Los relatos del Evangelio de Juan que se han proclamado en estos días en la celebración de la Eucaristía, en la Iglesia Católica, nos presentan al resucitado despidiéndose de los discípulos porque retorna al padre. Y esa despedida conlleva dos elementos capitales: la relación de Jesús al padre y la promesa de enviarnos el Espíritu Santo. Te invito a reflexionar lo segundo, porque se acerca la fiesta de Pentecostés.
Algunos teólogos europeos y latinoamericanos de finales del siglo XX e inicios de este afirmaron, con justa razón, que el Espíritu Santo ha sido el gran olvidado de la teología de occidente; de igual manera conceden al movimiento pentecostal, tanto protestante como católico, haber despertado la conciencia de la acción del Espíritu como tercera persona de la Santa Trinidad.
La Ruaj Yave, el Espíritu Santo, es impulso vital y fuerza generadora de valentía y fortaleza en la lucha por la vida, más allá de rezos y lloros, gritos y sesiones de milagros. Es posible que algunos énfasis se hayan colocado en aspectos que, sin no dejar de tener su cuota de bondad, pueden hacer a un lado otros de capital importancia en la vivencia y comprensión de la acción del Espíritu en el mundo creado y en las personas. Desde el Génesis el Espíritu es ordenador del caos y por su acción se hace la luz y se va generando el proceso perfecto que culmina en la creación de la humanidad. “¡Y vio Dios que todo era bueno!” (Gen 1,31).

Barranquilla y Cartagena: tan cerca, tan lejos
TATIANA VELÁSQUEZHoy, como ayer, la fuerza del Espíritu sería la que haga capaz a un país polarizado unificarse, sustituyendo discusiones anodinas, superando la terca incapacidad de transformarse en beneficio y función de los más pobres. Un país en el cual los órganos legislativos y de gobierno bien pudieran asumir una perspectiva sinodal si buscaran unirse para dialogar escuchándose, discernir, consensuar y actuar; porque los intereses que se defienden están señalados por la justicia, la equidad y la búsqueda de la justicia para los asalariados mal pagados, los enfermos de la muerte anticipada en corredores y salas de espera en los hospitales y por la carencia de medicamentos; a los campesinos aterrorizados y expulsados de sus tierras por los dueños de la guerra. Para eso es la acción del Espíritu en la vida del creyente, para generar claridad en medio del caos, para no doblegarse ante tanta confusión que solo busca que nada cambie.
Los símbolos del Espíritu en la Escritura Santa señalan lo que son los tiempos del Espíritu. Esos tiempos en los que fuego es símbolo de lo que se transforma al quemar generando algo diferente, la paloma es símbolo de la paz anhelada y soñada; el salir del encierro y volver sin temor a Jerusalén superando la diversidad de lenguajes en pugna; porque por la acción del Espíritu es posible entenderse; ordenando e iluminado este caótico país polarizado. Este tiempo de toma de conciencia de la presencia y la acción del Espíritu provoque acciones que iluminen tanta oscuridad y generen esperanza, porque el tiempo apremia.
