En 1989 el dictador de Rumania, Nicolas Ceausescu, ofreció un discurso ante 80 mil personas frente a la sede de su partido. Él mismo había convocado la manifestación para dar importantes anuncios de cambios en un intento por aplacar el descontento generalizado de los ciudadanos. Mientras el hombre empezó los saludos, se pueden ver y escuchar docenas de manifestantes, todos en primera línea, aplaudiendo y vitoreando a su líder. Pero lo que nadie vio fue que a la parte de atrás de la aglomeración, habían llegado gentes de todas partes de Rumania a demandar cambios substanciales en el régimen fascista que había gobernado por décadas, y que mantenía al país en pobreza autoinfligida. Ese grito desesperado contra el régimen le obligó a Ceausescu a huir, pero pocos días después, él y su esposa serían fusilados.
Los revoltosos de la plaza, que superaron en miles a los leales ocupantes de esa primera línea, tenían la esperanza creíble de que sus gritos trajeran cambios significativos y una mejor distribución de la riqueza concentrada en manos de los amigos del régimen.
A falta de un sistema de respaldo al vacío que dejaría el líder represivo, Rumania no pudo ofrecer eso. Por supuesto, una estructura política de oposición ya había sido eliminada por el mismo dictador, no solo por su control total del Estado sino por mantener a los opositores dentro del miedo y el terror, para que su régimen obsoleto pudiera perpetuarse en la dominación de su pueblo. No podía haber, pues, una estructura con capacidad para tomar el mando del país y brindarle esperanzas de un verdadero cambio.
Claramente los militares y líderes comunistas sobrevivientes tenían otro objetivo y era distribuirse a dedocracia o “convenientocracia” la escasa riqueza del país entre ellos mismos. Todo ello ocurrió muy rápido, mientras un Frente Nacional de Salvación intentaba organizar una república democrática liberal con un sistema de economía abierta.
No debió haber sido tan difícil para este país, de unos 20 millones de habitantes con productivas planicies, hermosas montañas de gran fertilidad y con costa sobre el Mar Negro, haber logrado el avance proyectado con la revolución. Pero las secuelas del régimen comunista y autoritario solo produjeron una clase política acéfala cuyo liderazgo ha mantenido al país como el segundo más pobre de la Unión Europea. Para la gran mayoría de los rumanos, el cambio nunca llegó y hoy sigue sumida en una pobreza endémica llena de corrupción, cuyos protagonistas solo cambian de cara o nombre cada tantos años.
