colombiana. Punto. Que no se venga ahora con teorías de banderas aplicables a galeones ancianos. ¿Por qué no llevarse de paso el Convento de La Popa?