La historia nos ilustra que a mediados de 1920, Chambacú se hallaba prácticamente despoblada, era una isla separada de tierra firme por los caños y lagunas que rodeaban al centro de la ciudad de Cartagena, que fuera ocupada por afrodescendientes, que en su lucha por la libertad, contra el racismo y la esclavitud, se asentaron en ese territorio.
La isla se convirtió en un gran tugurio ante la mirada indiferente de las autoridades, cuyos habitantes, nuestros hermanos negros, que luego de hacer rellenos construyeron sus viviendas en cartones, plásticos y otros cachibaches. Ese fue su hábitat, que reflejó condiciones precarias e indignas de subsistencia.
Chambacú, sede de formas ignominiosas de vida, en cuchitriles ocupados por los afrodescendientes, que seguían en rebeldía cimarrona, resistiendo los embates de la esclavitud de la colonización, se convirtió en antiestética zona tugurial, bajo la indiferencia de las autoridades distritales.
Esta fue la excusa perfecta para que estas mismas autoridades plantearan la erradicación de la comunidad afrodescendiente de Chambacú para desplazarlas, digo también desplazarnos, por cuanto allí habitaron parte de mi familia, que fueron enviados a la periferia, aún están allí con su descendencia, en medio de grandes dificultades económicas, en sectores que no gozan de buena reputación, que aparecen en el listado de sectores peligrosos y son los barrios más pobres de la ciudad de Cartagena, la otra Cartagena.
Estas formas de desplazamiento, nuevas formas de exclusión, de esclavización, de marginalidad y racismo, inspiró la pluma prodigiosa del médico, antropólogo, historiador y escritor Manuel Zapata Olivella, que desnudó la racialización de nuestros hermanos en la era post-colonial-neocolonial.
Chambacú, corral de negros, de Manuel Zapata Olivella, orgullosamente afro, nos indicó que “Chambacú estaba condenada a desaparecer por cuenta de los anhelos de la élite blanca cartagenera, que aspiraba a convertir a la ciudad en un destino turístico”. Novela que no solo repudia los intentos del gobierno local de la época, por expulsar “el rostro negro de Cartagena.” Se lee en las reseñas de la gran obra.
Chambacú, convertido en bien fiscal, intenta por vía de la legalidad formal y la urgencia de un megaproyecto, desalojar lo que queda, ahora de la mano del alcalde Dumeck Turbay, funcionario de origen libanés y no raizal.
La historia se repite. Chambacú, nuevamente creció informal y desordenadamente y ahora en razón del megaproyecto, se impulsa la necesidad de erradicar los vestigios de los rostros negros y populares, que allí pernotan.
Señor alcalde de Cartagena, no obstante la denominación de bien fiscal, Chambacú fue y sigue siendo territorio ancestral, en el entendido que este territorio fue espacio que ha sido ocupado y administrado por pueblos y comunidades negras, en donde se desarrollaron sus actividades sociales, económicas, culturales y espirituales.
En ese orden, nadie osaría oponerse al ordenamiento urbano, pero este ha de ser integral, incluyente, bajo el respeto de la constitución, la ley y el derecho étnico e invisibilizado por el carácter racista de nuestra sociedad.
Si Aquarela fue demolido por atentar contra la declaración de Cartagena como patrimonio histórico y cultural de la humanidad, debo decirle que Chambacú es también patrimonio histórico y cultural de la humanidad, por tanto debe preservarse su memoria y su presente histórico y, porque no, reivindicar los derechos de las comunidades afrodescedientes, a título de reparación colectiva.
Adiciones
1.El derecho étnico consuetudinario, positivo, es una realidad jurisprudencial, nacional e internacional, y es imperativo su cumplimiento.
2. El orden, el desarrollo, serán siempre bienvenidos, pero no bajo fachadas del falsos intereses generales, excluyendo a la población afro y al pueblo mismo.
Directivo Centro empresarial Laboral Afrocolombiano.
