Aún sin que desaparezca el fragor volcánico de la última campaña electoral que escogió nuevo inquilino de la Casa de Nariño, viene bien retomar la aparente inocua discrepancia ortográfica sobre la ‘PAZ’, esa que anhelamos los colombianos y el mundo entero argumentando que no debería escribirse con ‘Z’ como indica la Real Academia de la Lengua Española, sino con ‘S’, inédita mutación ortográfica germinada, cual desesperada súplica, desde los hogares de este país agresivo, inequitativo y descuadernado. ¿Quién lo duda? La ‘PAS’ fecundada en auténtica democracia se reparte por igual entre vencedores y vencidos, florece en hogares y recintos de la justicia pronta y oportuna. La ‘PAS’ auténtica se logra con hechos, no con palabras incendiarias. Colombia, durante décadas, suscribió y abortó múltiples procesos de PAZ convertidos en Rey de burlas, letra muerta, puntadas con dedal, sepultando el derecho a nacer, crecer y morir, sin sobresaltos, en el país que merecemos. Generaciones tras generaciones sumidas en desarraigos, heridas en cuerpo y alma por colmillos insaciables.
La PAZ que merecemos jamás se edifica sobre mentiras y verdades a medias, generando euforia de vencedores y cadáveres insepultos de víctimas causadas por enorme disparidad social, enquistada desde antes del grito independentista. Propongo, desde mis ingenuos cabales, que PAZ, de ahora en adelante, se escriba con ‘S’ de salarios justos, salud, seguridad social sin talanqueras, servicios públicos impecables; con ‘S’ de seguridad social, respetando al más humilde tanto como al aquilatado; atención médica de excelencia sin barreras de acceso, evocando preceptos de Galeno y Jesús de Nazaret.
Con ‘S’ de estómagos saciados. Resulta doloroso e inaceptable que, anualmente, mueran de hambre y desnutrición más de 250 colombianitos en un país con exuberantes riquezas naturales: mares, lagos, ríos, suelos fértiles pletóricos de ‘El pan nuestro de cada día’, desdeñando que el ‘General Hambre’ es quien conduce los ejércitos del apocalipsis social, perpetuando nuestro conflicto armado interno, de los más antiguos y brutales del planeta, y la forma más eficaz para no esculpir nuestra nefasta historia sobre sepulcros y selvas devastadas; es sembrar embriones de justicia social sobre los surcos adoloridos de la patria, convertidos en paraísos de narices y chequeras insaciables, pero eso sí, cualquier propuesta gubernamental o cívica para alejarnos del precipicio deberá estructurarse apegada a nuestra Carta Magna, jamás patrocinada por la ‘Ley del embudo’ y del ‘Sálvese quien pueda’, generadores del enorme y doloroso desequilibrio social.
Sin duda, la ‘PAS’ que merecemos se escribe con S de salarios justos, salud, educación de calidad, derechos fundamentales intocables, eliminando crueles espectáculos en semáforos y andenes repletos de niños y jóvenes silvestres, suplicando por un bocado o vendiendo sus cuerpecitos biches. No es exageración ni ingenuidad: la PAZ que exigimos y merecemos tiene rostro de niño, abrazos de madre, arrugas de abuelos, lluvia de pupitres y azadones, armas pacificas capaces de exorcizar odios, venganzas apegadas a la justicia pronta de ojos vendados, no tanto a la enclenque ortografía de este empedernido e ingenuo soñador.
